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Darwin investigó la variación que se producía durante la cría de animales de granja y descubrió que, independientemente de la especie a la que pertenecieran, cerdos, vacas, caballos, cabras…, todos manifestaban una serie de características comunes, de síntomas, que no se observaban en los miembros salvajes de su misma especie. Estos síntomas incluyen: docilidad, cambios de color en piel o pelo, dientes de menor tamaño, orejas caídas o colas retorcidas, ciclos reproductivos más frecuentes, alteraciones en las hormonas adrenales (estrés), etc.. El fenómeno es un rompecabezas científico que lleva más de 150 años sin ser resuelto. Ahora, una nueva hipótesis intenta darle explicación.
Un interesante artículo en el que se revisan los últimos avances en la imagen anatómica y funcional del cerebro, publicado en la revista Neuron por científicos del Instituto Tecnológico de Massachussets y de la Universidad de Harvard, sugiere que los avances en neurociencias y su perfeccionamiento futuro podrán ser utilizadas para predecir con cierto grado de seguridad importantes factores para la vida de las personas, como, por ejemplo, si un niño tendrá o no dificultades para aprender a leer o manejarse con las matemáticas, o si corre riesgo de convertirse en drogadicto o en antisocial, lo que permitiría intervenir a tiempo para evitarlo.
Casi a diario nos asombramos con un nuevo avance de la ciencia o de la tecnología que pone a nuestra disposición una inesperada posibilidad de hacer o crear, o una mayor comprensión sobre algún aspecto, en general, muy concreto de la realidad. Son raros, sin embargo, los estudios que ayudan a explicar fenómenos globales, y más raros aun los que ayudan a explicar hechos fundamentales para nuestra vida como, por ejemplo, qué probabilidad tengo yo de morir de cáncer si mi madre murió de esa enfermedad. El estudio que comentamos hoy revela un hecho sorprendente: el cáncer en muchos casos va unido a una dosis considerable de mala suerte.
En La guerra de los mundos, de H.G. Wells, una de las novelas de ciencia-ficción más conocidas, tras atacar la Tierra con su superior tecnología y doblegar a la Humanidad, los marcianos son borrados de la faz de nuestro planeta por los enemigos más pequeños e insidiosos: las bacterias. Las bacterias de este mundo nos han conducido hasta este punto de la Historia, pero: ¿Qué hubiese sucedido en un mundo carente de ellas? ¿Sería posible la existencia del ser humano, e incluso de la misma vida, si alguien eliminara los microbios del planeta, esterilizándolo como si de un instrumento quirúrgico se tratara?
Desde los tiempos de la Alquimia, los estudiosos de la materia han intentado transformarla. Hoy, los químicos son capaces de realizar la síntesis de complicadas moléculas con propiedades que, aunque asombrosas en muchos casos, no son mágicas, sino que emanan de la organización en el espacio de los diversos átomos que forman la materia. Los procedimientos de síntesis de moléculas complejas son, la mayoría de las veces, muy complicados y engorrosos. La razón es que suelen necesitar de muchos pasos concatenados. Un importante avance, publicado en la revista Nature por investigadores del centro de investigación Scripps, de La Jolla, California, va a permitir la síntesis, antes imposible, de nuevas moléculas.
Preguntarse por qué las religiones mayoritarias surgieron en un momento concreto de la Historia y no en otro es perfectamente válido desde el punto de vista científico. Más aun cuando consideramos que aproximadamente entre los años 500 y 300 AC, tres regiones diferentes del mundo (China, India y el Oriente Medio) vieron la emergencia de tradiciones religiosas con valores, hasta la fecha desconocidos, de disciplina personal, ascetismo y moralidad. Estas religiones incluyen el Budismo, el Jainismo, el Brahmanismo, el Daoísmo, el Judaísmo del Segundo Templo y el Estoicismo. El Cristianismo y el Islam aparecieron algo más tarde, aunque también cabe preguntarse si su aparición no fue consecuencia del nacimiento de las religiones antes mencionadas. Los investigadores indican que justo por la época en la que nacen las religiones, se produjo un incremento importante de la “captura de energía alimenticia”.
Uno de los microorganismos que más interés ha despertado a lo largo de la historia ha sido el que origna la peste bubónica. Investigaciones recientes han determinado que el microorganismo causante de la mayor epidemia de esta enfermedad, la Muerte Negra, la cual acabó con la vida de entre el 30% y el 50% de la población de Europa en tan solo cuatro años – de 1347 a 1351 -, es la especie bacteriana llamada Yersinia pestis. Un grupo de científicos ha analizado el genoma de bacterias Y. pestis extraídas de víctimas de la Muerte Negra enterradas hace cientos de años y ha descubierto el juego de genes que salvó a las pulgas y condenó a los humanos.
El ARN es un importante ácido nucleico, una de cuyas misiones es, entre otras, transferir la información genética desde el ADN a las proteínas, como hace el llamado ARN mensajero. Además de este tipo de ARN y otros de tamaño medio o grande, hace unos años se descubrieron los denominados microARNs, que no codifican proteínas. La función de estos microARNs consiste en controlar cómo los ARN mensajeros son utilizados para producir proteínas. Científicos de la Universidad de Edimburgo investigan si los microARNs son utilizados por algunos gusanos parásitos para frenar el funcionamiento de los genes del sistema inmune encargados de la puesta en marcha de los mecanismos de defensa contra ellos. Los gusanos son parásitos muy comunes, en general intestinales, que infectan a cerca de 2.000 millones de personas.
Las bacterias de la flora intestinal no solo ayudan a digerir determinados nutrientes, a fabricar algunas vitaminas y a metabolizar ácidos biliares y esteroles, sino que resultan también fundamentales para el correcto desarrollo de nuestras defensas. Al igual que sucedió antaño con las bacterias, estudios más recientes han descubierto que en nuestro intestino también habitan algunos virus. Microbiólogos del Centro Médico Langone de la Universidad de New York se hicieron la pregunta de si, al menos en algunos casos, los virus intestinales no ejercerían una función similar a la de las bacterias y ayudarían al correcto desarrollo del intestino y de las defensas. Investigaron esta hipótesis y obtuvieron unos resultados sorprendentes.
Además del Ébola, existen otros virus asesinos. Una clase de ellos son los rotavirus. Los rotavirus causan diarreas severas en los niños y problemas intestinales de menor intensidad en los adultos. Cada año más de dos millones de niños caen severamente enfermos por infecciones con rotavirus y 450.000 mueren. Se han desarrollado vacunas contra los rotavirus, pero son de eficacia aún limitada. Además de los rotavirus, existen muchos otros virus para los que carecemos de vacuna. Como elaborar vacunas contra todos ellos es prácticamente imposible, resulta interesante estudiar si sería posible estimular al sistema inmune de manera general para que pudiera vencer las infecciones víricas, sea cual sea el virus que nos infecte. Se trataría aquí de generar una especie de vacuna antivírica universal. ¿Sería esto posible o es solo ciencia-ficción?
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