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El “gen del lenguaje” no es el único responsable de nuestra capacidad para hablar. Este gen se descubrió en una familia, llamada K.E., algunos de cuyos miembros no podían producir un lenguaje comprensible. Se descubrió que esta incapacidad se debía a una mutación en un único gen, conocido como FOXP2. El análisis genético de un grupo reducido de humanos, chimpancés, gorilas y orangutanes, reveló que los humanos poseían dos diferencias con respecto al resto de los animales en ese gen, lo que llevó a pensar que esas mutaciones son las que nos dieron la capacidad para hablar y nos hicieron humanos. Ahora, un grupo de científicos ha analizado la secuencia génica de FOXP2 en un grupo mucho más amplio de personas y ha descubierto que las poblaciones asiáticas y europeas sí poseen los dos cambios, pero no sucede lo mismo con la población africana. Dado que tanto unos como otros pueden hablar, la conclusión es que el “gen del lenguaje” no es tal.
La vida en el interior de una de nuestras células es un continuo juego de encendidos y apagados moleculares que deben funcionar de manera coordinada. La célula no puede tener siempre ciertas proteínas activadas o, de otro modo, sus procesos vitales se descontrolarían. Algunas enfermedades, como la enfermedad de Huntington, están causadas por la acumulación de proteínas mal formadas como resultado de mutaciones en sus genes. Ahora, un grupo de investigadores británicos ha identificado un fármaco que, administrado por vía oral a ratones con enfermedad de Huntington, fue capaz de disminuir la acumulación de la proteína mal formada que causa esta enfermedad y mejorar sus síntomas.
Un grupo de investigadores del Instituto de Alimentos, Nutrición y Salud de Zúrich, Suiza, ha sometido a ratones a temperaturas frías o cálidas antes de la concepción. Lo que han encontrado es que los padres, pero no de las madres, sometidos a bajas temperaturas antes de la concepción de sus hijos, generan una descendencia con un metabolismo mucho más resistente al desarrollo de la obesidad en la edad adulta. Los estudios revelan también que estos cambios se deben a modificaciones químicas, es decir, epigenéticas en ciertos grupos de genes, de los que ya era conocido influyen sobre el desarrollo del tejido adiposo marrón. Parece lógico pensar, aunque no está demostrado, que la localización más externa de los testículos, pero no de los ovarios, puede ser un factor que explique la diferencia entre padres y madres.
Un numeroso grupo de investigadores de varias universidades españolas y una austriaca ha realizado un estudio controlado en el que se compara la incidencia de dos de los cánceres más importantes, el de próstata y el de mama, en personas que cenan justo inmediatamente antes de acostarse, y en personas que tardan al menos dos horas en acostarse después de cenar. Los datos obtenidos indicaron que aquellas personas que se iban a dormir al menos dos horas tras la cena poseían un 20% menos de incidencia de cáncer de próstata o de mama. Muy interesante fue también el hecho de que aquellos que cenaban antes de las 9:00 pm en comparación con los que cenaban después de las 10:00 pm también vieron reducido en un 20% su riesgo de desarrollar cáncer, independientemente de la hora a la que se acostaran.
Un grupo de arqueólogos, entre los que participan dos científicas españolas, Amaia Arranz Otaegui, actualmente en la Universidad de Copenhague, y Lara González Carretero, actualmente en la Universidad de Londres, han descubierto restos de pan en un yacimiento arqueológico llamado Shubaiqa 1, localizado en el noreste de Jordania, donde habitó un pueblo primitivo denominado Natufian. De acuerdo con los estudios realizados, los restos datan de hace entre 14.600 y 11.600 años, es decir, de al menos tres a cuatro mil años antes del inicio de la agricultura en esa región del planeta.
La panspermia propone que la vida no surgió en nuestro planeta, sino que llegó a este proveniente de otros lugares de la galaxia. Al hablar de panspermia no nos referimos a la presencia de moléculas orgánicas en múltiples lugares del universo. Estamos hablando de la posibilidad de que organismos vivos completos puedan sobrevivir a un largo viaje por el cosmos y colonizar otros planetas. Tres series de experimentos realizados desde 2008 a 2015 en la Estación Espacial Internacional, en los que se expuso a la radiación solar y al vacío del espacio a una amplia gama de microrganismos y sus esporas, indicaron que algunos microrganismos, sobre todo las esporas, son capaces de sobrevivir por un largo tiempo a los rigores del espacio exterior. Conviene aquí explorar brevemente las extraordinarias propiedades de resistencia de las esporas bacterianas.
Un estudio realizado por las científicas Stav Atir y Melissa Fergusson, de la Universidad de Cornell, USA, abordan el tema de cómo el género afecta a la forma en la que nos referimos y evaluamos a profesionales en distintas áreas. Normalmente, cuando discutimos sobre el trabajo de algún profesional nos referimos a él por su apellido. No decimos “Charles desarrolló la teoría de la evolución”, sino “Darwin desarrolló la teoría de la evolución”. Las doctoras Atir y Fergusson realizaron ocho estudios que confirman que las personas se refieren a los profesionales varones por su apellido con una frecuencia dos veces superior a cuando el profesional es una mujer. Este sesgo aparece al analizar datos de archivo en los que, por ejemplo, alumnos evalúan a sus profesores, o expertos hablan de diferentes personalidades en medios de comunicación. Los profesionales nombrados por su apellido son juzgados como más ilustres, eminentes e importantes que los nombrados por su nombre de pila. Así pues, la manera en que nos referimos a un profesional puede revelar ya un sesgo favorable o desfavorable hacia este, según sea hombre o mujer.
El problema del calentamiento y contaminación globales, como, por ejemplo, los plásticos desechados como basura que anegan los océanos, puede hacernos creer que la contaminación y el clima son los únicos factores que están afectando a los seres vivos que, por el momento, aún habitan el planeta. No es así. La mera presencia humana, incluso respetuosa con el medio ambiente, resulta ya un factor de máxima importancia en la evolución de la vida sobre la Tierra. Investigadores de las Universidades de California y de Boise, en los EE.UU., realizan este metaanálisis con los datos obtenidos en 72 estudios de 62 especies en todos los continentes, menos la Antártida y llegan a la conclusión de que el incremento de la actividad nocturna es una adaptación universal que los animales emplean para evitar a los humanos.
La investigación en biomedicina ha revelado que existe una relación inesperada entre obesidad y depresión. Basándose en estudios recientes, que indican un efecto de la flora intestinal en el estado de ánimo, investigadores del Centro Joslin para el estudio de la diabetes, localizado en Boston, EE.UU., deciden estudiar si cambios en la flora intestinal inducidos por la dieta podrían ser los responsables del desarrollo de la depresión y la ansiedad en ratones de laboratorio. Para ello, los investigadores crean dos grupos de ratones, unos, alimentados con dietas ricas en grasas, se convierten en obesos y muestran altos niveles de ansiedad y depresión. Al mismo tiempo que administran la dieta rica en grasas a otro grupo de ratones de la misma raza, tratan a estos con antibióticos para impedir de este modo el crecimiento de las bacterias de la flora. Los ratones así alimentados se convierten en obesos, sin embargo no desarrollan depresión ni muestran mayores niveles de ansiedad. Mediante sus efectos sobre la flora, los antibióticos fueron capaces de desligar obesidad y depresión.
Un grupo de investigadores de las universidades de Melbourne, en Australia, y de Toulouse, en Francia, estudian si nuestro insecto favorito, la abeja melífera, es capaz de comprender el concepto de cero. Las abejas son una de las escasas especies de animales invertebrados que poseen la capacidad del lenguaje. Para estudiar este asunto, los investigadores realizan una serie de ingeniosísimos experimentos, en los que son capaces de entrenar a las abejas para identificar imágenes que contienen diferentes cantidades (de uno a cuatro) de cuadrados negros de distintos tamaños. Pueden escoger entre la imagen con mayor o menor número de cuadrados y si aciertan reciben una recompensa. Aprendieron bien y demostraron que las abejas saben distinguir conceptos como “mayor que”, “menor que” y “cero”.
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