Durante la Segunda Guerra Mundial, los aliados se encontraron con un problema que parecía bastante sencillo de resolver. Muchos bombarderos volvían de sus misiones llenos de agujeros, así que los ingenieros empezaron a estudiar dónde se concentraban los impactos para decidir qué partes del avión convenía reforzar. Las alas estaban machacadas, el fuselaje también, y la conclusión inicial parecía tan razonable que casi nadie la discutía: si ahí estaban los disparos, ahí había que poner más blindaje.
El detalle incómodo lo señaló Abraham Wald, un matemático húngaro que debía de resultar insoportable en cualquier reunión porque tenía esa rara costumbre de no enamorarse de la primera respuesta elegante. Wald dijo, en esencia, que estaban mirando justo al revés. Aquellos aviones eran los que habían conseguido volver. Los agujeros que se veían no marcaban las zonas más frágiles, sino las zonas donde un avión podía recibir daño y seguir en el aire. Lo que de verdad importaba estaba en los impactos que no se veían, en los motores, la cabina y las partes que, cuando recibían una bala, impedían que el aparato regresara para formar parte de la estadística.
Es una historia conocida, pero sigue siendo incómoda porque no habla solo de aviones. Habla de nuestra tendencia a mirar lo que ha sobrevivido y confundirlo con una explicación completa del mundo.
En los mercados ocurre algo parecido. Vemos las empresas que han subido, los fundadores que salen en portada, las tecnologías que parecen inevitables, los gráficos que han convertido a alguien en genio retrospectivo y las narrativas que sobreviven lo suficiente como para ser empaquetadas en un ETF, pero casi nunca vemos con la misma claridad lo que quedó fuera de la muestra: los balances que no aguantaron, los márgenes que no llegaron, las promesas que necesitaban más capital del que el mercado quiso seguir poniendo, las compañías que parecían estar en el lado correcto de la historia hasta que la historia pidió caja.
Esta semana, en Actualidad Semanal +D, hablamos de ese momento peculiar en el que el mercado deja de mirar los agujeros visibles y empieza a preguntarse por los que no aparecen en la foto. No es un episodio contra la tecnología, ni contra la inteligencia artificial, ni contra la ambición empresarial, que bastante aburrido sería invertir solo en negocios cuyo mayor acto de innovación consiste en cambiar el color del logo cada siete años. Es más bien una conversación sobre algo menos cómodo: la distancia entre una gran historia y una buena inversión.
Porque una empresa puede estar dentro de una tendencia real y aun así no capturar valor. Una tecnología puede cambiar el mundo y dejar una cantidad bastante indecorosa de accionistas heridos por el camino. Y una acción puede parecer invencible justo en el momento en que el mercado empieza a preguntarse si todo lo que debía salir bien ya está metido en el precio.
El episodio de esta semana va de eso, aunque no solo de eso. De los aviones que vuelven, de los que no vuelven, y de por qué en bolsa conviene mirar con algo más de sospecha precisamente aquello que todo el mundo está señalando con demasiada seguridad.
Nuevo episodio de Actualidad Semanal +D.
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