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Un entorno social desfavorecido está asociado, además de con problemas meramente económicos, con graves problemas de salud. En otras palabras, la pobreza crea complicaciones a las personas que, en muchas ocasiones, no pueden solucionarse solo con dinero. Muchos estudios demuestran también que dichos problemas pueden afectarnos hasta llegar al corazón de nuestras células, nada menos que a nuestros cromosomas, y modificarlos de forma que envejecemos más rápido.
Existen varias hipótesis que intentan explicar por qué las cebras son rayadas. Una de ellas sostiene que las rayas son un camuflaje muy útil para despistar a las moscas Tse-Tse, portadoras del parásito que provoca la enfermedad del sueño. Una segunda explicación es que las rayas podían servir para despistar a los predadores durante la huida. Una tercera hipótesis defiende que las rayas son útiles para que estos animales identificaran a cada individuo de una manada. Aún una cuarta hipótesis mantiene que las rayas, lejos de hacer más visibles a estos animales, les ayudan de alguna forma a camuflarse. Finalmente, una quinta hipótesis respalda que las rayas blancas y negras ayudan a la termorregulación de estos animales mediante la piel. Un nuevo estudio se decanta por la primera opción.
El descubrimiento en 2007 de un yacimiento arqueológico en Chile que data de alrededor del año 1400 y que contenía restos de pollo en buen estado, permitió extraer y analizar ADN de dichos restos. La comparación de la secuencia de ADN mitocondrial de estos con secuencias procedentes de pollos de otras partes del mundo indicó entonces que el pollo sudamericano provenía probablemente de la Polinesia. Esto implicaba que América había sido “descubierta” por los polinesios por el sur, probablemente más de un siglo antes de que los españoles la “descubrieran”, y trajeran sus pollos, por el norte. Sin embargo, ahora, un nuevo estudio echa por tierra esos resultados y mete en liza a nuevos gallos, esta vez, vikingos.
Todo lo que hacemos, sentimos, pensamos, o creemos depende del buen funcionamiento de nuestras neuronas. Un tipo de neuronas muy importante para los seres humanos es el que responde a las caricias. No cabe duda de que el suave contacto con la piel entre personas es uno de los estímulos de socialización más importante, fundamental para el correcto desarrollo psicológico desde el nacimiento, y fundamental, claro está, en las relaciones familiares y de pareja. Una nueva investigación descubre que este tipo de neuronas solo responde a movimientos lentos producidos a una temperatura cálida, similar a la de la piel de otra persona.
Si fuéramos capaces de identificar a las personas que, estando sanas, corren riesgo de caer enfermas y morir, estaríamos en posesión de una valiosa herramienta clínica para poder realizar tratamientos preventivos que, en efecto, podrían retrasar sustancialmente el día de nuestra muerte, e incluso conseguir que muramos en buena salud, probablemente una de las mejores formas de hacerlo. Una investigación reciente ha descubierto cuatro moléculas cuyos niveles en la sangre de una persona podrían predecir, con cierto grado de precisión, la probabilidad de que muera en los siguientes cinco años ¿Cuáles son estos biomarcadores, a los que, más adecuadamente, podríamos denominar “biomarcadores de muerte”?
Por desgracia, al parecer, la guerra es una constante en la Naturaleza. La guerra, evidentemente, no es un conflicto entre particulares, sino entre sociedades. Por esta razón, tal vez los inventores de la guerra fueran los insectos sociales, en particular las hormigas, las cuales han desarrollado sofisticadas estrategias de combate y defensa que han llegado hasta hoy, la era de la ciencia, lo que permite estudiarlas en detalle.
Los investigadores Brian Dias y Kerry Ressler, de la Universidad de Emory, en Atlanta, USA, decidieron someter a ratones de laboratorio a sucesos desagradables y analizar si esto puede afectar de alguna manera a su descendencia. Los doctores condicionaron a ratones de laboratorio a sentir miedo ante una sustancia de olor afrutado: la acetofenona. Al mismo tiempo que hacían oler esta sustancia a ratones macho, les sometieron a una dolorosa descarga eléctrica en una de sus patas. Tras varias repeticiones, los ratones asociaron el olor de la acetofenona al calambrazo, con lo que solo oler esta sustancia, sin exponerles a la descarga eléctrica, les inducía un intenso estado de agitación y ansiedad, revelador del miedo que sentían. Lo sorprendente fue descubrir que el miedo se transmitía también a los hijos, sin que éstos hubieran sido sometidos al experimento.
La inmunología es todavía una rama de la ciencia misteriosa, a pesar de lo que se conoce. En principio, parece claro que el sistema inmune, siendo un sistema de defensa como es, debe ser capaz de distinguir entre lo que nos es propio y lo que es extraño, es decir, debe reconocer al enemigo y poner en marcha mecanismos de defensa contra él, al mismo tiempo que reconoce al amigo y lo deja en paz. Por esta razón, el descubrimiento, hace algunos años, de que existen numerosos linfocitos autorreactivos en la dermis de nuestra piel resultó ser una sorpresa y generó un nuevo misterio. ¿Qué son y qué hacen esos linfocitos que detectan nuestras propias moléculas, no las de bacterias patógenas o virus?
Todavía hoy se desconoce la razón por la cual animales, plantas y humanos envejecemos. A la mayoría de los mortales podrá parecer sorprendente que la ciencia se pregunte por los mecanismos de un proceso biológico tan universal y natural que solo cabe aceptarlo como una ley más de la Naturaleza, sin más cuestionamientos. Afortunadamente, la ciencia no funciona así y se lo pregunta todo. Además, por si no lo sabía, el envejecimiento no es un hecho inevitable. Como todos los procesos biológicos, podría retrasarse o incluso evitarse por completo si comprendemos sus mecanismos e intervenimos de manera inteligente sobre ellos.
En 1999 se descubrió por casualidad un hecho sorprendente. Un grupo de científicos decidió, en el curso de investigaciones contra el cáncer, inyectar a un ratón de laboratorio macho, varias dosis letales de células tumorales. En contra de lo esperado, esas células malignas no lograron acabar con su vida. Cuando los investigadores se dieron finalmente cuenta de que este ratón era resistente al crecimiento tumoral, lo cruzaron con varias hembras de las que nacieron animales también resistentes. Esto supuso evidencia sólida de que esta inusual resistencia poseía una base genética interesante de estudiar.
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