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Desde el desierto de Atacama, en Chile, un nuevo instrumento astronómico está a punto de cambiar nuestra manera de explorar el universo. Se llama 4MOST y tiene una capacidad extraordinaria: observar simultáneamente miles de estrellas y galaxias. Instalado en el telescopio VISTA, en el Observatorio Paranal, 4MOST permitirá recoger luz de 2400 objetos astronómicos a la vez, descomponer la luz de cada uno de ellos y analizar suespectro para obtener información detallada sobre su composición, movimiento y su historia. Durante 5 añoa permitirá obtener uno de los mayores mapas espectroscópicos del cielo austral y abrirá una nueva era en la llamada “astrofísica estadística”. Hoy hablamos con el astrofísico Luca Costantin, investigador del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA), sobre la tecnología que hay detrás del proyecto, los retos científicos que afronta y las preguntas fundamentales que espera ayudar a responder sobre la evolución de las galaxias y la estructura del cosmos.
Los uintaterios, también llamados dinocerados, fueron unos auténticos “tanques” de la prehistoria. Eran grandes mamíferos herbívoros que vivieron hace más de 50 millones de años en Asia y Norteamérica. Caminaban a cuatro patas y se alimentaban de hojas y ramas. Fueron los primeros mamíferos realmente grandes. Durante el Eoceno los uintaterios aumentaron de tamaño y desarrollaron patas robustas en forma de columna semejantes a las de los elefantes; como estos, solo apoyan los dedos en el suelo, protegidos por pezuñas. Al mismo tiempo se perdieron los incisivos superiores y aparecieron los seis cuernos característicos de estos animales: un par en el extremo del hocico, otro delante de los ojos y un tercero en la parte posterior del cráneo.
La carne ha sido un componente clave en la dieta humana desde sus orígenes, aunque no resulta indispensable. En este episodio de Quilo in Memoriam, el Dr. Francisco Grande Covián expone, a partir de los conocimientos de los años 80 —aún en gran medida vigentes—, la importancia nutricional de la carne como fuente de proteínas de alta calidad, hierro fácilmente absorbible, zinc y vitaminas del grupo B, en especial la B12. También destaca su capacidad para mejorar la absorción de hierro procedente de otros alimentos, algo especialmente relevante en dietas basadas en vegetales. No obstante, su contenido en grasas saturadas puede influir en el riesgo cardiovascular, por lo que se recomienda un consumo moderado.
¿Te comerías un insecto? Para gran parte de la población mundial, la respuesta es sí. De hecho, existen más de 2.100 especies comestibles documentadas. En otras regiones, como Europa, sigue siendo una idea que provoca sorpresa, curiosidad o incluso rechazo. Sin embargo, detrás de esa barrera cultural se esconde un campo de investigación en pleno crecimiento, con implicaciones nutricionales, históricas y medioambientales de gran alcance. De ello trata el libro de la colección de divulgación del CSIC Los insectos comestibles en el mundo, un esfuerzo colectivo que explora las características de estos pequeños animales, su consumo a lo largo de la historia, su valor nutricional y su potencial para afrontar los retos alimentarios derivados del crecimiento de la población mundial. Hoy hablamos con tres de sus autoras: Ligia Esperanza Díaz, Nicoletta Righini y Tatiana Pintado del Campo.
En Ciencia Fresca, Jorge Laborda y Ángel Rodríguez Lozano nos invitan a viajar desde el interior de nuestras células hasta el cielo que surcan los aviones. En primer lugar, Jorge explica por qué las mitocondrias son mucho más que simples “centrales energéticas”. Comenta un hallazgo reciente que revela cómo estas estructuras mantienen ordenado su propio genoma gracias a un sorprendente fenómeno físico: el perlado mitocondrial. En la segunda parte, Ángel dirige la mirada hacia las estelas de los aviones. Durante décadas se pensó que el hollín era el principal responsable de su formación. Pero un experimento con un Airbus A321neo, seguido por un avión laboratorio equipado con sensores, revela que la historia es más compleja y que otros tipos de partículas también desempeñan un papel clave.
La contaminación derivada de los explosivos es un problema silencioso, pero persistente. Más allá de las imágenes espectaculares de una detonación, lo que queda en el terreno puede ser incluso más preocupante: compuestos químicos estables, tóxicos y difíciles de eliminar. Entre ellos destaca el 2,4-dinitrotolueno (DNT), un residuo asociado a la fabricación y uso de materiales explosivos como el TNT. El investigador del Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC) David Rodríguez-Espeso explica cómo su equipo ha desarrollado una estrategia innovadora: “enseñar” a la bacteria Pseudomonas putida a utilizar el DNT como alimento y degradarlo. El objetivo era ambicioso: transformar un contaminante persistente en una fuente de energía para un organismo vivo.
Diversos estudios recientes sugieren que la interacción con sistemas de inteligencia artificial generativa puede disminuir la diversidad de la expresión humana y, además, influir en nuestras opiniones sobre asuntos social y políticamente delicados. No se trata de que la inteligencia artificial nos ayude a escribir mejor o más deprisa. El asunto es más profundo y mucho más capcioso: que, mientras creemos estar usando una cómoda herramienta, quizá la herramienta esté usándonos a nosotros para reescribir, aunque solo sea un poco, la manera en que pensamos.
El estudio de nuestros orígenes evolutivos no se limita a los fósiles humanos o de nuestros antepasados más cercanos, como los australopitecos. Para entender realmente de dónde venimos, los científicos necesitan retroceder mucho más atrás en el tiempo, hasta los primeros simios que dieron lugar al grupo que incluye a gibones, grandes simios y humanos, conocidos como simios antropomorfos. Aunque sabemos que este linaje se separó de los monos del Viejo Mundo hace más de 25 millones de años, reconstruir con precisión su historia temprana es extremadamente complejo. Un reciente estudio publicado en Science y comentado en un artículo de perspectiva por David Alba, nuestro invitado en Hablando con Científicos, arroja nueva luz sobre esta cuestión, gracias al hallazgo de un fósil en Egipto que podría cambiar nuestra visión sobre dónde surgieron aquellos lejanos ancestros.
Ángel Rodríguez Lozano nos invita a imaginar situaciones en las que el agua nos sorprende con comportamientos inesperados. Uno de ellos llevó a pensar que no existe una única forma de agua en estado líquido, sino dos. Algunos científicos lo habían predicho teóricamente, pero las dificultades para comprobarlo experimentalmente eran tan grandes que nadie había conseguido observarlo… hasta ahora. Gracias a un experimento ingenioso, un equipo de investigadores lo ha logrado.
Hace unos 5,5 millones de años, la crisis salina del Mesiniense transformó el Mediterráneo en un paisaje casi seco, permitiendo que la fauna circulara entre Europa y África. Cuando el mar regresó, Cerdeña quedó aislada, convirtiéndose en un laboratorio natural de evolución. Allí surgieron ecosistemas únicos, con especies como la musaraña gigante Asoriculus, la pica sarda Prolagus sardus o el pequeño bóvido Nesogoral, adaptadas a un entorno insular lleno de depredadores como la veloz hiena Chasmoporthetes. Con el tiempo, nuevas especies llegaron y otras evolucionaron, dando lugar a faunas sucesivas marcadas por el gigantismo insular. Sin embargo, la llegada del ser humano hace unos 10.000 años cambió este equilibrio: la caza, la deforestación y la introducción de especies invasoras provocaron extinciones en cadena. Hoy, apenas queda un superviviente de aquel mundo perdido: el murciélago orejudo sardo, testigo de una historia evolutiva fascinante.
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