ROMA
Período 750 al 510 antes de Cristo
ó 3 al 243 ab urbe condita.
De la monarquía o de los siete reyes.
Numa Pompilio.
Numa Pompilio, continuando con la tradición que narra la leyenda, fue el segundo rey de Roma, aunque se piensa que tal vez, en realidad, fue el primero. [Numa Pompilio era de origen sabino y la gens Claudia también].
Se especula que nació en Cures de Sabinia hacia el 715 antes de Cristo o 38 ab urbe condita y murió hacia el 672 antes de Cristo o 81 ab urbe condita. Sucedió a Rómulo.
Según Plutarco, el siete del quinto mes, día de las Nonas Capratinas, Romulo celebró fuera de la ciudad un sacrificio público junto al lago llamado de la Cabra.
Le asistieron el Senado y la mayor parte del pueblo, congregados en los alrededores.
De repente el cielo descargó una estruendosa tormenta, cayó mucha lluvia y el viento sopló con una fuerza intimidatoria.
Entonces la muchedumbre aterrorizada se dio a la fuga y se dispersó.
Cuando se reparó en la ausencia del rey, se trató de buscarle, pero no hubo hallazgo de su persona.
El hecho originó una velada sospecha sobre los patricios y se difundió por la voz del pueblo que ellos habían acabado con la vida del rey, pues nunca desearon ser súbditos del desaparecido, porque últimamente los había tratado con cierto despotismo, pero sí ansiaron apoderarse de su autoridad.
Para conjurar esta sospecha, recurrieron a un tal Julio Próculo, uno de los ciudadanos más ilustres, que declaró al gentío que había tenido una visión de Romulo, en la que lo vio, ataviado con sus armas, elevado al cielo para unirse a los dioses y que una voz proclamaba que se le diese el nombre de Quirino, para ser adorado como un dios más.
No habiendo aún superado la ciudadanía la tragedia de la desaparición de su rey, la ciudad volvió a agitarse con motivo de la elección del futuro rey.
Los primeros ciudadanos no estaban aún bien avenidos con los incorporados forasteros y se percibía cierto desasosiego, acrecentado por los recelos que se prodigaban los patricios, unos a otros.
Todos pensaban que convenía elegir a un rey, pero no concordaban en la persona a designar y el pueblo de procedencia del elegido.
En el fondo, los primeros fundadores de la ciudad junto con Romulo no toleraban, que a los venidos de Sabinia, beneficiarios de participar de la ciudad y del territorio, dominaran a los que habían concedido estos beneficios.
Por otra parte, a los sabinos se les agradecía que, muerto su rey Tito Tacio, no se habían rebelado contra Romulo, dejándole reinar, pero éstos no ocultaban los deseos de que el nuevo rey fuera un sabino, porque no se sentían un pueblo subyugado por el romano, sino que libremente se fusionaron con ellos, consiguiéndose de ese modo un crecimiento de la población y, por consiguiente, un aumento de la grandeza de la ciudad.
Para relativizar el alboroto, ya que permanecía suspenso el gobierno, dispusieron los patricios que, siendo ellos ciento y cincuenta, tomando cada uno separadamente las insignias reales harían a los Dioses los sacrificios establecidos, y despacharían seis horas de la noche por Tacio y seis del día por Quirino.
Esta resolución se creyó que ostentaba una completa igualdad para los que mandaban, y que el cambio de la autoridad alejaba pueblo de todo motivo de envidia, al ver que una misma persona en el mismo día y en la misma noche pasaba de rey a ser particular.
Este nuevo modo de gobernarse le llamaron los romanos interregno.
Aparentemente daba la sensación de que nuevos disturbios no se prodigarían con un creado gobierno civil y benigno, que ciertamente no deseaba el reinado de un rey que les mandase.
Transigieron los dos partidos que los sabinos elegiesen rey de entre los romanos y viceversa, porque éste sería el mejor modo de apaciguar la contienda, siendo preciso que el elegido los tratase con igualdad a ambos, agradecido con los unos porque le habían elegido y benévolo con los otros por el deudo y el origen.
Eventualmente, decidieron que los romanos y sabinos deberán elegir un rey del otro grupo, es decir, los romanos elegirían un sabino y los sabinos un romano.
Los romanos eligieron en primer lugar, y su elección fue el sabino Numa Pompilio.
Los sabinos acordaron aceptar a Numa Pompilio como el rey sin molestarse en elegir a cualquier otra persona, y una delegación de ambos, romanos y sabinos, marchó para comunicarle su elección.
Fue elegido por el Senado Numa Pompilio por su sentido de justicia y por su competencia religiosa, entrado ya en años, un hombre piadoso y sabio.
Numa Pompilio ni siquiera vivía en Roma; residía en un pueblo cercano llamado Cures.
Se había casado con Tacia, hija del rey sabino Tito Tacio, por lo que fue concuñado de Rómulo.
Tras la muerte de la esposa, se convertió en un solitario y se cree que fue tomado por un espíritu de una ninfa.
Posteriormente desposó a Lucrecia, de la cual nacerían Pomponio, Pino, Capo, Mamerco, Pompilio y según algunos estudiosos Pompilia.
Estos dieron a su vez origen a las Gens: Pomponia, Pinaria, Calpurnia, Emilia, Pompilio y Pompilia.
Sirva como inciso decir que Numa Pompilio fue tradicionalmente reverenciado por los romanos por su sabiduría y piedad.
Además del respaldo de Júpiter, se cree que tuvo una relación directa y personal con un número de deidades, la más célebre la ninfa Egeria, quien acorde a la leyenda le enseñó a ser un legislador sabio.
Según Tito Livio, Numa Pompilio aseguró que había mantenido reuniones de noche con Egeria sobre la manera correcta de establecer ritos sagrados para la ciudad.
Plutarco sugiere que se aprovechó de la superstición para darse a sí mismo un halo de temor reverencial y fascinación divina, para así poder cultivar comportamientos más amables entre los belicosos romanos primigenios, tales como honrar a los dioses, respetar la ley, comportarse humanamente ante los enemigos, y vivir apropiadas vidas respetables.
Volviendo al hilo de la cronología histórica, cuando llegó la delegación de Roma, Numa Pompilio rechazó la posición del rey al principio.
Antes de que finalmente aceptara, sin embargo, insistió en mirar al cielo para ver una señal en el vuelo de las aves que auguraba que su reino sería aceptable para los dioses.
También, más tarde, se convenció de aceptarla por su padre y Marcio, un pariente, y algunas de las personas locales de Cures.
Ellos argumentaron que abandonados a sí mismos los romanos que seguían siendo tan guerreros como habían estado bajo Romulo, sería mejor para ellos tener un amante de la paz como rey, que, aunque no moderase su belicosidad por resultar ser imposible, al menos los dirigiera lejos de las curaciones y de las otras comunidades Sabinas.
El primer acto de Numa Pompilio como rey fue despedir a los trescientos guardias de Romulo que siempre había mantenido a su alrededor.
Con este rey termina el período llamado juvenilista propio de la cofradía de los lupercos, aquella cuya iniciación de sus jóvenes fue interrumpida por el secuestro de Remo.
Aquellos muchachos fueron unos adolescentes eternos y siempre fieles que rodearon a Romulo hasta su muerte y eran los que componían su guardia personal.
Eran los trescientos céleres o veloces.
También a los sacerdotes de Júpiter y de Marte añadió otro tercero de Romulo, al que llamó Flamen Quirinal.
Encontró placer en gozar del campo y andando ordinariamente solo por los bosques de los Dioses y por los prados sagrados, en lugares solitarios hacía su residencia.
Sobre estos paseos fundamentó la voz acerca de la ninfa Egeria y el casamiento divino que le unió a ella, a la que amaba profundamente y por la que se sintió un hombre venturoso e instruido en las cosas de los dioses.
En ocasiones denunció terrores de parte de los dioses, y fantasmas monstruosas de genios, y voces infaustas, cautivando y anonadando los ánimos del pueblo a causa de la superstición.
Se le atribuye la organización religiosa de Roma, que era la de los sabinos y etruscos, con la creación de colegios religiosos del calendario sagrado y la introducción de los dioses sabinos.
Su largo gobierno estuvo dedicado exclusivamente al establecimiento y a la consolidación de la religión pública y a la protección del orden interior.
Se le atribuían poderes mágicos y se comentaba que recibía en una gruta los consejos de la ninfa Egeria de los que instituyó nuevos colegios sacerdotales y nuevos cultos.
Por ejemplo, Quirino era el dios sabino de la guerra, equivalente al dios latino Marte.
Posteriormente los romanos identificaron sus dioses con los dioses griegos, con lo que trasvasaron directamente a su mitología todas las leyendas griegas.
Así, Zeus se identificó con el principal dios romano, Júpiter, sus hermanos Poseidón y Efesto se identificaron con Neptuno y Plutón.
El dios de la guerra Ares se identificó con Marte, la diosa de la belleza Afrodita con Venus, etc.
Durante un tiempo, los mitos sobre los dioses griegos fueron más conocidos a través de sus equivalentes romanos.
No obstante, algunos dioses romanos no hallaron un equivalente entre los griegos.
Aparte de que cada familia tenía sus propios dioses menores como protectores, estaba, por ejemplo, Jano, dios de las puertas y, por extensión, de las entradas y salidas, de los cambios.
Había un templo en Roma dedicado a Jano cuyas puertas del templo se cerraban en señal de paz, y se abrían cuando Roma estaba en guerra.
Durante el reinado de Numa Pompilio, las puertas permanecieron siempre cerradas, pero una muestra de la trayectoria posterior de Roma fue que en los siete siglos siguientes las puertas del templo de Jano sólo estuvieron cerradas cuatro veces, y ello por cortos periodos de tiempo.
Se dice que tenía el poder de desencadenar el fuego de Júpiter.
Es decir, que sabía producir descargas eléctricas que causaban pavor entre sus enemigos.
Se le reconoce a Numa Pompilio la edificación del templo redondo de Vesta, para que en él se guardase el fuego sagrado, tratando de imitar, no la forma de la tierra como si fuese Vesta, sino la del universo mundo, ya que la religión veía en el fuego el comienzo de la vida.
Originalmente fueron dos vestales, pero más tarde aumentó el número a cuatro.
La tradición contempla que primero fueron consagradas por Numa Pompilio las vestales Gegania y Berenia, y después Canuleya y Tarpeya.
La función principal de las vestales fue mantener encendida la llama sagrada y para preparar la mezcla de grano y de sal utilizada en sacrificios públicos.
En general todo lo relativo al cuidado y veneración del fuego inmortal de que son guardas; o porque se llevase la idea de confiar la esencia pura e incorruptible del fuego a unos cuerpos limpios e incontaminados, o porque se quisiese poner al lado de la virginidad un ser infructífero e improductivo.
El término prefijado por el rey a la continencia de estas sagradas vírgenes es el de treinta años: de él, en la primera década aprenden lo que tienen que hacer; en la segunda ejecutan lo que aprendieron, y en la tercera enseñan ellas a otras.
Después de pasado este tiempo, a la que quiere se le permite casarse y abrazar otro género de vida, retirándose del sacerdocio; aunque se dice que no han sido muchas las que se han valido de esta concesión, y que a las que se han valido de ella no les han sucedido las cosas prósperamente, sino que entregadas al arrepentimiento y al disgusto por el resto de sus días, ha sido causa de superstición para las demás, tanto que hasta la vejez y la muerte han aguantado permaneciendo vírgenes.
Concédenseles grandes prerrogativas, entre ellas la de testar viviendo todavía el padre, y hacer sin necesidad de tutores sus negocios, como las que son madres de tres hijos: llevan lictores cuando salen a la calle; y si por caso se encuentra con ellas uno que es llevado al suplicio, no se le quita la vida; pero es necesario que jure la virgen que el encuentro ha sido involuntario y fortuito, no preparado de intento; el que pasa por debajo de la litera cuando van en ella paga con la vida.
Castígaselas también, y la pena suele ser golpes dados por el Pontífice Máximo, para lo que algunas veces desnudan a la culpada en un lugar oscuro, corriendo una cortina.
La que ha violado la virginidad es enterrada viva junto a la puerta llamada Colina, donde a la parte de adentro de la ciudad hay una eminencia que se extiende bastante, llamada en latín el montón.
Hácese allí una casita subterránea muy reducida, con una bajada desde lo alto; tiénese dispuesta en ella una cama con su ropa, una lámpara encendida, y muy ligero acopio de las cosas más necesarias para la vida, como pan, agua, leche en una jarra, aceite, como si tuvieran por abominable destruir por el hambre un cuerpo consagrado a grandes misterios.
Ponen a la que va a ser castigada en una litera, y asegurándola por afuera, y comprimiéndola con cordeles para que no pueda formar voz que se oiga, la llevan así por la plaza.
Quedan todos pasmados y en silencio, y la acompañan sin proferir una palabra, con indecible tristeza: de manera que no hay espectáculo más terrible, ni la ciudad tiene día más lamentable que aquel.
Cuando la litera ha llegado al sitio, desátanle los ministros los cordeles, y el Pontífice Máximo, pronunciando ciertas preces arcanas y tendiendo las manos a los dioses por aquel paso, la conduce encubierta, y la pone sobre la escalera que va hacia abajo a la casita; vuélvese desde allí con los demás sacerdotes, y luego que la infeliz baja, se quita la escalera, y se cubre la casita, echándole encima mucha tierra desde arriba, hasta que el sitio queda igual con todo aquel terreno; y ésta es la pena que se impone a las que abandonan la virginidad que habían consagrado.
Si bien Romulo instituyó el cuerpo de augures, siendo él mismo reconocido como el más destacado de entre todos ellos, de la misma forma que Numa Pompilio instituyó los pontífices, atribuyéndosele la creación del dogma religioso de Roma.
Los pontífices fueron responsables de sacrificios públicos y funerales.
El Pontífice Máximo ostentó un cargo de intérprete y de profeta, o más bien de hierofante, cuidando, no solamente de los sacrificios públicos, sino velando también sobre los que cada particular hacía, e impidiendo que se faltase a nada de lo prescrito, y enseñando además qué culto y qué expiación correspondía a cada uno de los dioses.
Era también superintendente de las vírgenes sagradas que se llaman vestales.
Se dice que Numa Pompilio fue autor de diversos "libros sagrados" en donde había plasmado las enseñanzas divinas, la mayoría provenientes de Egeria y las Musas.
A petición suya fue enterrado junto a estos "libros sagrados", prefiriendo que las normas y rituales que prescribían fueran preservados en la viva memoria de los sacerdotes del estado, en vez de conservarse como reliquias sujetas al olvido y al desuso.
Se creía que alrededor de la mitad de estos libros abarcaban los sacerdocios que había establecido o creado, incluyendo los flamines, pontifices, Salii, y fetiales y sus ritos. Los otros libros trataban sobre filosofía (disciplina sapientiae).
Los Salii fueron los responsables de la seguridad de un escudo que supuestamente había caído del cielo y fue paseado por la ciudad cada año acompañado por el Salii bailando en la armadura.
Los fetiales eran pacificadores.
Hasta que estuvieron de acuerdo en que era una guerra justa, ninguna guerra podría ser declarado.
Luego que hubo arreglado los sacerdocios, edificó junto al templo de Vesta la que se llamó Regia, esto es, Casa o Palacio Real, y allí pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en las cosas sagradas o instruyendo a los sacerdotes, o entreteniéndose con ellos en la investigación de las cosas tocantes a la divinidad.
Tenía otra casa en el collado Quirinal, cuyo sitio se muestra todavía.
En las grandes fiestas, y generalmente en todas las procesiones sacerdotales, iban ciertos ministros por la ciudad previniendo el reposo, y que se cesase en todo trabajo.
A Numa Pompilio se le atribuye haber obligado a los dos panes Pico y Fauno a revelar algunas profecías sobre cosas que ocurrirían.
Se ocupó también de reformar el calendario dividiéndolo en doce meses lunares, añadiendo los meses de enero y febrero, a los diez meses del calendario romuleano.
El mes de enero se convirtió en el primero del año y, seguramente, febrero se colocó en la última posición, que mantuvo tal vez hasta el siglo IV antes de Cristo, cuando pasó a ser el segundo mes del año.
El calendario fue fijado en 360 días al año, pero el número de días en un mes enormemente variado.
Numa Pompilio estimó el año solar en 365 días y el año lunar en 354 días.
Se dobló la diferencia de once días y se instituyó un mes bisiesto de 22 días para venir entre febrero y marzo (que originalmente era el primer mes del año).
Hizo de enero, el primer mes, y que puede haber añadido los meses de enero y febrero en el calendario también. El mes de enero se asocia con el dios Jano.
Además, repartió entre los ciudadanos los terrenos conquistados por su predecesor y consagró en el Capitolio un altar al dios de las fronteras "Terminus".
Distribuyó la tierra conquistada por Romulo a los ciudadanos pobres, con la esperanza de que un modo de vida agrícola haría que los romanos fuesen más pacíficos.
Él inspeccionar las granjas a sí mismo, promoviendo aquellos cuyas granjas mirado bien cuidado y amonestando a aquellos cuyas granjas mostraron signos de pereza.
La gente todavía pensaban de sí mismos por primera vez como romanos originales o sabinos, en lugar de ciudadanos de Roma.
Para superar esta división, Numa Pompilio fue el primer rey que organizó una corporación de artesanos en gremios basado en las ocupaciones de sus miembros.
Instituyó ocho clases: flautistas, orífices, carpinteros, tintoreros, zapateros, curtidores, broncistas y alfareros.
Atribuyó o concedió a cada clase formar comunidad y tener sus juntas y su modo particular de dar culto a los dioses, entonces por la primera vez se quitó de la ciudad el decirse y reputarse Sabinos o Romanos, unos ciudadanos de Tacio, y otros de Romulo; de manera que la nueva división vino a ser armonía y unión de todos para con todos.
Elógiase también, entre sus disposiciones políticas, la corrección que hizo de la ley que concede a los padres el derecho de vender los hijos, exceptuando a los casados, si el matrimonio se había hecho con aprobación o mandato del padre: porque le pareció cosa muy dura que cohabitara con un esclavo la mujer que se había casado con un hombre libre, en el concepto de serlo.
La cultura romana era precaria.
Los pueblos etruscos superaban en saber y conocimientos a los romanos, que solo eran pastores, agricultores, etc.
Trabajaban de sol a sol y dormían cuando oscurecía.
Usaban la misma ropa para el trabajo y para el ocio.
Comían harina de farro, aceite y queso.
El rey era uno más de los ciudadanos.
Vestía y se alimentaba como ellos y no poseía aquella guardia de corps que crearían los emperadores Julio-Claudios.
Tampoco ostentaba un cortejo, ni lucía trono, hasta que los Tarquinios ocuparon el poder.
Cuando Numa Pompilio murió a los ochenta años, dejó una hija, Pompilia, que estaba casada con Marcio, el hijo del Marcio que lo había persuadido a aceptar el trono.
Su hijo, Anco Marcio, tenía cinco años de edad, y más tarde se convirtió en el cuarto rey de Roma.
Hicieron también ilustre su vida con las mismas exequias los pueblos aliados y amigos, concurriendo a ellas con públicas ofrendas y coronas; llevaban el féretro los patricios, y le acompañaban y seguían los sacerdotes de los dioses; y luego después venía una inmensa muchedumbre, mezclados mujeres y niños, y no como en el entierro de un rey anciano, sino que, como si cada uno hubiese perdido la persona más cara en la flor de la edad, así era el llanto y el clamor de todos.
No pusieron el cadáver en hoguera por haberlo prohibido él mismo, según se dice, sino que se hicieron dos cajas de piedra, que se colocaron en el Janículo, de las cuales la una contenía el cuerpo, y la otra los libros sagrados que él mismo había escrito, al modo que los legisladores griegos sus tablas, enseñando en vida a los sacerdotes lo que contenían, e inspirándoles el hábito y la sentencia de todo; pero a su muerte mandó que se sepultasen con su cuerpo, porque no estaba bien que a unas letras muertas se confiaran tales misterios.
Ancias dice que de los libros puestos en la caja, doce fueron hierofánticos, y otros doce de filosofía griega.
Pasados unos cuatrocientos años, siendo cónsules Publio Cornelio y Marco Bebio, sobrevinieron grandes lluvias, y, abriéndose una sima, la corriente levantó las cajas; y quitadas las losas que las cubrían, la una se halló enteramente vacía, sin que tuviese parte ni resto alguno del cuerpo; pero, habiéndose hallado escritos en la otra, se dice que los leyó Petilio, entonces pretor, y que habiendo hecho entender al Senado con juramento que sería ilícito y sacrílego el que lo escrito se divulgase, se llevaron los libros al Comicio, y allí se quemaron.
Comúnmente sucede a todos los hombres justos y virtuosos que gozan de mayor alabanza a la postre después de su muerte, porque la envidia no sobrevive mucho tiempo, y aun a veces se extingue durante su vida; pero la gloria de Numa Pompilio aún tuvo otra cosa que la hizo más brillante, y fue la suerte que cupo a los reyes sus sucesores; porque de cinco que fueron los que hubo después de él, el último, arrojado del imperio, acabó sus días en un destierro; de los otros tres, ninguno murió de muerte natural, sino que todos tres acabaron muertos a traición; y Tulo Hostilio, que reinó inmediatamente después de Numa Pompilio, habiendo escarnecido y desacreditado sus más loables instituciones, y más especialmente las relativas a la piedad, como propias de holgazanes y de mujeres, inclinó a sus ciudadanos a la guerra; y con todo no pudo perseverar en esta su osadía, sino que, habiéndosele trastornado el juicio de resulta de una grave y complicada enfermedad, se entregó a una superstición muy poco conforme con la religión de Numa Pompilio; contagio que en mayor grado todavía hizo contraer a los demás, con haber muerto, según se dice, abrasado de un rayo.
En 181 antes de Cristo o 572 ab urbe condita, su tumba fue descubierta en una inundación, pero se encontró su ataúd a estar vacío.
Sólo los libros que habían sido enterrados en un segundo ataúd, se mantuvo.