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¿Podemos saber con antelación que un volcán está a punto de entrar en erupción? No hablamos de adivinar la hora exacta, sino de detectar el momento en que el proceso ya no tiene marcha atrás. Un equipo del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC) ha desarrollado una metodología pionera capaz de identificar ese “punto de no retorno” hasta 48 horas antes del inicio eruptivo. El trabajo, liderado por nuestro invitado en Hablando con Científicos, Raúl Pérez López, se apoya en herramientas inspiradas en la teoría del caos para analizar los miles de terremotos que precedieron a la erupción del Tajogaite, en La Palma. El resultado sugiere que el sistema volcánico “tiene memoria” y que esa memoria puede ayudarnos a anticiparnos a la erupción antes de que la lava surja y empiece a arrasar su entorno. La propuesta ha despertado el interés de la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres, que la ha destacado por su utilidad en la gestión de emergencias.
En este episodio de Quilo de Ciencia, Jorge Laborda nos invita a mirar los pezones con otros ojos… evolutivos. ¿Cuándo surgieron la leche y las glándulas mamarias? ¿Qué apareció antes: la lactancia o el pezón? A partir de pistas paleontológicas y biológicas, el programa recorre más de 300 millones de años de evolución, desde los sinápsidos primitivos hasta los mamíferos actuales.
La historia del agua en Marte es, en buena medida, la historia de cómo un planeta potencialmente habitable se convirtió en el mundo frío y seco que observamos hoy. Sabemos, por las huellas geológicas, que hace más de 3.000 millones de años ríos, lagos e incluso mares modelaron su superficie. Pero ¿cómo desapareció toda esa agua? ¿Fue un proceso lento y continuo o hubo episodios que aceleraron la pérdida?
Los metriorrínquidos fueron cocodrilomorfos marinos que vivieron entre el Jurásico medio y el Cretácico inferior, hace entre 165 y 136 millones de años. A diferencia de los cocodrilos actuales, eran completamente acuáticos: tenían extremidades transformadas en aletas, cola con aleta en media luna y piel lisa, lo que los hacía altamente hidrodinámicos. Probablemente eran vivíparos y de sangre fría. Sus adaptaciones incluían glándulas salinas para expulsar el exceso de sal y orificios nasales en el extremo del hocico para respirar sin sacar la cabeza del agua. Sus fósiles se han hallado en Europa y América. La competencia con tiburones y pliosaurios, junto al enfriamiento global y el descenso del nivel del mar a inicios del Cretácico, provocó su declive y extinción.
Hoy, Jorge Laborda habla de un tipo de daño poco conocido pero muy peligroso: cuando el ADN queda “pegado” a proteínas. Estas lesiones no solo bloquean procesos esenciales de la célula, sino que también pueden activar alarmas del sistema inmunitario, provocar inflamación crónica y desencadenar envejecimiento prematuro. Por su parte, Ángel Rodrtíguez Lozano no lleva al pasado profundo de la Tierra para descubrir cómo el progresivo frenado de su rotación ha influido en la circulación de océanos y atmósfera, mejorando el reciclaje de nutrientes y la oxigenación marina, y favoreciendo la vida compleja. Dos estudios punteros, una misma idea: pequeños cambios pueden tener consecuencias enormes.
¿Puede una bacteria recordar lo que le ha pasado? Hoy, en Hablando con Científicos, el investigador Iago López Grobas nos lleva al interior —y al exterior— de la bacteria E. coli para contarnos un descubrimiento sorprendente: algunas bacterias guardan una memoria mecánica. Cuando se enfrentan a antibióticos, estas bacterias cambian de forma, se alargan como espaguetis y se doblan. Pero lo más interesante viene después: cuando el peligro desaparece, recuerdan dónde se doblaron y usan esa información para decidir por dónde dividirse. En la charla con Ángel Rodríguez Lozano, Iago L. Grobas se habla de antibióticos, biofilms, proteínas que se mueven como pelotas de tenis, modelos matemáticos hechos con “muelles” y de cómo la forma puede decidir el destino de una célula.
¿Qué animal elegiría picar un mosquito hembra en plena selva tropical? La respuesta, hoy, puede resultarnos inquietantemente familiar. La expansión humana está transformando la selva atlántica brasileña y, con ella, el menú de los mosquitos hembra, que cada vez recurren más a la sangre humana. Un estudio basado en técnicas de biología molecular revela cómo este cambio no es casual, sino una consecuencia directa de nuestra presencia. Y no se trata solo de mosquitos: hablamos de evolución, de virus y de enfermedades emergentes. Porque cuando alteramos los ecosistemas, la ciencia nos recuerda que las consecuencias, tarde o temprano, también nos pican a nosotros.
¿Cómo corrían los dinosaurios? ¿Lo hacían siempre de la misma forma o podían cambiar su manera de correr según la situación? ¿Es posible reconstruir esos comportamientos a partir de huellas fosilizadas de hace más de 120 millones de años? Hoy nos adentramos en una investigación que demuestra que las huellas de dinosaurio aún tienen mucho que contar, incluso cuando creemos que ya las conocemos bien. El estudio, liderado por Ignacio Díaz Martínez, nuestro invitado hoy en Hablando con Científicos, explica cómo unas huellas fósiles extraordinarias, conservadas en un yacimiento de La Rioja, están cambiando nuestra forma de entender la locomoción de los dinosaurios. Las huellas corresponden a terópodos que corrían a velocidades cercanas a los 40 km/h. Pero lo más sorprendente no es lo rápido que iban, sino cómo corrían.
¿Qué pasa cuando el mar sube… pero el suelo bajo tus pies baja aún más rápido? Muchos de los lugares más poblados del planeta viven esta doble amenaza silenciosa. Un estudio publicado en Nature revela que todos los grandes deltas del mundo se están hundiendo, en muchos casos a mayor velocidad que la subida del nivel del mar. Ángel Rodríguez Lozano explica qué está ocurriendo en regiones clave y por qué la actividad humana está acelerando este proceso. Por su parte, Jorge Laborda nos habla de hidrógeno verde y de un avance sorprendente que permite producirlo sin platino, un metal caro y escaso que suele emplearse para separar el hidrógeno del agua utilizando luz solar. En su lugar, una investigación propone el uso de “plásticos” activados por la luz y la vitamina C, una alternativa prometedora que podría abaratar y hacer más sostenible la producción de este combustible limpio.
Cuando pensamos en una erupción volcánica, solemos imaginar ríos de lava avanzando lentamente por la superficie, arrasando todo a su paso. Sin embargo, buena parte de lo que ocurre durante una erupción permanece oculta bajo una costra aparentemente sólida. Eso es precisamente lo que sucedió durante la erupción del volcán Tajogaite, en la isla de La Palma, en 2021. Un complejo entramado de tubos de lava actuó como una red de “cañerías naturales”, transportando magma a gran distancia del cono eruptivo y aumentando notablemente la peligrosidad del fenómeno. David Sanz Mangas (IGME-CSIC) y uno de los autores del estudio que analiza en detalle cómo se formó y creció este campo de coladas alimentado por tubos durante los casi tres meses que duró la erupción.
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