¿No sería genial pensar en nuestro cuerpo, no en términos de su apariencia, sino con el respeto que merece por ser una máquina maravillosa y perfecta que nos regala la vida, nos permite luchar contra la enfermedad, respirar, movernos, relacionarnos con los demás, sentir en nuestra piel las caricias, el calor del sol o la frescura de las gotas de lluvia?