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Un robot humanoide doméstico ya se vende por 20.000 dólares al contado o 499 al mes, y el Unitree G1 chino se compra hoy en España por unos 25.000 euros. Torpes, limitados, medio teledirigidos. Pero existen, se venden y bajan de precio.
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Una empresa fundada en Atlanta en 1899 acumulaba hacia los años sesenta expedientes sobre decenas de millones de personas: si bebían, si su matrimonio iba bien, con quién se les veía los domingos. La empresa sigue existiendo, cotiza en Nueva York y en 2017 protagonizó una filtración que afectó a 147 millones de personas.
Lo que encendió las alarmas del Congreso en 1970 no fue el contenido de las fichas, sino el anuncio de que iban a informatizarse. El abuso no cambió de naturaleza, cambió de velocidad. De ahí salió la primera ley de protección de datos del mundo, y de ahí sale el patrón que este episodio pone sobre la mesa: la ley correctora convirtió un abuso en un sector regulado, y el sector sobrevivió mejor que nunca.
Con esa plantilla miramos lo que se está montando ahora en Europa pieza a pieza: la cartera de identidad digital que los veintisiete Estados deben ofrecer antes de que acabe 2026, el escaneo de comunicaciones privadas que el Parlamento Europeo rechazó en marzo y reinstauró en julio, el tope de 10.000 euros al efectivo desde 2027 y el euro digital con piloto ese mismo año. Cada pieza tiene una justificación real. Ninguna se presentó como parte de un paquete, y el paquete nunca se votó.
Pasamos por el caso SCHUFA en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, por la Grecia del 27,5% de paro en 2013 y por lo que Max Weber y Tocqueville escribieron sobre el poder que administra con suavidad. Sin conspiraciones: las buenas intenciones no se heredan, la infraestructura sí.
¿Cuándo fue la última vez que pediste a un banco la copia de lo que tiene sobre ti? Ese derecho se ganó en 1970. Casi nadie lo usa.
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Estados Unidos acaba de superar los 40 billones de dólares de deuda pública, una cifra que costó 192 años alcanzar por primera vez en su versión de un solo billón y que ahora crece a razón de 14.000 millones al día. Todas las portadas anuncian el colapso inminente. Este episodio defiende justo lo contrario.
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China controla hoy el 90% del procesamiento mundial de tierras raras. Hace tres siglos era Occidente quien tenía el arma cargada, y la consiguió de la peor manera posible.
Este episodio estrena Arqueología económica, una serie que desentierra un hecho económico del pasado, lo mira desde el presente y señala dónde se está repitiendo lo mismo ahora mismo. Empieza con una mercancía que hoy se vende envuelta en bienestar, longevidad y antioxidantes, dentro de una economía del bienestar que en 2024 alcanzó los 6,8 billones de dólares según el Global Wellness Institute, casi cuatro veces el tamaño de toda la industria farmacéutica mundial.
Debajo de ese envoltorio hay otra cosa. Gran Bretaña se volvió adicta a un producto que solo crecía en China y que China solo vendía a cambio de plata. La sangría no se sostenía, así que el imperio fabricó una necesidad nueva en el país al que le compraba: hacia 1839, según el National Army Museum británico, el tráfico de opio pagaba ya la totalidad de ese comercio. De ahí salieron dos guerras, la cesión de Hong Kong, un motín en el puerto de Boston con 342 cajas al agua y, poco después, la independencia de Estados Unidos. Adam Smith y Karl Marx escribieron sobre ello en su momento, y ninguno de los dos fue amable.
Falta la pieza que lo cambia todo: cómo Occidente rompió el monopolio chino sin comprar una sola planta. Y por qué ese mismo mecanismo, con la mercancía cambiada y los papeles invertidos, describe exactamente la partida que se juega hoy entre Washington y Pekín.
La dependencia que aceptas por comodidad es el arma que otro empuñará mañana. La pregunta no es si el producto es bueno. Es quién tiene la mano en el grifo.
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La mayor reserva de petróleo del planeta acaba de caer por debajo de 300 millones de barriles por primera vez desde 1983. Todo el mundo ha mirado ese número. Casi nadie ha leído el informe que explica por qué ese número importa menos de lo que parece.
La Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos se creó después de las colas de gasolina de los años setenta con una promesa concreta: poder inyectar crudo al mercado a gran velocidad el día que el suministro mundial se cortara. Esa velocidad de extracción es hoy una fracción de la que se diseñó. Y una parte del problema tiene que ver con algo tan poco épico como el mantenimiento aplazado de unas instalaciones que llevan casi cuatro décadas funcionando.
En este episodio conecto cuatro cosas que casi nunca aparecen juntas: el estado real de esa reserva, la tensión permanente en el estrecho de Ormuz, los beneficios récord de las grandes petroleras y la deuda de Estados Unidos. El hilo que las une es una idea incómoda: buena parte de lo que damos por seguro son cifras contables que nadie comprueba hasta que fallan.
No hay catástrofe inminente ni desabastecimiento a la vuelta de la esquina. Hay algo más silencioso y más caro: un seguro que seguimos pagando y que rendiría la mitad el día que lo activáramos. La pregunta no es cuánto petróleo queda guardado. Es a qué velocidad puede salir, y quién paga la diferencia cuando no sale a tiempo.
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57 años. Es la edad media a la que hoy sale del mercado laboral un trabajador español que se prejubila, con la hipoteca a medias y treinta y cinco años de oficio en la cabeza. En 2025 ocurrió algo que no había pasado nunca: la tasa de paro de los mayores de 55 superó por primera vez a la de los trabajadores de 25 a 54, según la Fundación BBVA y el Ivie. El grupo más protegido se convirtió, sin que nadie lo anunciara, en el más vulnerable.
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El IPC español cerró julio de 2026 en el 3,6%, pero el acumulado desde finales de 2020 supera el 26%. Traducido a lo que importa: los 100 euros que tenías entonces compran hoy 79. Un 21% de poder adquisitivo desaparecido en cinco años y medio.
Cada vez que los precios suben aparece un culpable con nombre propio, y a poder ser con pasaporte extranjero. Una guerra, una sequía, un virus, un barco cruzado en un canal. El titular se resuelve solo: ha sido eso, ha sido puntual, ya pasará. El problema es que llevamos décadas encadenando fenómenos puntuales, y cuando cada década tiene su excusa irrepetible empieza a ser razonable sospechar que la excusa no es el fenómeno.
Este episodio separa tres cosas que casi siempre se mezclan. Un cambio de precios relativos, que es lo que ocurre cuando desaparece la mitad del petróleo disponible. Un shock energético, que fue enorme y fue real. Y una pérdida persistente de poder adquisitivo, que es otra cosa y tiene otros responsables. Aparecen el exchange rate pass-through del euro, el programa de emergencia del Banco Central Europeo, lo que concluyó el Banco de España sobre las perturbaciones de oferta, la deuda pública en el 100,2% del PIB, y una cifra de enero de 2021 que llegó trece meses antes de que empezara la guerra.
Y al final, la pregunta que casi nadie hace en voz alta: cuando escuchas que la inflación ha bajado, ¿qué crees que pasa exactamente con los precios que ya subieron?
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n 1993 nacieron en Chile 275.916 niños. El año pasado, 146.446. La mitad en treinta y dos años, sin guerra ni epidemia de por medio. La fecundidad chilena acaba de caer a 0,99 hijos por mujer, por debajo de Japón y de España, al nivel de Corea del Sur. Y en el 45% de las comunas del país ya muere más gente de la que nace.Grabé este episodio a cero grados, frente al lago Villarrica, porque el sitio importa. Esta región tiene lagos, bosque y tierra de sobra, y aun así es una de las zonas con menor porcentaje de mujeres con hijos de todo Chile. Ahí se cae la explicación de la vivienda. Japón lleva treinta años con precios inmobiliarios planos y no ha recuperado natalidad; los países nórdicos tienen los mejores permisos parentales del planeta y están todos por debajo de 1,5. Cuando el mismo fenómeno aparece en Seúl, en Bolonia, en Varsovia y en la Araucanía, con la misma forma y en el mismo orden, deja de ser un asunto cultural y pasa a ser un mecanismo.Ese mecanismo tiene fecha y lugar de origen: una decisión tomada en Alemania en enero de 1957, de la que se eliminó una pieza cuya ausencia todavía pagamos. Corea del Sur lleva veinte años y cientos de miles de millones en ayudas intentando compensarla, y su propio gobierno no espera superar el 1,0 hasta 2031.Quedan tres salidas posibles, y solo una de ellas se puede aplicar sin anunciarla. De hecho, ya se está aplicando. La pregunta no es cuánto vas a cobrar de pensión, sino quién va a estar produciendo lo que esa pensión promete.
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El viernes 31 de julio de 2026, el Banco de la Reserva Federal de Nueva York ejecutó una operación por cuenta del Tesoro estadounidense a través de Goldman Sachs y Morgan Stanley. Compró yenes. No vendió dólares para hacerlo: vendió euros.
Es la primera intervención directa de Washington sobre la divisa japonesa desde 2011, y aquella vez había un tsunami de por medio. Esta vez no hay catástrofe visible. Lo que hay es un dólar que llegó a rozar los 164 yenes, su nivel más alto desde 1986, un Tokio que quemó hasta 58.970 millones de dólares en un solo jueves y una intervención récord de 11,7 billones de yenes entre abril y mayo que no sirvió de nada.
Pero el paciente no está en Tokio. Cuatro días antes, la Reserva Federal dejó los tipos sin tocar por séptimo mes consecutivo y el bono americano a treinta años se disparó hasta casi el 5,23%, máximo de diecinueve años. Japón es el mayor tenedor extranjero de deuda pública estadounidense, y cada yen que compra defendiendo su moneda sale de una cartera llena de bonos del Tesoro.
En este episodio reconstruimos por qué la operación se diseñó en Camp David, por qué la contrapartida la puso la segunda moneda de reserva del mundo sin que su banco central dijera una palabra, y por qué esto ya ocurrió entre los mismos dos países en agosto de 1971, cuando Japón aguantó trece días antes de rendirse.
Cuando leas que una divisa se ha estabilizado, la pregunta útil no es cuánto ha subido. Es quién puso el dinero, y en qué moneda se está cobrando la factura.
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En 2025, los marroquíes en el extranjero enviaron 122.000 MM de dirhams a Marruecos: más del doble de toda la inversión extranjera recibida.
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