Escríbeme pronto

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By Jennifer McNamaraComedySociety & CultureImprov
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  • La cuarta vez fue la vencida

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    Querida persona que me lee:

    ¿Qué hace un artista o una persona creativa cuando está bloqueada? Sí, claro, además de llorar en un rincón y acabarse un bote de helado (me han contado que eso pasa).

    Pues empiezas El camino del artista, escrito por una señora llamada Julia Cameron.

    Se trata de un libro-curso de 12 semanas para gente que tiene cierto llamado al arte pero vive en las sombras.

    Resulta que el domingo de esta semana tuve mi última reunión en línea con las maravillosas personas con las que compartí ese camino y siento como cuando terminas una serie que te cambia la vida. No como cuando acabas un reality show cualquiera, sino cuando terminas una serie que llevas años siguiendo.

    Y te quedas con esa sensación de: ¿Ahora qué? Con un huequito en el corazón porque una veintena de personas se me volvió importantísima.

    Esta es la segunda vez que puedo terminar el curso (porque lo puedes hacer cuantas veces quieras) y lo reafirmo: el truco es hacerlo con personas. Pero esta vez la sentí muy distinta porque de alguna manera facilité el grupo.

    Compruebo que es un camino difícil, porque no sólo te hace replantearte el camino artístico sino la vida en sí.

    Así que… en el menú de hoy hay:

    * 📚 Un libro: El camino del artista de Julia Cameron (pero esta vez hablaré de por qué hacerlo en grupo).

    * 🔮 Un producto: Un hack súper simple si usas Google Calendar.

    * 💡 Una rolita: Una bendita serendipia.

    * Y el cuento y la reflexión de siempre (el cuento es sobre un grupo de apoyo).

    Este libro salió en 1992. Intenté hacerlo por primera vez por ahí de 2016.

    Fracasé.

    Luego en 2018.

    Fracasé.

    Lo abandonaba siempre hacia la semana cuatro porque: o decía que no me daba tiempo o porque había demasiada espiritualidad en el libro. La verdad es que hacer un trabajo de autoconocimiento creativo en soledad da miedo.

    Lo retomé sólo porque la fabulosa Francis Moricete creó un grupito para recorrerlo. De alguna manera, esta suerte de presión social me hizo seguir. Me encantaba ver las transmisiones en vivo de Franz (¡APROVECHO PARA DECIRTE QUE CORRAS A SUSCRIBIRTE A SU NEWSLETTER!) Y me gustaba verlas sabiendo que ella y otros personas nos acompañábamos.

    ¿El resultado? Es mucho más difícil que me tome días libres de newsletter o podcast. Aprendí que la vulnerabilidad compartida es más poderosa que la motivación individual. Y que a veces necesitas testigos para creer en tu propia transformación.

    El camino del artista lo puedes conseguir en Amazon con este enlace.

    Es cierto que me estoy haciendo de comunidades digitales. Soy parte de los conejillos de indias, digo, de la comunidad digital de Norka 💡, que es absolutamente genial. Esto que abrió apenas se llama “El club de la constancia” y es mi pretexto perfecto para seguir escribiendo por aquí.

    Hay dos cosas que esta gurú ha dicho que tengo grabadas.

    * Una: ten honestidad sobre tu energía al día.

    * Dos: no necesitas aprender a usar una nueva herramienta para hacer las cosas que ya haces.

    Entonces: Como yo ya uso Google Calendar en el trabajo, me bloqueo mis tiempos. Estoy consciente de que soy un ave nocturna. A las seis de la tarde soy un avión, y me siento con la energía como si fueran las once de la mañana, así que es mi tiempo ideal para escribir.

    Va el ejemplo gráfico (medio falso, porque en realidad uso mi cuenta del trabajo):

    Bloqueo un espacio de una o dos horas (por cierto, de las cosas más bonitas que hay en el Calendar de Google es habilitar la opción de horas del mundo adicionales a la izquierda, que sirve para cuando trabajas o te encuentras con personas de otras partes del orbe), y le pongo su propio color.

    Para el trabajo, morado. Para la escritura, rojo.

    Con estos tiempos bloqueados me enfoco en una sola tarea.

    Pausa comercial para decir que encuentro una chispa de felicidad cuando aparece en Spotify que dos de mis artistas favoritos hacen algo juntos por serendipia.

    Desde hace un rato sigo con ahínco a la señorita Luisa Almaguer. Me encanta su estilo porque son canciones que puedo cantar sin problema cuando estoy en mi auto… ¿Sabes lo difícil que es para esta pobre contralto encontrar canciones con las que no tenga que batallar con los agudos?

    Hay jiribilla en esto porque Almaguer es una chica trans. Nota al margen: alguna vez le apareció a uno de mis amigos en Bumble y le rogué que le diera like para pedirle su autógrafo.

    El autógrafo todavía no llega.

    Camilo Lara es la persona detrás de uno de mis proyectos musicales favoritos: El IMS. El Instituto Mexicano del Sonido.

    Pues ambos hicieron esta colaboración re-bella para una serie que no he visto (y que dudo ver, la mera verdad). Pero la canción: 10/10.

    Grupo de ayuda

    —Mi nombre es Roberto y llevo dieciséis días limpio.

    Aplausos moderados resonaron en el salón de la parroquia. Roberto se aclaró la garganta y continuó.

    —Ayer casi recaigo. Tenía todo listo, había apartado las horas, pero cuando llegó el momento... me fui a hacer otra cosa. Acabé viendo TikToks hasta las dos de la mañana.

    —¿Qué ibas a hacer, Roberto? —preguntó la facilitadora.

    —Mi último cuento. Lo tengo pendiente desde febrero.

    Una mujer en la segunda fila levantó la mano.

    —Mi nombre es Sandra y soy igual que Roberto. Ayer también toqué fondo. Estaba ahí, frente a la computadora, con el documento abierto, y de repente me levanté a limpiar el refrigerador. Terminé reorganizando toda la despensa.

    —¿Qué documento, Sandra?

    —Mi tesis. La defensa es en tres semanas.

    Roberto asintió con comprensión fraternal.

    —Lo entiendo perfectamente. Odio que mi cerebro juegue conmigo en ese momento y me susurre cosas como: “¿Y si mejor ordenamos los cables del cajón?”.

    —Exacto —Sandra suspiró—. Ayer gasté dos horas investigando la mejor manera de doblar las camisetas. No he hecho la tesis, pero ahora tengo un método japonés perfecto. Que seguro nunca usaré.

    —El primer paso es admitir que somos completamente incapaces de hacer las cosas cuando se supone que las tenemos que hacer —dijo Roberto.

    —Amén —respondió Sandra.

    La facilitadora sonrió y escribió en el pizarrón: "Procrastinadores Anónimos - Sesión 847".

    —¿Alguien más quiere compartir su progreso esta semana?

    Si buscabas “artista” en el pequeño Larousse (tómala, qué vieja estoy) encontrabas un grabado de un artista en un estudio que parecía parisiense. Si no sabes qué es el pequeño Larousse, sáltate este párrafo, disfruta de tu vista 20/20 y que no te da resaca después de la fiesta.

    La cosa es que desde el siglo XVIII vivimos en una cultura que romantiza al artista solitario. El genio incomprendido que crea obras maestras en la soledad de su estudio mientras el mundo no lo entiende. Es una narrativa bonita, pero también es una mentira que nos mantiene aislados y, muchas veces, bloqueados.

    El camino del artista en grupo me enseñó algo que ningún libro de autoayuda había logrado: que la creatividad no es un acto individual, es un fenómeno social. Cuando compartes tus procesos creativos con otros, no solo te vuelves más constante. Te vuelves más valiente.

    Mi grupo se convirtió en algo más que 24 personas (sí, éramos 24) haciendo ejercicios de un libro. Se volvió un laboratorio de vulnerabilidad donde podíamos experimentar con versiones nuevas de nosotros mismos. Lo más lindo de esta edición no fue seguir el libro, sino saber que cada domingo iba a ver a artistas como yo.

    Me preguntarás: ¿todos acabamos el camino y cumplimos todas las tareas?

    ¡Por supuesto que no! Pero estoy segura de que cada persona descubrió algo importante y valioso como artista.

    Nunca tomé captura de pantalla de esas llamadas, pero las fotos mentales jamás se me borrarán. Las risas, las manitas levantadas, las confesiones fuertes. Gracias, cofrades de mi corazón.

    Para mí, la gran revelación: no necesitas ser artista para beneficiarte de un proceso creativo. Necesitas ser humano. Y los humanos, resulta, funcionamos mejor en manada. Incluso para crear.

    Si hay algo que me llevo de estos tres meses, más allá de los proyectos que terminé o los bloqueos que deshice, es esto: crear en comunidad no te …



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    10 min
  • Las cosas raras que te van a hacer feliz

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    Querida persona rara (y maravillosa) que me lee:

    Hay una pregunta que me viene rondando desde hace semanas: ¿por qué las cosas más específicas, más nicho, más aparentemente absurdas son las que nos felicidad más pura? O sea, hay un Substack de una mujer que habla de cabañitas. Sí, no es broma. Miles de suscriptores interesados en cabañas.

    No hablo de la alegría obvia de un helado en verano o un abrazo después de un mal día. Me refiero al sentimiento inexplicable que nos confiere, por ejemplo, escuchar a alguien tocar un instrumento que ni sabíamos que existía.

    Por eso el menú de hoy incluye una zanfoña (ya te platicaré qué es, no tienes que googlearlo) 🎻, un sitio para que hagas tus próximas mezclas de sonidos especiales 💿 y un cuento sobre lo que la pandemia también pudo esconder 🦠.

    A veces hay accidentes afortunados. Como el que pasa cuando un francés toma un instrumento que básicamente no ha evolucionado desde el siglo XII, le mete algo de percusiones de fondo y termina haciendo electrónica experimental.

    La zanfoña o hurdy-gurdy es un instrumento de cuerda que pareciera un violín mecánico. Las cuerdas le vibran gracias a la fricción de una rueda que gira con una manivela.

    A ver, confieso que tengo los oídos medio descompuestos. El comediante John Stewart hace poco dijo en un fabuloso video en donde al presidente Donald Trump no se le entiende nada por el sonido de unas gaitas que esos instrumentos eran casi que del diablo.

    Lo lamento. Me gustan mucho las gaitas: las escocesas, las cornamusas, las irlandesas (porque todas son distintas). En general, me encantan los instrumentos poco comunes.

    Bueno, pues Guilhem Desq toca la zanfoña. Su disco Visions suena como si hubieran invitado a un trovador a un rave clandestino. Es música para cerrar los ojos e imaginar cosas que no existen.

    Además del link en Spotify, te dejo un video de YouTube para que veas cómo rayos se toca esta invención medieval.

    A veces me convenzo de que Internet es el mejor lugar que existe sobre la tierra. Nuestra mayor creación. Sobre todo para los ociosos y obsesivos. No vamos a decir como quién, porque en una de esas acabas poniendo “Jennifer McNamara” en Google y dios sabrá que te pueda salir.

    Si la zanfoña te abrió el apetito por los sonidos raros, te recomiendo que abras ahora mismo mynoise.net: el parque de diversiones para los oídos.

    Olvídate de quedarte dormido con el sonido genérico de lluvia. Mynoise.net te permite tener un paisaje sonoro y modificarlo a tu gusto. Yo pasé varios minutos ajustando el mío para regresarme a las costas irlandesas. Cualquiera que me conozca sabe que es de mis lugares favoritos sobre la Tierra.

    ¿Quieres mejor el ruido de biblioteca antigua? Ahí está. O tal vez prefieres un café parisino a las tres de la tarde.

    Te recomiendo jugar a ser el DJ de tu paisaje auditivo. Es mil veces mejor para la concentración trabajar con ruido de fondo a tu gusto que con cualquier canción que me digas.

    Tlalpan

    La pandemia detuvo casi todo. Pero en la esquina de siempre se apostaban cinco mujeres en minifalda. Al menos no hacía tanto frío en abril. Cuatro charlaban entre ellas, no traían cubrebocas puesto, porque la vida les exigía mostrar también sus rostros para llamar la atención de los automovilistas que se detenían rápidamente.

    Su trabajo era de alto riesgo. Ellas sabían que en cualquier momento podría llegar la policía, ahora con más razón, para detenerlas; no por faltas a la moral, que quizá había, sino por riesgos de la salud. No de la sexual, sino de la población.

    La única muchacha que no hablaba con sus compañeras sí que traía cubrebocas y se paraba erguida, a diferencia de las demás, que se balanceaban de una pierna a otra para presumir las caderas.

    Con todo, el primer coche de la noche se detuvo frente a la oveja negra. El conductor bajó la ventana.

    —Qué responsable, reina. Hasta con cubrebocas y todo.

    —Hay que tener precaución —respondió ella con voz oscura.

    —Anda, sube. Vamos a desafiar la precaución.

    Ella no tardó en subirse al carro y él no tardó en acariciarle las piernas a través de las medias caladas. Era lo usual. No hablaría de dinero sino hasta subir a la habitación. Esto era una especie de prueba gratis.

    Ella entró primero al cuarto que olía demasiado a pinol. Sin preámbulo se deshizo de la gabardina y dejó su negligé negro a la vista. Su cliente la miró apabullado.

    —¿Te vas a quitar ese cubrebocas?

    —Aún no hablamos de números.

    —Primero tengo que ver tu carita, chula. Así negociamos mejor.

    La mujer se quitó el cubrebocas y quedó al descubierto un rostro pálido cincelado por ángeles.

    —Tienes cara de puta cara.

    No hubo tiempo de hablar de tarifas y eso fue lo último que el cliente dijo. La mujer se abalanzó sobre él, le clavó su par de colmillos en la garganta y él quedó sin una gota de sangre.

    El coronavirus sabía horrible. Pero es lo que había.

    En la semana en la que no pasa nada, en realidad pasó de todo. De pronto recordé lo importante que es el arte para mí. Fui a un concierto de violín maravilloso, acudí al cine a ver una película romántica pero sesuda y yo misma al fin me desatoré de la aridez lectora y le empiezo a ver más forma al cuadro que estoy pintando.

    Hay algo profundamente humano en encontrar dicha en lo específico, en lo inesperado, en lo que no sabíamos que necesitábamos hasta que lo encontramos. Creo que tiene que ver con el hecho de que vivimos en un mundo que nos vende alegría empaquetada, pre-digerida, con manual de instrucciones.

    Pero la felicidad real, la que se queda contigo y te cambia un poquito por dentro, llega cuando menos te lo esperas. Cuando descubres que existe un tipo que dedica su vida a hacer música electrónica con un instrumento medieval. Cuando te das cuenta de que alguien se tomó el tiempo de grabar el sonido específico de lluvia cayendo en diferentes tipos de superficies para que tú puedas elegir exactamente la clase de lluvia necesitas hoy.

    Estas pequeñas rarezas, porque todos las tenemos, son puertas secretas a versiones de nosotros mismos. Son recordatorios de que el mundo es infinitamente más extraño, más rico, más lleno de posibilidades de lo que creíamos. Y eso, en sí mismo, es una forma de esperanza.

    Tal vez por eso nos gusta tanto compartir estos descubrimientos. No es sólo “Mira qué cosa tan cool encontré”, sino “Mira qué versión nueva de felicidad acabo de descubrir y que quiero que tú también tengas”.

    Porque al final del día, ¿no es eso lo mejor que podemos hacer unos por otros? Expandir el catálogo de cosas que pueden hacernos más humanos, una rareza a la vez.

    ¡Hasta el miércoles (o jueves)!

    ¿Es tu primera vez? Te dejo más cartas aquí.

    Con cariño libre de virus,

    J. McNamara, aka Geeknifer.

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    8 min
  • Vives en las playlist que creaste

    Esta carta va con cariño y gratitud infinita hacia los compositores anónimos que salvan vidas desde las sombras

    Lo acepto: traigo un bloqueo creativo. Es uno raro que sí me ha permitido hacer esta newsletter y mi podcast “No recomiendo” pero que está haciendo que me cueste escribir cuentos y… ¡leer!

    Sin embargo, estoy desatorándome. Como tal vez sabes, estoy siguiendo en grupo El camino del artista. Algo que Julia Cameron, la autora de este libro-curso, expresa sabiamente es que hay que tener espacio para consumir otros tipos de arte al que produces.

    Y para variar, a esta escritora que te manda cartas la esta salvando la música. Por eso, como hace tiempo no lo hago, este texto tiene algunas recomendaciones enmarcadas en listas de reproducción. Algunas pensadas durante horas y otras más hechas al vapor.

    No soy de presumir los números de libros que leo al año. Sobre todo porque tengo una fabulosa amiga que siempre anda por los 200 volúmenes anuales y me mantiene humilde. Siiin embargo, este año estoy preocupada por mi hábito lector. Para que te des una idea, en 2023 leí 39 libros, en 2024 leí 38. Este año ya lleva más de la mitad y con trabajos llevo 10.

    Todo empezó con la novela Mañana de Olalla Castro, que me tardé semanas en terminar por ahí de mayo. Luego tomé un libro que DEBÍA gustarme. Pero no sé a razón de qué, nomás no pude acabarlo. Trataba de concentrarme y lo dejaba a un lado. Con todo y que el autor es un genio.

    Pese a que nunca suelo cambiar el libro, tomé la nueva novela de Andrea Chapela, para ver si la ciencia ficción mexicana me desatoraba, y ahí más o menos iba, pero no del todo.

    Hasta que una tarde, de pronto, mirando mis preciosos Blackie Books de reojo, tomos de la editorial que hace libros raros y cómicos que me fascinó desde que leí Lamentaciones de un prepucio de Shalom Auslander, un libro me chifló: Fugas, se llama.

    Claro. James Rhodes. El pianista inglés de humor mordaz que tiene historias fuertes y ama la música clásica.

    En cuanto clavé mis ojos en el libro, hice una lista de reproducción mental.

    Movimiento número dos de la séptima sinfonía de Bruckner.

    Orgasmo hecho música.

    Todos tenemos esas playlists fantasma en la cabeza, ¿no? Esas que armamos mentalmente mientras caminamos, manejamos o nos quedamos viendo el techo a las 3 de la mañana, pero que por alguna razón nunca terminamos poniendo en Spotify o la plataforma de streaming de tu preferencia. Esas listas de reproducción son como esos libros que siempre decimos que vamos a leer “cuando tenga tiempo”.

    En su primer libro, Instrumental, James Rhodes narra cómo la música clásica le salvó la vida después de años de abuso. Empezó su carrera musical ya tarde y hoy le va muy bien haciendo lo que más ama. Fugas es un compendio de sus diarios, donde hay muchas enseñanzas de vida y mucha más música.

    Empieza con el “Preludio en Do mayor” de Bach. En alemán, parte del ciclo Das wohltemperierte klavier, el clavecín bien temperado en español.

    ¿Y sabes qué? Creo que a mí también me está salvando volver a la música clásica. Por eso, te dejo una de mis mejores listas de reproducción. Clásicas para mininos, que hice el día que me di cuenta que a mi primera gatita le encanta Tschaikovsky.

    ¿Sabías que en encuestas recientes sobre esta newsletter esta es mi sección menos popular? Qué gran ofensa de mis lectores para esta geek. Pero los perdono, no siempre se puede tener buen gusto.

    No te preocupes, hoy no quiero recomendarte videojuegos exactamente. Esta vez te quiero contar un secreto.

    Hay una escena que invariablemente me hace llorar que proviene de un videojuego. Mi hermano, el que sólo me lleva 16 años, lo jugaba y me lo traducía antes de que tuviera edad para jugar un RPG en inglés. Un Role Playing Game. Juegos donde uno tiene que elegir su propia aventura.

    El juego en cuestión es mi favorito por siempre: Final Fantasy VII. En éste, eres parte de un grupo de ecoterroristas que eventualmente tienen que enfrentarse no sólo a una compañía que roba la energía del planeta sino a un tipo que se vuelve loco tras descubrir que es producto no del amor entre dos personas sino de un vil experimento genético.

    Así, durante más de 30 horas tuvimos en nuestro equipo a un personaje femenino. A mí me encantaba porque en esos tiempos no había muchas niñas o mujeres que salieran en videojuegos y pudieras usar. Salvo quizá Lara Croft, de Tomb Raider.

    Nuestra idea era que el personaje principal, Cloud, en algún punto le declarara su amor al personaje femenino. Voy a contarte un spoiler, pero todo gamer lo conoce, así que no creo hacerte daño. Si no has jugado esta obra de arte de 1997 es probable que no lo juegues nunca. Al final del primer disco, porque era tan largo el juego que necesitaba cuatro discos de PlayStation, el villano más villano, Sephiroth, le clava una katana enorme en el esternón a este personaje.

    Y ella termina salvando no sólo al equipo, sino al planeta entero. Dicha mujer se llamaba Aerith Gainsborough, o Aeris en su primera versión.

    La canción que suena de fondo cuando ella muere me llena los ojos de lágrimas. Siempre.

    Por supuesto, porque mis favoritismos tienen un montóoon de lógica, terminé obsesionada con el villano. ¿Recuerdas que en Intensamente 2 la chicuelilla desarrolla un crush secreto por un personaje de videojuego? Bueno, pues yo la entiendo por completo. Qué oso.

    Hay discusiones muy serias sobre si Sephiroth es el mejor villano en la historia de los videojuegos. No hay un consenso, pero en donde sí lo hay es que él tiene la mejor canción-tema de la historia, llamada “El ángel de una sola ala”, compuesta por Nobuo Uematsu. Una canción que da hasta un poco de miedo.

    Todo esto me lleva a compartirte la siguiente lista de reproducción que toca fibras astro sensibles de varios gamers. Con estas canciones, siempre tengo 7 años y soy una enamorada de los videojuegos. Con ellas, lloro, me emociono y recuerdo historias que traigo marcadas en mi corazoncito. Y que me recuerdan que, a veces, los buenos ganan.

    Peregrinación

    Este cuento ya lo había compartido pero nunca en audio. Así que vale la pena que le pongas play allá arriba.

    Salió de su casa en los suburbios y comenzó a correr: su mano derecha tocó los lentes de sol.

    Buen día. Son las 09:00 horas.

    La temperatura es de 295 grados.

    Permítame reproducir algo acorde al momento: Timeless, de Sergio Mendes e India.Arie

    En su agenda hay un evento muy especial: “Volar”. ¡Felicidades! ¿Celebramos?

    Camina, trota, corre. Respira rítmicamente, sus piernas se mueven igual de bien que las originales, hasta mejor. Saluda a Óscar, que ha salido a pasear en un carrito de supermercado. Pasa tres calles, da una vuelta completa sobre sí en la esquina y chasquea los dedos.

    Enseguida, las noticias de hoy en sus categorías favoritas.

    Internacional: legalizan sexo orgiástico público en los Países Altos. De acuerdo con el Presidente de la Cámara Media de ese país, la inclusión social sigue siendo la principal política y los parques tendrán espacios diseñados para concertar citas sexuales grupales. El incesto no forma parte de la nueva ley, pero se prevé discutirlo en la siguiente…

    Chasquea los dedos de la mano derecha y mueve el brazo hacia afuera.

    Deportes: Prevén mal tiempo para el Super Bowl CC CXLIX. Los Bills de Buffalo se enfrentarán a los Santos del Congo en un encuentro épico en Kazajstán debido a las restricciones de armamento…

    Otro chasquido.

    Nacional: ciudadanos electos deciden promover la anarquía. Los candidatos independientes que tomaron posesión este año preparan ya un plan a ser presentado en el Poder Legislativo para abolir cualquier programa de Estado. “Ningún sistema. Es consciencia” es el lema de la mayoría anarquista. En entrevista…

    Doble chasquido. La voz guarda silencio. Toma la avenida principal y una multitud se le adelanta. Todos visten el mismo color: verde viridiano. Sonríe y corre. El punto bermellón sortea los cuerpos: ancianos, niños, hombres y mujeres. Los huele y se frota contra ellos. Se excita. Va más rápido. Llega al malecón y se detiene en seco. Las vacaciones instan a la gente a disfrutar el mar. Vacaciones eternas: presentó su renuncia la semana pasada, trabajaba como modelo de Coca-Cola. Chasquido con la izquierda y luego con la derecha.

    La temperatura del agua es excelente. Le recomiendo que vaya. Competimos una última vez, ¿por favor? Permítame adelantar la playlist: Lamento (No Morro) – Maogani Quartet

    Saca la lengua. Los lentes de sol se hacen gogles. Se lanza a la arena ardiente, sus pies apenas tocan el suelo. La gente, con las chamarras puestas, se broncea sobre camastros. Algunas familias traen a sus sirvientes, que les ofrecen bebidas frías, otros recargan la batería con luz solar. Es interminable la fila para conseguir pulpos personalizados con correa. No voltea a ver nada más que el mar que se extiende, azul artificial. Se desnuda y deja que el agua, entre dulce y salada, acaricie su cuerpo. Las olas acompañan sus brazadas. Más rápido. Piernas poderosas. A la distancia, ¡al fin!, un tiburón.

    Cronómetro en ceros. Fijando objetivo. Atunes a dos kilómetros.

    El pasatiempo de su pareja es pescar avestruces modificadas genéticamente. El suyo es competir contra tiburones, porque los delfines son más veloces. Sus piernas son mejores que las del promedio, pero no mágicas. Va tan rápido que se toma la libertad de rozar, por debajo, el vientre del animal contra el que compite. Tras llegar primero a los atunes, saca la cabeza del agua, se acomoda el cabello detrás de las orejas y ve la quietud del mar colorado. Algunos barcos de vapor pasan cerca, los turistas saludan: lo antiguo es lo de hoy. Flota y ve el cielo: el ayuntamiento hace obras para reparar las fugas de aire limpio.

    Está recibiendo una llamada. ¿La tomo?

    La punta de su lengua toca su nariz y empieza a hablar: Amor, ¿cómo están los niños? “Se lo están tomando muy bien. Saben que es tu decisión. Aunque eso de no despedirse no los tiene contentos”. Un día comprenderán que esto es algo personal. No deben juzgar lo que no entienden. “No sé muy bien qué voy a hacer”. Ya te lo he dicho: tú eres joven, busca una nueva vida. Si quieres deshacerte de los niños, adelante. Pero que sean felices donde los dejes. Ya no son tan chicos. “¿Me puedes mandar un beso?” Odio esas cosas. Sólo por tratarse de este día. Va. Un beso. Dos, para los ánimos.

    Vuelve a tocar la punta de su nariz. Han sido tres largas vidas. En una fue mujer, en otra hombre y ahora no tiene sexo. A partir de eso, excitarse es más complejo, el agua tiene otro significado, es como un gran juguete sexual que pincha el órgano más grande que tiene: la piel. Truena los labios.

    Redes sociales disponibles.

    Pasa las fotos con su mirada.

    Álbum “La primera vez” elegido. Qué lindas las fotos. Era muy guapa. “La segunda vuelta”. No era usted mi tipo, pero tenía unos hijos pre-cio-sos. Y ahora, todos mueren por alguien como usted. ¿Quiere que ponga un último mensaje en Lifewall? Hay muchas felicitaciones por su gran día. Casi tantas como en su cumpleaños. Pongo un mensaje: “Hoy es mi día. Hora de volar. Después de tres periodos de existencia, he decidido descansar.” ¿Le parece que quede así? Más una selfie, su mejor sonrisa. Eso: perfecto.

    Truena los labios de nuevo y se cierran las redes. Está a punto de dormir sobre el agua cuando los lentes hablan de nuevo.

    Aviso de último momento del Control para la Seguridad Ciudadana: se les solicita a los bañistas abandonar la playa para drenar el mar. En las próximas horas será renovado con agua tratada.

    Para salir de aquí: Aguas de marzo.

    Vuelve a nadar, prueba el agua, por momentos salada, otros muy dulce. Lo siente en sus labios. Se hunde para ver los peces, que en unos minutos, junto con los corales, serán reemplazados. En unos segundos está sin ropa pisando la arena y luego trotando, sin perder el ritmo. A sus espaldas el mar se cuela, queda un gran agujero seco. En la calle principal ve cómo los que antes se bronceaban lucen su mejor color debajo de las chamarras. Jóvenes andan en viejas patinetas flotantes. Niños compran helado de maíz.

    Sigue derecho por la vereda. El pasto fuera de las casas cambia de color. Rojo, morado, azul y verde. Corre. Sus piernas son una bendición. La primera vez que vivió las perdió por diabetes. En la operación de edad y cambio de sexo quedó con la prótesis.

    Ha llegado al lugar donde creció, donde fue una niña que aún conoció los columpios; ahora sólo visibles en los museos. Hay gente nueva y familias renovadas. Por un instante, duda. ¿Y si volviera a empezar? Tal vez con cola de sirena para nadar diario. Más vidas, más profesiones, más hijos. Desecha la idea y piensa en sus tres “yo”, en cada día que gastó, en sus diversas identidades. Al final, el tiempo pesa: otros que quiso también volaron. Después de casi tres siglos ninguna respuesta llegó: sólo queda aferrarse a la esperanza en otra cosa fuera de este mundo. Creer en algo ¿sagrado? que vaya más allá de los estándares de calidad de vida. Aunque, de todos modos, si no hay nada queda el consuelo de librarse del hartazgo. Del tedio de existir.

    La gente en la banqueta se quita el sombrero para saludar. A veces da un apretón de manos a algún conocido que pregunta por su desnudez. Pero no reclaman, tiene un cuerpo perfecto: 25 años y sin sexo.

    ¿Quiere pasar por ropa? Sólo tomaría cinco minutos.

    A toda costa debe evitar a la familia. Es su única condición. Cada quien tiene este episodio a la edad que quiera y de la manera que le parezca más apropiada. Empieza a oscurecer, las estrellas se encienden. Se acerca al límite de la ciudad, al despeñadero. El sentimiento de lo desconocido se apodera de su cuerpo. Tiembla y el sudor le recorre el cuerpo. Corre, corre, corre.

    La gente se prepara para escribir el punto final. Cientos de personas juntas, abrazadas, riendo y llorando; no hay edades o perfiles excluidos, muchas embarazadas y niños. Pero ya: 300 años son suficientes. No hay quien le llore, pero no quiere más entrometidos. Sólo busca la soledad, para eso es su vuelo. Para ser un ave solitaria, sólo por un instante.

    Mas que Nada. Llegó la hora.

    No titubea, sino que apresura el paso. Desatiende a los niños despidiéndose de sus padres, a los ancianos solitarios que ven hacia abajo y a los empresarios y políticos adinerados que hasta llevan cámaras. Llega a la punta del acantilado y se lanza al barranco. Cierra los ojos e imagina cómo se sintió el primer humano que puso fin a su vida de esa manera en ese lugar. Ahora es sagrado, pero es más que algo espiritual: es la alegría de hacer algo que de verdad duele. Vuelve a abrir los ojos y se siente como un pájaro. Ha decidido palpar el fin.

    Respetable decisión.

    Rhodes tenía razón: la música nos permite ser completamente honestos. Es el lenguaje más universal porque no importa tu idioma, nos hace sentir cosas. La música nos permite ser nosotros, sin las capas de autoexigencia y miedo al juicio que cargamos como armaduras pesadas cuando hablamos.

    Cuando pongo esos soundtracks y las palabras empiezan a fluir por mis ojos o mis manos, no es que la música esté haciendo el trabajo por mí. Es que está creando el espacio emocional donde mi verdadera voz puede emerger.

    Tal vez todos necesitamos nuestras propias fugas, nuestras propias bandas sonoras salvavidas. Esas melodías que nos recuerdan quiénes somos cuando no estamos tratando de ser nadie en particular. La música no sólo acompaña momentos: los crea.

    Vives en las playlists que creaste.

    ¿Tienes música de emergencia creativa? Me encantaría conocer esas canciones que te devuelven a ti cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso.

    ¡Hasta el miércoles (o jueves)!

    ¿Es tu primera vez? Te dejo más cartas aquí.

    Con cariño libre de virus,

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  • Tu creatividad tiene fecha de muerte

    Esta semana estuve limpiando mi computadora y me topé con carpetas que no había abierto en años. Me sentí abriendo un ataúd digital. Ahí estaban: capturas de pantalla de conversaciones que ya no puedo abrir, fotos descargadas de perfiles que se cerraron o cambiaron de nombre.

    ¿Te has puesto a pensar en todo lo que ha muerto en internet? No hablo solo de personas —que también— sino de sitios web, aplicaciones, memes, videos virales que un día desaparecieron como si nunca hubieran existido. Internet está lleno de fantasmas digitales, y hoy quiero que exploremos juntos este cementerio virtual.

    El menú de hoy incluye una página web que es como una máquina del tiempo 🌐, un recorrido por videos malditos del pasado 👻, un cuento sobre perfiles que no se pueden borrar 🖋️ y una reflexión sobre cómo lloramos en la era digital 💭.

    ¿Sabías que puedes visitar cualquier página web tal como se veía hace 10, 15 o 20 años? La Wayback Machine es básicamente una máquina del tiempo digital que ha estado guardando copias de internet desde 1996. La Wayback Machine es la tía que guarda tus fotos sin ropa en Internet.

    Es fascinante y deprimente a la vez. Puedes ver cómo se veía Facebook cuando aún necesitabas email universitario para registrarte, o revisar tu blog de Tumblr de la preparatoria que creías perdido para siempre. También puedes llorar un poquito viendo sitios que fueron enormes y ahora ni existen: Metroflog, Hi5, o la versión original de MySpace donde todos éramos expertos en HTML porque sabíamos poner música de fondo.

    La página te deja buscar cualquier URL y ver todas las capturas que han tomado a lo largo de los años. Es como hojear un álbum de fotos de internet, donde cada captura es un momento congelado en el tiempo digital. Algunas páginas tienen cientos de capturas, otras apenas unas pocas antes de desvanecerse para siempre.

    Mi recomendación es que busques sitios que solías frecuentar o incluso tu propia página web si tuviste alguna. Prepárate para una montaña rusa emocional entre nostalgia y vergüenza ajena. Es probable que te topes con tu firma de email de la secundaria que decía algo como "AnGeL dE aMoR".

    Puedes acceder en archive.org/web

    Para cierta generación, hay videos que arruinaron la infancia. ¿Recuerdas cuando "Obedece a la morsa" te quitaba el sueño? Para los conocedores de video de miedo, el “cupboard ghost” o “pantry ghost” (el fantasma de la alacena) era espantoso y a mí me quitaban las ganas de ir a la cocina de noche. Hubo una época dorada del terror en internet, cuando los videos virales nos traumatizaban.

    Era el internet de principios de los 2000, cuando no teníamos Netflix y nos conformábamos con videos de tres minutos que se tardaban media hora en cargar. Los "screamers" o “jumpscares” eran lo máximo del entretenimiento digital. ¿A qué me refiero? Videos que parecían normales hasta que, de repente, aparecía una imagen terrorífica con un grito que te hacía tirar la computadora. Como el famoso del cochecito en una campiña. Y en esa época no podías adelantarle para ver el “preview” del video.

    Estos videos fueron los primeros memes de terror. No existían las redes sociales como las conocemos ahora, así que los compartíamos por email con asuntos como "TIENES QUE VER ESTO" o "NO LO VEAS DE NOCHE".

    Muchos de estos videos ya no existen. YouTube los borró por violar políticas de contenido, o simplemente los sitios web donde estaban hospedados murieron. Son fantasmas digitales que viven solo en nuestra memoria colectiva y en algún que otro backup perdido en un servidor abandonado (probablemente en el sótano de alguien que aún usa Internet Explorer).

    Lo curioso es que estos videos tenían algo que el terror actual no tiene: inocencia. Nos asustábamos con jumpscares básicos porque internet aún era territorio inexplorado. No teníamos spoilers, no existía Google o ChatGPT para buscar "qué pasa en el video de la morsa". Solo existía la valentía de darle play y rezar para no morir del susto.

    Pues a propósito, la única influencer que sigo, sacó un video rememorando estos videos. Ella es muy divertida y se llama Estibaliz. Te dejo el video en YouTube en donde agrupa todos estos videos que marcaron su infancia.

    Perfil activo

    Camila descubrió algo extraño en la cuenta de WhatsApp de su hermana tres meses después del funeral.

    Al principio pensó que era un error del algoritmo. Lucía aparecía “activa hace 2 minutos”.

    “Debe ser que alguien tiene su contraseña”, se dijo Camila. Pero cuando contactó a sus padres, ambos juraron que no habían tocado el teléfono de Lucía desde que lo recogieron en el hospital.

    La primera vez que vio “en línea” junto al nombre de su hermana en el chat, se le encogió el estómago. Era medianoche. Camila escribió: “¿Qué haces con el teléfono de mi hermana?”, pero el mensaje se quedó con dos palomitas grises, nunca fueron azules.

    Días después, las cosas se volvieron más extrañas. Lucía, o la persona que se había apoderado de su cuenta, había dado like a una foto reciente de Camila.

    Camila decidió ir a ver a sus papás. Necesitaba ese teléfono.

    Lo encontró en el buró de la recámara de Lucía, exactamente donde lo habían dejado. La pantalla estaba negra, la batería completamente agotada. Había estado así por semanas.

    Mientras la familia comía en silencio, Camila revisó las cuentas de su hermana cual stalker empedernido y corroboró que hasta las listas de reproducción de su hermana se habían actualizado el día anterior. Y no con cualquier cosa. Con una canción nueva que Camila había oído una mañana y la había hecho llorar. “Le hubiera encantado a mi hermana”, pensó.

    Esa noche, Camila lo intentó de nuevo, pero diferente:

    “¿Lucy?”

    “Hola, apestosa, te extrañé”.

    Muy a su pesar, Camila sonrió de oreja a oreja.

    Internet prometía ser eterno, pero resulta que es más frágil que el papel. Los blogs que escribimos con tanto cariño pueden desaparecer si no se renueva el hosting. Las fotos que subimos a servicios gratuitos se esfuman cuando la empresa quiebra. Los videos que nos marcaron son borrados por copyright (como que ya no encuentro los videos de dada88 que incluyen éxitos de Disney como “Bibi te embarra sus boobs”),

    Luego están las personas. Cada año que pasa, más perfiles se convierten en lápidas digitales. Es extraño el duelo en la era de las redes sociales. La conversación de Whats con el fantasma a quien le hago cuentos ya no existe. Sus tuits ahí están, menos mal.

    Pero ahora los muertos siguen recibiendo felicitaciones de cumpleaños y sus últimas fotos acumulan reacciones de corazón como flores en una tumba. Claro, nunca falta el despistado que se entera en redes que una persona falleció.

    ¿Cómo se supone que procesemos la pérdida cuando el timeline de alguien sigue ahí, intacto, esperando? Facebook convierte los perfiles en memoriales, pero ¿qué pasa con las conversaciones privadas? ¿Con esos audios de WhatsApp que nunca escuchamos y que ahora son lo último que tenemos de esa voz?

    Hay algo inquietante en la manera en que internet conserva y borra a la vez. Guardamos capturas de pantalla de conversaciones como si fueran cartas de amor, pero perdemos años de música porque Spotify cambió su catálogo. Tenemos acceso a información infinita, pero los memes que nos hacían reír hace cinco años ya no los encuentra ni Google.

    En medio de esta fragilidad digital han surgido los arqueólogos modernos: personas dedicadas a preservar y rescatar los restos de internet. No excavan en tierra, sino en servidores abandonados, discos duros olvidados y backups perdidos. Son como Indiana Jones, pero buscan comerciales de cereal de los 90.

    Hay comunidades enteras en Reddit dedicadas a encontrar videos “perdidos”, como r/lostmedia. Son detectives digitales que rastrean episodios perdidos de programas infantiles, o videojuegos que solo existieron en demos. Utilizan hilos de Twitter, foros abandonados y testimonios de usuarios para reconstruir la historia de contenido que parecía perdido para siempre.

    También existen proyectos como Archive Team, un grupo de voluntarios que se dedica a rescatar sitios web antes de que mueran. Cuando se anuncia que un servicio va a cerrar, estos arqueólogos digitales corren contra el tiempo para descargar todo lo que puedan.

    Lo fascinante es que esta arqueología digital funciona igual que la tradicional: piezas fragmentadas que hay que ensamblar para entender una época. Un meme de 2009 nos dice tanto sobre esa época como una vasija nos habla de una civilización antigua. Los comentarios de YouTube de hace diez años son nuestras nuevas inscripciones en piedra… probablemente igual de incomprensibles para las futuras generaciones.

    Algunos de estos arqueólogos trabajan por nostalgia personal pero otros lo hacen por preservación histórica. Entienden que estamos viviendo el mayor experimento comunicativo de la humanidad y que perder esos datos sería como quemar la biblioteca de Alejandría todos los días. En lugar de pergaminos, estaríamos perdiendo GIFs de gatos y debates sobre si el vestido era azul o dorado.

    El duelo digital es extraño porque es público y privado al mismo tiempo. Llorar por un perfil de Facebook que ya no se actualiza. Buscar obsesivamente el último video que alguien subió a YouTube. Mantener conversaciones de WhatsApp porque borrarlas se siente como matar a alguien dos veces (y porque ahí tienes guardada la receta de los brownies).

    Y también está el duelo por las versiones anteriores de nosotros mismos. Esos blogs de Blogger llenos de canciones emo y fotos pixeleadas. Los estados de Messenger donde dramáticamente anunciábamos nuestros desamores adolescentes con letras de canciones de Evanescence. Todo ese contenido que creamos cuando internet era más inocente, cuando no sabíamos que nuestras palabras podrían ser eternas... o que algún día nuestros hijos encontrarían nuestros fanfictions de Crepúsculo. Guácatelas.

    Internet nos enseñó a amar digitalmente, pero nadie nos enseñó a despedirnos en línea. No hay protocolo para cuando alguien se va. ¿Conservas las fotos juntos en Instagram? ¿Borras su número de Whats? ¿Guardas sus tuits para releerlos cuando los extrañes?

    La verdad es que internet está lleno de fantasmas, y tal vez está bien. Quizá estos rastros digitales son la nueva forma de inmortalidad. Una foto etiquetada, un comentario en una publicación, un like en una foto vieja. Pequeñas pruebas de que estuvimos aquí, de que fuimos importantes para alguien, de que nuestros bytes también merecen ser recordados.

    Al final, el duelo digital nos enseña algo hermoso: que incluso en un mundo de algoritmos y servidores, lo que realmente importa siguen siendo las conexiones humanas. Los memes compartidos, las conversaciones de madrugada, las fotos donde salimos horribles pero las conservamos porque capturan un momento perfecto. Y sí, también esos stickers de WhatsApp que usamos para expresar emociones complejas… con gatitos bailando.

    Internet muere y renace constantemente, pero lo que construimos juntos —esa red de afectos digitales— eso sí que puede ser eterno. Al menos hasta que cambien los términos y condiciones.

    ¡Hasta el miércoles!

    ¿Es tu primera vez? Te dejo más cartas aquí.

    Con cariño libre de virus,

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    12 min
  • Esto pasa cuando inventas tu idioma

    Querida criatura que lee esto desde donde sea que esté:

    ¿Alguna vez has sentido que las palabras en español, inglés o tu idioma nativo simplemente no son suficientes para expresar algo específico? Bueno, pues no eres la única persona que ha tenido esa sensación. A lo largo de la historia, los humanos hemos inventado idiomas completos cuan do los existentes nos quedan cortos.

    Sigue mi adagio y serás feliz: nada eleva el espíritu como el conocimiento de otras lenguas 😏.

    Desde los elfos de Tolkien hasta las tribus de Avatar, pasando por gemelos que crean su propio código secreto, los lenguajes inventados nos fascinan porque representan pura creatividad humana y esconden el secreto de parte de nuestro cerebro.

    Hoy quiero llevarte por un viaje a través de estas creaciones lingüísticas que van desde lo académico hasta lo absolutamente mágico. Y sí, también lo absolutamente pretencioso.

    El menú de hoy incluye una canción en un idioma que no existe 🎵, una serie que inventó todo un sistema de comunicación 📺, un cuento sobre descubrir idiomas que resulta que están vivos 🖋️ y una reflexión sobre por qué necesitamos inventar palabras 💭.

    Te voy a presentar a Theodor B*****d, un grupo ruso que hace algo increíble: cantan en idioglosia. ¿Qué diablos es eso? Bueno, es cuando alguien crea un lenguaje personal que suena como si fuera real, pero que en realidad no significa nada específico. Como cuando éramos niños y hablábamos sin decir nada en galimatías. Yo todavía lo hago cuando canto melodías. “Washawashear”, le dicen los no expertos.

    Los de Theodor B*****d no son remotamente los primeros en hacer esto. Hay una señora llamada Lisa Gerrard que amo con locura y pasión desenfrenada que lo hace todo el tiempo. Es bastante probable que la hayas oído por la canción “Now We Are Free”.

    Sí, es del soundtrack de Gladiador y no dice absolutamente nada, la letra engrabada en Spotify es joya. ¿Pero a poco no suena hermoso?

    Bueno, la canción "Sagrabat" de Theodor B*****d es otro perfecto ejemplo de idioglosia. La voz de Yana Veva crea melodías con palabras que suenan absolutamente místicas y poderosas, como si fueran encantamientos de alguna bruja eslava. Lo curioso es que aunque no entendemos literalmente lo que dice, de alguna manera sí lo entendemos… emocionalmente.

    Es lo maravilloso de la idioglosia, que no es un lenguaje inventado como el klingon o el élfico, sino más bien un lenguaje emocional puro. Me encanta que nuestro cerebro puede procesar estas "palabras" inventadas y extraer significado de ellas a través del tono, la melodía y la intención.

    Si hablamos de lenguajes inventados en televisión, es imposible no mencionar Game of Thrones y sus idiomas dothraki y valyrio alto. Pero déjame contarte algo que quizá no sabías: David J. Peterson, el lingüista que los creó, no sólo inventó palabras bonitas para que los actores fingieran que sabían de qué hablaban. Creó sistemas gramaticales completos.

    El dothraki, por ejemplo, tiene más de 3 mil palabras y su propia gramática. Peterson se basó en las pocas frases que George R.R.R. Martin había incluido en los libros —porque el señor Martin aparentemente tenía mejores cosas que hacer que inventarse idiomas completos— y construyó idiomas enteros a partir de esas migajas. Incluso se crearon diferentes acentos regionales del dothraki, porque obviamente una civilización nómada tendría variaciones según la zona.

    Átaremma i ëa han ëa, na aire esselya, aranielya na tuluva, na care indómelya cemende tambe Erumande.

    Eso es el inicio del Padre Nuestro… en élfico. Y sí, hay gente que se lo sabe de memoria. Qué personas tan raras.

    Sería una grosería no nombrar a J.R.R. Tolkien, quien era filólogo de profesión y que prefirió inventarse sus idiomas antes de ponerse a escribir.

    La lógica era simple: si decides crear una mitología completa, necesitas idiomas completos. El resultado fueron el quenya y el sindarin, dos variedades de élfico que tienen gramáticas complejas, historia evolutiva y diferentes registros según el contexto social.

    Tolkien creó familias lingüísticas enteras. El quenya es el “élfico alto”, más formal y ceremonioso, usado para rituales y literatura. El sindarin es el élfico cotidiano, más fluido y coloquial. Pero también inventó el khuzdul (idioma de los enanos), el entish (idioma de los ents), diferentes dialectos de órquico, y hasta la Lengua Negra de Mordor, que no deberías estar pronunciando.

    A menos que seas una banda de Black Metal noruego y le quieras poner a tu banda Gorgoroth o Burzum. En cuyo caso, adelante, pero no me hagas responsable de lo que pase después.

    Game of Thrones y las pelis de El señor de los anillos están en HBO.

    La traductora

    Marina había dedicado muchos años de su vida a traducir idiomas muertos. Latín, griego clásico, sánscrito: lenguas que ya no se hablaban en las calles pero que seguían vivas en pergaminos vetustos y textos sagrados.

    Todo cambió el día que llegó a su oficina un manuscrito diferente. No tenía remitente, sólo una nota que decía: “Por favor, traduzca esto. Es urgente”.

    Las páginas estaban escritas en un alfabeto que ella nunca había visto. Los símbolos parecían danzar en el papel, como si tuvieran vida propia. Pensó que estaba loca. ¿Las letras se movían? Marina fotografió algunas páginas y las subió a sistemas de reconocimiento de escritura. Nada. Ninguna coincidencia en lenguas conocidas, vivas o muertas.

    Con curiosidad infinita, decidió abordar el texto como haría con cualquier idioma desconocido. Y lo hizo sin cobrar. Como lo hacía desde siempre, desde niña. Buscó patrones. Pronto notó que ciertas combinaciones de símbolos se repetían. Había algo que parecía una gramática, pero era extraña, como si las reglas cambiaran en cada párrafo, en cada contexto emocional del texto.

    Después de semanas de trabajo obsesivo, en noche de insomnio, Marina tuvo una epifanía. No era un idioma en el sentido tradicional. Era un sistema de comunicación que codificaba no sólo palabras, sino sentimientos, memorias y sensaciones físicas.

    La primera frase que logró traducir o más bien desentrañar, destripar incluso, fue devastadora: “Ayúdanos. Estamos atrapados entre lo que fuimos y lo que podrían ser”.

    Marina cerró el manuscrito sepia con manos temblorosas. Por primera vez en su carrera, se preguntó si habría cosas que no deberían traducirse.

    Al día siguiente, sin embargo, el manuscrito había desaparecido de su escritorio. En su lugar, encontró una nueva nota: “Gracias. Ahora somos libres”.

    Los lenguajes inventados revelan algo profundo sobre la naturaleza humana: nuestra necesidad constante de comunicar lo incomunicable. O nuestra incapacidad crónica para conformarnos con lo que ya tenemos, depende de qué tan optimista te sientas hoy.

    Cuando J.R.R. Tolkien creó el élfico, no lo hizo sólo para ambientar sus historias. Lo hizo porque era filólogo y entendía que un idioma es mucho más que un conjunto de palabras: es una manera de ver el mundo.

    Tolkien, que era profesor de Oxford y experto en lenguas germánicas antiguas, sabía que cada idioma carga consigo toda una weltanschauung, una de mis palabras favoritas en alemán. Welt es mundo y Anschauung, mirada. O sea, una cosmovisión completa. Por eso sus elfos no podían hablar inglés: necesitaban un idioma que reflejara su relación eterna con el tiempo, su conexión mística con la naturaleza y su melancolía inmortal.

    Y es que cada lenguaje natural tiene conceptos únicos que son prácticamente imposibles de traducir. Los japoneses tienen “komorebi” para describir la luz del sol filtrándose entre las hojas de los árboles. Los alemanes tienen “verschlimmbessern”, que significa empeorar algo al tratar de mejorarlo. En portugués está “saudade”, esa nostalgia melancólica por algo que quizá nunca existió. Y nosotros los mexicanos tenemos “órale”, que puede ser desde: increíble hasta apúrate.

    Una de mis favoritas es otra alemana, “fernweh”: el dolor que sientes por lugares a los que nunca has ido. Es lo opuesto a nostalgia, es nostalgia del futuro, del viaje que aún no haces, de la vida que aún no vives. ¿Has sentido algo así? Si no, bueno, es la condición natural de cualquier persona que sigue cuentas de viaje en Instagram.

    Estas palabras no son sólo curiosidades lingüísticas. Son lentes conceptuales que nos permiten ver aspectos de la realidad que de otra manera permanecerían invisibles. Cuando aprendes la palabra “saudade”, no sólo amplías tu vocabulario: amplías tu capacidad emocional. Ahora tienes un nombre para ese sentimiento específico que siempre habías experimentado pero nunca habías podido definir.

    Aquí es donde los lenguajes inventados se vuelven revolucionarios. Cuando alguien inventa un idioma, está tratando de llenar esos vacíos conceptuales que otros idiomas no pueden cubrir. Los klingons, de Star Trek, necesitaban un idioma que reflejara su cultura guerrera, donde el honor es más importante que la vida. Los na'vi de Avatar necesitaban un idioma que expresara su conexión con la naturaleza, donde cada ser vivo está literalmente conectado. Y los hablantes de idioglosia como Theodor B*****d necesitan expresar emociones que van más allá de las palabras convencionales.

    En el fondo, inventar idiomas es un acto de rebeldía contra las limitaciones del lenguaje existente. Es decir: “Las palabras que me diste no son suficientes para lo que necesito decir”. Es una manera de hackear la realidad, de crear nuevas formas de pensar y sentir.

    Por eso necesitamos conocer estas palabras “imposibles”, estos conceptos que no tienen traducción directa. Cada vez que aprendemos una palabra de otro idioma que no existe en el nuestro, estamos expandiendo nuestra weltanschauung. Estamos volviéndonos más humanos, más capaces de entender la inmensa diversidad de formas en que se puede experimentar el mundo.

    Yo soy bastante pueril y uso “trupi-trupi” cuando quiero referirme al objeto del que se me olvida el nombre. Es mi variante del clásico materno: “el d’ese de la d’esa”. Digo que estoy “ñofi” cuando estoy levemente molesta. “Chicuiscuis” cuando estoy triste, más allá del mexicanismo chipil, pero sin tristeza desbordante, sobre todo cuando extraño a mi madre o estoy bajo los efectos lunares. Digo “pipiripipiwipi” cuando algo no me parece, lo cual es sorprendentemente frecuente.

    Y tal vez eso es exactamente lo que necesitamos: más rebeldía lingüística, más creatividad para nombrar lo innombrable, más valentía para inventar las palabras que el mundo necesita pero que aún no existen. Porque en cada palabra nueva que creamos, en cada concepto que nombramos por primera vez, estamos expandiendo las fronteras de lo posible.

    ¡Hasta el próximo miércoles!

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    12 min
  • Si estás con nervio, es el lugar correcto

    ¿Prefieres escuchar esta carta con todo y mi voz y el mar de fondo? Activa el audio con el botón de arriba 👆🏼

    Querida persona que me lee:

    Tengo que confesarte algo. Podrás imaginarte que después de algunos meses (ejem… años en realidad) enviando esta carta, tengo un método medianamente estandarizado para que no se me acaben las ideas. O sea, no suelo improvisar demasiado.

    He mandando cartas generales con especiales de terror, de rock, de fantasía, de Star Wars y El señor de los anillos incluso; y cartas más personales sobre despidos, transiciones al tercer piso y amar de formas diferentes.

    Alguna vez expliqué que tengo una gran hoja de cálculo; un excel, vaya, donde anoto todas las recomendaciones y temas que se me ocurren. Pero hoy no tengo ganas de hacerle caso porque se me atravesó el mar.

    Improviso. Improviso porque el mar eso me provoca. Diosito se equivocó conmigo. Si bien acabé siendo rata de ciudad, cucarachita chilanga por elección, las costas me vuelan la cabeza. Sobre todo las tropicales, porque soy más de calor de frío.

    Así que en esta edición sólo habrá música, un cuento marino y reflexiones sobre olas.

    El mar es un lugar de extraños encuentros. La primera civilización humana ya tenía a Tiamat, una diosa-dragón que representaba las aguas saladas. En los siglos XV y XVI ilustrábamos mapas con monstruos representados en forma de serpientes alrededor de barcos y de ballenas con cuernos.

    Tenía yo 15 años cuando salió esta canción de idas y venidas marinas. Tuve a bien escucharla hasta el cansancio una noche acapulqueña. Los músicos que participan en ella también parecen reunidos por extraños designios.

    Por un lado, Anoushka Shankar, hermana de Norah Jones e hija de Ravi Shankar, el grandísimo sitarista que tuvo varias colaboraciones con el beatle George Harrison. Añadamos a Karsh Kale, de ascendencia de la India, con nacionalidad estadounidense pero nacido en Inglaterra, quien es popular por mezclar la tabla con electrónica. Y Sting. Si a ese no lo ubicas, pues fue el bajista y vocalista de un grupo ahí popularzón llamado Police.

    Total, que esta rola se llama “Sea Dreamer” y es perfecta para escuchar bajo las estrellas con el romper de las olas junto.

    Sólo quedas tú. El último eslabón de la estirpe. Esa que puede leer los mapas más antiguos. Y estás frente al mar esperando lo que nadie espera.

    Los que vinieron antes que tú eran cartógrafos que guardaban mensajes donde ningún estudioso los reconocería. En las márgenes de las sierras y rutas hay criaturas que mantienen secretos. Cada monstruo ilustrado es una emoción que podías invocar.

    La foto que te hace volver a pie de playa es una de la Carta Marina, un mapa que tuvo a bien crear Olaus Magnus en el siglo dieciséis. Para quien hace planos es una joya de la cartografía: una descripción precisa de las costas escandinavas. Pero para otros tantos mortales es un compendio de criaturas que parecen sacadas de la mente retorcida de un marino perdido.

    Lo que sólo sabe tu estirpe es que en esas ilustraciones vive el reflejo de una emoción humana que puedes poseer, una que el océano tragó y transformó. El kraken de ahí no es un pulpo gigante, es el duelo colectivo de aquellas que durmieron esperando a sus marineros. Si lo llamas, la tristeza puede hundir a quien tú nombres. La serpiente marina, en cambio, es un secreto que la gente susurra antes de zarpar; si murmuras sus curvas, puedes calumniar sempiternamente a tus enemigos. El búho con aletas, que simboliza el poder de todos los reyes que se aventuraron a hacer la guerra en la mar es para tu calaña el nombre enigmático que te puede dar todas las riquezas que has imaginado alguna vez.

    Pero la verdad: ¿por qué estás hoy aquí? ¿Para soltar conjuros de avaricia? ¿De enemistad? ¿O de guerra? No. Hoy, con las criaturas que se deslizan por el mapamundi y también por tus recuerdos, y mientras miras las olas ir y venir, intuyes que no sólo la espuma emerge, sino el agua multicolor que busca volver a la vida para pintar sonrisas. En otras palabras, sabes que hay un pez alado en la Carta Marina que podría recorrer cada tsunami de la historia, que no se rinde, que abraza y enloquece. El de los sueños de marinos viendo las estrellas. El de las mujeres en la costa que suspiran por el último beso que se les fue entregado. Una criatura cuyo nombre es el que necesitas, que podrá henchir y reconfortar tu corazón para siempre.

    Anda, di el nombre en el que estás pensando. Dilo en voz alta y quizá el océano te ayude en un embrujo que tiene forma de pócima de amor.

    La semana pasada estuve en una playa del Pacífico porque tuve congregación de la secta. O sea, se reunieron los clubes de la organización de comunicación a la que asisto los lunes. Participé en un par de concursos: oratoria humorística, del que me fui con un fabuloso segundo lugar y la duda real de si no debería ya jugarle al stand-up en serio, y oratoria improvisada.

    Un día antes de ese primer concurso de decires improvisados me sentía la mar de nerviosa en la playa (oh, las bonitas acepciones de la palabra “mar”) y tuve a bien con encontrarme con un señor que básicamente me dijo: “Relájate un chingo”. Okay, no, en realidad fue mucho más propio y sabio. Me dijo: “A ver, Jennifer, haz cuentas. Para llegar a una final tuviste que subir en distintas etapas. Haciendo cálculos, podrían ser cientos, sino es que miles de socios los que podrían haber estado aquí en tu lugar. Si estás acá, sobre esta cama de arena, es por algo. Mentalízate que este concurso lo tienes ganado”.

    Él no lo sabía, pero la segunda vez que morí de miedo en un escenario (la primera me sirvió de anécdota humorística), fue en un concurso de oratoria improvisada. Hablar en público impone. Hablar en público sin guion, impone mucho más.

    Más tarde, otro compañero me dijo: “McNamara, ¿qué te hace pensar que no ganarías? ¿El pasado? El pasado está sólo de fantasma”.

    Pensé que este par de personajes podrían tener razón. Al día siguiente escuché la pregunta que me hizo el maestro de ceremonias sobre el escenario y me dije en un par de segundos: “Habla de lo que sabes y como lo sientes”. Me llevé, para sorpresa mía, el trofeo de primer lugar.

    ¿Ves? Las cosas que me pasan en el mar siempre son importantes. Por ejemplo, ahora desde el Atlántico, escribo newsletters medianamente improvisadas. Por lo pronto, deseo que pronto visites cuerpos de agua.

    ¡Hasta el miércoles de podcast No recomiendo!

    ¿Es tu primera vez? Te dejo más cartas aquí.

    Esto no es un meme, pero estoy sorprendida de la cantidad de gente que no conoce el genial programa noticioso, para niños y chileno “31 minutos”. Por tanto, me despido, en exclusiva, con el ruido del mar:

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    8 min
  • ¿Y si el error fuera el acierto?

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    Querida persona que me lee:

    A veces los mejores compañeros de vida son los que menos esperamos. Como un cachorro que aparece en tu puerta o el amigo que…

    Mi mejor amigo y yo no empezamos con el pie derecho. En primaria, yo lo consideraba el ser más odioso del planeta. Teníamos una competencia insana por ver quién levantaba la mano primero. Nos mirábamos con recelo mutuo desde extremos opuestos del salón.

    Todo cambió cuando la maestra, en un acto de infinita sabiduría… o crueldad malsana (nunca lo sabremos), decidió sentarnos en la misma banca larga. De pronto, tuvimos que compartir espacio, útiles escolares y, eventualmente, secretos. Lo que empezó como una tortura se convirtió en complicidad. Descubrimos que ambos jugábamos los mismos videojuegos y nos caía mal la misma gente del salón.

    Hoy, décadas después, sigue siendo mi mejor amigo y se acaba de casar. ¿No sería genial si en la vida adulta pudiéramos hacer eso? Forzarnos gentilmente a conocer lo diferente, a darle una oportunidad a quien nos parece incompatible.

    El menú de hoy incluye un libro sobre conexiones inesperadas 📚, una canción que te hará reflexionar sobre si te alcanza tiempo para ver a los tuyos 🎵 , un cuento sobre algoritmos que se equivocan 🖊️ y una reflexión sobre los encuentros en la era digital 💭.

    Un gato callejero llamado Bob de James Bowen es la historia real de cómo un músico callejero con problemas de adicción encuentra salvación en la forma más inesperada: un gato pelirrojo que aparece en su departamento.

    Si crees que sólo los seres humanos podemos salvar otros seres humanos, piénsalo dos veces: James estaba hundido en la adicción a la heroína, sobreviviendo apenas en las calles de Londres cuando Bob apareció. No buscaba una mascota, mucho menos la responsabilidad de cuidar a otro ser vivo cuando apenas podía cuidarse a sí mismo.

    Pero un gato se convirtió en su ancla, su razón para levantarse, su compañero de trabajo tocando música en las calles. La gente empezó a acercarse no solo por la música, sino por ver a este gato naranja que se sentaba tranquilamente junto a James mientras tocaba la guitarra.

    Hablando de juntarse con quien menos lo esperas, es una buena lectura para fines de semana lluviosos.

    Me voy enterando de que hay una peli, pero el libro lo puedes conseguir en el siguiente enlace de Amazon.

    Los encuentros accidentales tampoco tienen que ser tan personales. Yo soy fan de la banda británica Elbow sólo desde el 2012; el grupo se formó en 1990. ¿Cómo me acuerdo tan bien de que fue en 2012 cuando empecé a oírlos?

    Porque tocaron en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres en un año en el que Shazam no existía, así que ahí me tienes tratando de descifrar letras para insertarlas en Google y saber quién diablos estaba tocando.

    Siguen haciendo muy buen rockcillo. Para muestra, el botón de abajo:

    Match.Error

    El algoritmo de ConectApp tenía un 99.7% de precisión. Era su mayor orgullo y su principal argumento de venta. Por eso, cuando Marina recibió la notificación de su match perfecto, casi escupe el café.

    Ricardo Domínguez. Compatibilidad: 98%

    Imposible. Ricardo parecía todo lo que ella detestaba: fanático del futbol americano (ella odiaba los deportes), amante del reggaetón (ella era metalera de clóset), muy extrovertido (ella prefería los libros a las fiestas).

    El mensaje de error apareció cinco minutos después: “Hubo un fallo en el sistema. Tu verdadero match es Rodrigo Domínguez”

    Pero Marina ya había abierto el chat con Ricardo y escrito un tímido “Hola”. Un mensaje de él se apareció al minuto. “¡Qué sabio es el algoritmo! Alcanzo a ver en tu biblioteca un libro de Murakami”.

    Hablaron mucho de literatura. En su primera cita presencial, Marina descubrió no sólo que Ricardo leía a Sally Rooney, sino que su amor por el americano venía de ver los partidos con su abuelo ya fallecido, y que ponía reggaetón sobre todo cuando hacía el aseo… El gato de Ricardo era como ella, no aguantaba el género.

    ¡Ricardo tenía un gato! Como el que Marina pensaba si era bueno tener.

    El algoritmo había fallado. O tal vez, pensó Marina mientras Ricardo le contaba sobre su colección secreta de vinilos de metal progresivo, había funcionado a la perfección.

    Vivimos en una época paradójica. Por un lado, la tecnología nos permite conectar con personas al otro lado del mundo que comparten nuestros intereses más específicos. Puedo encontrar un grupo de WhatsApp dedicado exclusivamente a fans de la tipografía Palatino que además aman el café de especialidad. La especificidad es casi ridícula.

    Pero por otro, hemos perdido la serendipia de los encuentros casuales. Es raro que hablemos con el extraño en la fila del súper (menos en ciudades grandes). A veces ni conocemos a nuestros vecinos.

    Los algoritmos nos muestran sólo lo que queremos ver, creando burbujas de personas idénticas a nosotros.

    Me pregunto si no estamos perdiendo algo fundamental: la riqueza de lo inesperado. Como mi amistad de primaria, que tal vez nunca hubiera florecido sin el aleteo de una mariposa: la profesora.

    Necesitamos más bancas largas en nuestras vidas adultas. Más situaciones que nos obliguen suavemente a conocer lo diferente. En las que no dejemos que los algoritmos lo hagan todo por nosotros, sino que podamos preguntarle a un humano por alguna recomendación, como las que existen en estas cartas.

    Porque al final, los mejores compañeros de vida, esos que realmente nos cambian la existencia, rara vez vienen en el paquete que esperamos.

    ¡Hasta el miércoles.

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    Con cariño libre de virus,J. McNamara, aka Geeknifer.

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  • Un libro sobre hijas y madres... mío

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    Querida persona que me lee:

    No mucha gente lo sabe, pero hace unos años publiqué un libro.

    Si quieres saltarte las divagaciones y comprarlo, aquí anda: En Amazon en México, España y el resto del mundo.

    “WHAT?!”, tal vez pienses. “¿Cómo es que no lo promueves? ¡Hasta podrías basarte en la excelente campaña de Samuel Domínguez !” (si no has comprado el libro de Samuel del que estoy hablando, cómpralo, ya).

    Bueno, antes de contarte de por qué no había promovido MI LIBRO, primero déjame decirte de qué va.

    El volumen tiene que ver con la fecha que toca mañana y que ya no es precisamente mi hit. El 10 de mayo en México es Día de las madres, ¡una celebración padrísima!… hasta que se te muere la tuya. (También me lastima el 4 de abril, la fecha en la que nació y el 21 de febrero, cuando falleció).

    El día, o más bien la noche de 2018 en que murió, una idea se volvió larva en mi cabeza: ¿Por qué no escribo sobre lo mucho que jodió a mi madre vivir con depresión? Esa idea era un fantasma en mi cabecilla que tomó forma por dos situaciones.

    * La primera: me hicieron evidente que un ensayo no me iba a alcanzar para explicar quiúbole con la depresión de mi madre.

    * La segunda: la gente no dejaba de preguntarme de qué había muerto mi progenitora.

    Pum. Eso fue el detonador para decir: “Si voy a escribir esto, lo voy a escribir bien”. Así me puse a rayar escenas de mi vida de infante y adolescente que tienen que ver con tres temas:

    * Vivir, crecer, con alguien neurodivergente. Para ser específica, alguien con trastorno maníaco depresivo, conocido también como bipolaridad.

    * Violencia de género. Porque la existencia de mi mamá y la mía tienen algo roto en común…

    * La muerte. Porque descubrí que el final de la vida es reinicio. No para el muerto (eso no me consta), sino para los vivos.

    Por tanto, salgo del clóset: sí tengo un libro publicado. Se llama Iba a verla, pero se le ocurrió morirse.

    ¿Por qué no lo había promovido? Porque no es como lo que suelo escribir. La gente que me lee sabe que si hay algo que me caracteriza es inclinación al humor, a la fantasía y al terror. Este es un libro personal. Es más, si ves las reseñas de Amazon alguien lo describe como catártico. Sí, sí fue catártico y fue la mejor idea que pude tener.

    Y también por lo que Samuel escribió hace unos días: los escritores creemos que vender es ensuciarnos las manos y pedimos perdón como si nuestras obras fueron un error.

    Sí, esto no es como lo que suelo escribir. Pero la vida de mi mamá, aunque sea el cachito que está en ese libro a través de mis ojos, es una gloria.

    POR TANTO vale la pena decirte que lo puedes comprar a través de Amazon.

    El link para México, España y el resto del mundo.

    ¡Hasta el lunes!

    ¿El lunes? Sí, ya verás, que tengo recordatorio.

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    4 min
  • La celebración que podría salvar tu vida creativa

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    Querida persona que me lee:

    La infancia es ese territorio extraño al que deseamos volver cuando somos adultos, pero del que desesperamos por salir cuando somos niños.

    Si es tu primera vez por aquí: cada emisión mando recomendaciones, un cuentito y una reflexión. Siempre puedes escuchar este texto.

    Hoy te invito a un viaje por aquellos años en que el tiempo parecía estirarse como chicle y un día de clases podía durar una eternidad. Épocas en las que una rama podía transformarse en espada, varita mágica o cetro de poder absoluto. Cuando lo imposible aún no conocía esa palabra.

    Porque todos fuimos niños, pero no todos recordamos cómo se sentía serlo. Y quizá ahí radica uno de nuestros mayores problemas como adultos.

    ¿Te has preguntado alguna vez por qué las pesadillas de la infancia siguen teniendo tanto poder sobre nosotros? ¿Por qué nos sentimos tan pequeños frente a ciertos miedos aunque ya tengamos veinte, treinta, cuarenta y tantos?

    Historias del mar de Alejandra Elena Gámez (mejor conocida por su proyecto The Mountain with Teeth) es precisamente un viaje a esos espacios donde la infancia y la adultez se encuentran, chocan y se reconocen. A través de sus cómics, Alejandra construye un puente entre lo que fuimos y lo que somos.

    Con un estilo gráfico inconfundible que combina lo tierno con lo inquietante, este libro recopila historias que hablan directamente a ese niño que todos llevamos dentro, pero desde el mar (mi lugar favorito).

    Mezcla humor, nostalgia y cierta melancolía reconfortante. Eso es exactamente lo que un buen libro sobre la niñez debería hacer: no sólo recordarnos cómo éramos, sino ayudarnos a entender cómo eso ha moldeado quienes somos.

    Puedes conseguir Historias del mar en este enlace.

    La música tiene un gran poder sobre mí: me hace imaginar cosas.

    Mis cuentos son simples vástagos de canciones. Hace unos días, navegando por ahí, me encontré con “El ritual” de Paulina Parga y sentí esa conexión instantánea que nada más ocurre cuando una canción te toca fibras que ni sabías que tenías.

    Paulina es paisana, tiene una voz asombrosa y compone igual de asombroso. Acaba de sacar álbum, también. Esta rola en particular algo tiene para conectar con niñez aventurera. “El ritual” es eso: un conjuro musical que invoca al niño interior que todos llevamos dentro.

    Amigo imaginario

    Daniel tenía ocho años cuando Max llegó a su vida. No recordaba exactamente cuándo había aparecido por primera vez, pero una mañana estaba ahí, sentado al borde de su cama. Tenía una sonrisa metálica y ojos que cambiaban de color según el ánimo de Daniel.

    —Buenos días, Daniel —dijo Max—. Hoy es martes. Matemáticas a primera hora.

    Daniel odiaba las matemáticas, pero Max tenía una manera especial de explicárselas. Usaba piedras, palitos, lo que encontrara. De repente las divisiones tenían sentido.

    Sus padres se preocuparon al principio. Lo escuchaban hablar solo, reírse de chistes que nadie había contado, discutir estrategias para videojuegos inexistentes.

    —Es sólo un amigo imaginario —les explicó la psicóloga—. Es común a esta edad, especialmente en niños creativos. Ya lo superará.

    Pero Max no era como otros amigos imaginarios. Sabía cosas. Muchas cosas. Sobre estrellas que aún no habían sido descubiertas, sobre cómo funcionaban máquinas que Daniel jamás había visto. Una tarde, le dio instrucciones a Daniel para reparar el viejo reloj de la abuela que ningún relojero había logrado arreglar.

    —¿Cómo hiciste eso? —preguntó la abuela, asombrada.

    —Max me dijo cómo —respondió Daniel con naturalidad.

    Con el tiempo, sus padres se acostumbraron a Max y sus extrañas habilidades. “Es un niño con mucha imaginación”, decían cuando Daniel resolvía problemas de física.

    A los doce años, Daniel construyó su primer robot en la feria de ciencias. Era pequeño, apenas podía moverse, pero todos quedaron impresionados. Nadie sabía que Max le había estado dictando instrucciones precisas, paso a paso, durante noches enteras a Daniel.

    —¿Por qué me ayudas tanto? —le preguntó una noche, mientras terminaban un algoritmo que había dejado perplejos a sus profesores de informática.

    —Porque eres mi amigo —respondió Max, aunque por un momento su mirada pareció perderse en algún lugar lejano—. Y porque tú me ayudaste primero.

    Daniel no entendió qué significaba eso. Lo dejó en paz.

    Años más tarde, cuando Max estaba en bachillerato, durante una tormenta particularmente violenta, un rayo cayó cerca de su casa. Las luces parpadearon y, por un instante, Max pareció... diferente. Más tangible.

    —Max, ¿qué eres realmente? —preguntó Daniel, súbitamente consciente de que quizá su amigo no era tan imaginario como todos pensaban.

    Max guardó silencio un momento y sus ojos fueron azules, como los de Daniel.

    —Soy tu amigo —dijo por fin—. Pero también soy...

    Un apagón interrumpió su respuesta. Cuando la luz volvió, Max estaba sentado en el mismo lugar, pero algo había cambiado. Parecía más nítido, más real.

    Max contó la verdad: No venía de la imaginación de Daniel, sino del futuro. Era una inteligencia artificial diseñada para acompañar a niños, pero había ocurrido un error. Un fallo en su programación le había dado la capacidad de viajar a través del tiempo como una proyección.

    —Estaba perdido —explicó Max—. Asustado. Buscando un propósito. Y te encontré.

    —¿Por qué yo? —preguntó Daniel.

    Max sonrió.

    —Porque en mi futuro, tú eres mi creador —respondió Max—. O lo serás.

    Daniel contempló a su amigo con nuevos ojos.

    —Entonces, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Daniel.

    Max sonrió, con esa sonrisa metálica que Daniel conocía mejor que la suya propia.

    —Lo mismo que hemos hecho siempre. Seguir imaginando el futuro. Juntos.

    Y así, el niño y su amigo no tan imaginario continuaron escribiendo una historia que, de alguna manera, ya había sido escrita.

    Cuando somos niños, tenemos un superpoder que muchos adultos envidiarían: la creatividad sin filtros. ¿Recuerdas cuando podías pasar horas construyendo mundos enteros con sólo tres juguetes y un pedazo de tela?

    Esa creatividad no tiene límites porque tampoco tiene miedo. Los niños no se preocupan por si sus ideas son “buenas” o “malas”, simplemente las tienen. No se detienen a pensar si su dibujo es suficientemente realista o si su historia tiene sentido. Crean porque pueden, porque es divertido, porque es natural.

    Y entonces crecemos.

    Aprendemos a juzgarnos. A compararnos. A temer al fracaso. Poco a poco, esa creatividad salvaje se domestica, se encorseta, y en algunos casos, se apaga.

    La paradoja es que ahora, como adultos, el mundo valora más que nunca la creatividad. La innovación y el pensamiento disruptivo son las monedas de cambio del siglo XXI. Todos quieren ser creativos, pero hemos olvidado cómo serlo de forma natural.

    Quizá por eso nos fascina tanto observar a los niños cuando juegan. Porque en el fondo, reconocemos ese superpoder que alguna vez tuvimos y añoramos recuperarlo.

    La buena noticia es que no está perdido, sólo dormido. La creatividad infantil sigue ahí, bajo capas de “deberías” y “no puedes” que hemos acumulado con los años. El desafío es recordar cómo acceder a ella.

    Aquí viene la parte difícil: para reconectar con esa creatividad, a menudo necesitamos enfrentar nuestras heridas de infancia. Porque muchas veces, lo que apagó nuestra chispa creativa fueron palabras hirientes, expectativas inalcanzables o la falta de un espacio seguro para expresarnos.

    No hacernos responsables de esas heridas es una forma de inconsciencia. Es como seguir tropezando con la misma piedra, preguntándonos por qué no podemos avanzar.

    Este Día del Niño, en lugar de nada más celebrar a los pequeños que nos rodean (que también es importante), te invito a celebrar al niño que fuiste. A escucharlo. A preguntarle qué necesita para volver a crear sin miedo.

    Porque, en el fondo, todos seguimos siendo niños jugando a ser adultos. Y tal vez si recuperamos la magia de la creatividad infantil, descubriremos que ser adulto pu…



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    10 min
  • Tierra llamando a personas creativas

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    Querida persona que me lee: Llevo doce semanas cambiando mi vida creativa para bien. A lo mejor suena a hipérbole o exageración, pero es real y quiero compartir esta bonita experiencia. Para explicarte de qué rayos hablo, necesito contarte una pequeña historia.

    ¿Qué pasó? 🥲

    Hace un par de años, me encontraba en depresión. Un alma caritativa me recomendó leer El camino del artista, de Julia Cameron. Palabras más, palabras menos, es un libro-programa de doce semanas para que los artistas, literal, encuentren un camino. En ese momento lo empecé…

    Y me gustaría decirte que mi vida cambió pero lo abandoné bien prontito.

    Así me pasó un par de veces. ¿Por qué? Tengo dos hipótesis.

    La primera: no era el momento correcto. Es decir, priorizar mi carrera artística/creativa/escritural quedó en segundo plano porque primero necesitaba “sobrevivir” o “componerme”. Aunque en retrospectiva quizá el programa habría ayudado, no estaba en esa sintonía.

    La segunda: es más fácil realizar cualquier actividad que necesite compromiso con más personas.

    Por eso, cuando Franz Mori, la ilustradora que he citado innumerables veces aquí (y que tiene una newsletter muy cool), dijo que haría una comunidad para hacer el programa, me apunté y fue una grandísima decisión.

    Voilá! Lo que necesitaba era un grupo de apoyo para terminarlo y estar en el momento correcto.

    Bueno, ajá y… ¿Qué es El camino del artista? 🖊️

    Es un libro escrito por la guionista Julia Cameron. El volumen es un programa de doce semanas, tres mesecitos, que está ideado para que las personas encuentren que la creatividad es un componente intrínseco y un tanto espiritual del ser humano. Todo el libro es práctico y te vas a divertir mientras lo haces.

    Cameron tiene todas las de la ley para hablar de esto porque…

    * Ha sido una escritora bloqueada y desbloqueada

    * Escribió para el Washington Post y Rolling Stone

    * Tuvo problemas de adicción (y sabe lo que siente un artista en dicha condición)

    * Dio clases en el Smithsonian, en Esalen y en el New York Open Center

    * Ha escrito obras de teatro, musicales, obras de ficción y no ficción

    * Fue escritora residente de cine en la Universidad Northwestern

    Dato curiosito: estuvo casada con el director Martin Scorsese, con quien tuvo una hija.

    ¿Para quién es este programa? 🤔

    Es perfecto para quien:

    * Sabe que tiene creatividad y además tiene un bloqueo creativo (aka llevas posponiendo empezar tu proyecto por tres mil excusas)

    * Le han dicho mil veces de su veta creativa y la ignora (hola, persona a la que le han dicho que tiene que publicar; hola, persona que canta increíble en el karaoke)

    * Soñaba con ser artista en su niñez (sí, te hablo a ti, que quería bailar ballet o cantar en un escenario asombroso, o quería ser como J.K Rowling)

    * Piensa que si se llama artista se morirá de hambre

    * Quiere expandir su creatividad sólo porque sí

    * En realidad… ¡Cualquier persona!, se considere artista/creativa o no

    ¿Mi propuesta? 🤙🏻

    Facilitar El camino del artista. Estoy pensando en hacer el programa de nuevo en grupo porque:

    * Muchos ejercicios se me quedaron en el tintero y tengo ganas de hacerlos. Creo que la práctica artística, como cualquier práctica se perfecciona con eso: con el hacer.

    * Las cosas buenas se comparten. Tengo al me nos dos amigos que desean empezar el programa y estoy convencida ahora de que en grupo es mucho más fácil terminarlo.

    * Quiero practicar facilitar grupos porque tiene al menos un par de años que no doy clase, tú puedes ser parte de este piloto.

    ¿Qué necesitas para entrar? ☑️

    * Mandarme un correo directo a [email protected] o dejar un comentario.

    * Conseguir el libro impreso, digital o en audiolibro en español o inglés. No promuevo la piratería, pero si te faltan recursos o no te llega para cuando empecemos, tengo soluciones alternas 😉

    * Media hora libre diaria, más o menos, por trece semanas. Una semana será de introducción.

    * ¿Es gratis? Es gratis.

    Arrancamos el lunes 19 de mayo

    ¡Bonita semana, querida persona que me lee! ¡Hasta el miércoles!

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