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«Pero», es una palabra que muchas veces usamos para justificar nuestra inacción ante los retos de la vida. Sin embargo, por definición, el designio de Dios siempre estará más allá de nuestra capacidad y nuestros recursos. El «Pero Dios» significa que nuestra incompetencia no tiene la última palabra acerca de lo que podemos ser, o hacer. El Señor con frecuencia elige a los necios, a los débiles, a los humildes, a los mansos, a los tímidos, y a los que no son muy refinados. Dejemos entonces de vivir en Icabod, limitados por nuestras propias capacidades y aprendamos a descansar en la fuerza de Su Amor y Su Poder.

Algunos cristianos piensan, erróneamente, que la fe y la duda son excluyentes. La realidad es que, mientras tengamos fe, también tendremos dudas. La duda puede ser una oportunidad para ejercitar nuestra fe; nos impulsa a buscar la verdad y a no conformarnos con el “dios que nos vendieron o nos heredaron”, ni con la imagen del “dios que nos imaginamos”. A veces, nos vendría bien un poco de modesta incertidumbre, aunque eso sea mal visto en nuestro ámbito religioso.

En una era donde el odio se ha naturalizado y nos hemos anestesiado frente al egoísmo, necesitamos aprender a perdonar a quienes nos han ofendido y, sobre todo, a pedir perdón a quienes hemos ofendido. Debemos enmendar nuestros errores y restituir a quienes hemos hecho daño, tal como lo hizo Zaqueo. Dejemos de preocuparnos por las casas de los demás y comencemos a limpiar “nuestro lado de la calle”, porque no se puede tener una relación de amor con Jesús y, al mismo tiempo, seguir hiriendo a quienes nos rodean.

Muchos creemos que entregar nuestra voluntad a Dios nos hace perder integridad, y por eso intentamos controlarlo todo en nuestra vida. Pero la entrega total trae libertad: cuanto más dependemos de Dios para tener paz, menos lo hacemos de nuestras circunstancias. No podemos dirigir nuestro propio “show”, ni tampoco vivir pasivamente “esperando Su voluntad”. La verdadera entrega renuncia al ego, no a la iniciativa. Lejos de frenar la acción, nos da una base firme y alinea nuestra determinación con lo que a Dios le importa, no con nuestros deseos.

Vivir un trauma puede ser una experiencia profundamente angustiante, caótica y dolorosa que muchas veces nos lleva a aislarnos y a levantar barreras para proteger el corazón. Sin embargo, el camino hacia la sanidad comienza cuando somos honestos con nosotros mismos y reconocemos ese dolor que aún nos afecta. El Señor nos invita a dejar atrás la postura de víctima y a abrazar la poderosa actitud del resiliente, enfrentando el dolor con fe. Al hacerlo, aprendemos a confiar más profundamente en Dios y permitimos que Él sane nuestras heridas. Los traumas que hemos atravesado pueden transformarse en diamantes cuando los ponemos en las manos del Señor.
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