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Estamos familiarizados con el hecho de que orugas y mariposas provienen de especies de los mismos insectos en diferentes etapas de sus ciclos vitales. Igualmente, las reinas de abejas y hormigas, las únicas capaces de poner huevos y reproducirse, poseen el mismo genoma que las obreras, que no pueden hacerlo. La manera en que reinas y obreras seleccionan los genes que las hacen posibles es mediante la puesta en marcha o detención del funcionamiento de determinados de ellos que les capacitan para realizar las funciones que les son propias. En condiciones normales esta selección es irreversible pero existen algunas especies de avispas sociales que cuentan con obreras que pueden convertirse en reinas incluso cuando son adultas. Éste era un misterio que un nutridísimo grupo de investigadores de varios países europeos, incluido España, consideraron que merecía la pena investigar.
Las células madre generan células hijas que, en el proceso, adquieren las propiedades que les permiten realizar una función concreta en el organismo. Por ejemplo, los glóbulos rojos realizan la función de transportar el oxígeno en la sangre y los linfocitos desarrollan una función de defensa. Su destino final se materializa poniendo en marcha los genes necesarios para una función concreta, y apagando los que no son necesarios para dicha función. Para que se produzca correctamente este proceso de transformación es fundamental que las células madre se comuniquen entre sí, a medida que van multiplicándose y transformándose, y decidan todas juntas cómo generar el número adecuado de cada tipo de células hijas. Muy bien, pero ¿cómo se lleva a cabo esta comunicación?
Los elefantes poseen alrededor de cien veces más células que un ser humano, y gozan de una longevidad similar a la nuestra, por lo que si todo lo demás fuera igual, tendrían cien veces más probabilidades que nosotros de desarrollar cáncer a lo largo de su vida. Sin embargo, sufren mucha menor incidencia de cáncer que nosotros. Se estima que solo un 5% de los elefantes desarrollan cáncer, en comparación con el 11-25 % de los humanos, cuando por su talla no debería ser así. ¿Qué protege a los elefantes de desarrollar cáncer? Jorge Laborda lo explica hoy en “Quilo de Ciencia”
El virus VIH posee un genoma de solo 9.719 letras y produce tan solo 15 proteínas. En comparación con los genomas de animales o plantas complejas podemos decir que es un organismo bastante simple. Para maximizar su efectividad, parece hoy cada vez más claro que las proteínas que el virus VIH produce, desde el punto de vista de sus funciones, se parecen mucho a esas navajas suizas de múltiples usos. Una de las proteínas muy importantes para la reproducción del virus VIH es la proteína llamada Nef. Los virus VIH carentes del gen Nef se reproducen mal, aunque en ocasiones el virus puede reproducirse sin problemas en determinadas células. Ahora, investigadores de la Universidad de Ginebra, en Suiza, han eliminado el gen Nef del virus VIH y han infectado con él varios tipos de células en el laboratorio con resultados muy interesantes que pueden ayudar en la lucha contra el SIDA.
Durante la evolución de las especies, debido a la dificultad de conseguir comida, el cerebro desarrolló un mecanismo regulador del apetito, que el gran escritor y divulgador científico estadounidense Isaac Asimov denominó el “apestato”. El “apestato” detectaba mucho más frecuentemente disminuciones de peso corporal que aumentos del mismo, y daba las órdenes necesarias para estimular la búsqueda de alimento. Hasta finales del siglo XX no comenzó a comprenderse cómo funcionaba el “apestato”. Para ello, fue fundamental el descubrimiento de la hormona leptina, llamada así a partir de la palabra griega “lepto”, que significa delgado, ligero. Ahora, un nuevo trabajo de investigación coliderado por Ana Domingos, del Instituto Gulbenkian de Ciencia, en Oeiras, (Portugal), y por Jeffrey M. Friedman –uno de los descubridores de la leptina– de la Universidad Rockefeller, de Nueva York, revela que la leptina actúa sobre el propio tejido adiposo blanco que la produce a través del sistema nervioso.
El creciente envejecimiento de la población amenaza nuestro futuro, sea cual sea nuestra edad. Se estima que para el año 2050 el número de personas mayores de 80 años se habrá triplicado y será superior a los 400 millones. Sin embargo, el problema, en realidad, no es el envejecimiento, sino el envejecimiento en malas condiciones de salud. Una hipótesis defendida por investigadores de la universidad de Duke, EE.UU. defiende que, contrariamente a lo que se piensa, no todas las personas envejecen a la misma velocidad, a pesar de que el tiempo transcurra igual para todos.
Las relaciones genéticas son fundamentales para determinar la forma corporal y facial de los organismos. Así, gatos, linces, leopardos, e incluso tigres o leones, aunque especies diferentes, poseen rostros muy parecidos en su forma general. Lo mismo sucede con caballos, burros y cebras, por poner otro ejemplo, e igualmente sucede entre numerosas especies de primates. Sin ir más lejos, no me negará que chimpancés y gorilas guardan un cierto aire de familia. No obstante, a pesar de que los chimpancés están genéticamente más relacionados con nosotros que con los gorilas, por extraño que pueda parecer, no es a nosotros a quien más se parecen los parientes de Chita ¿Por qué somos los humanos tan diferentes a otros primates en lo que al rostro se refiere?
La aspirina podría ayudar a impedir que los tumores fueran tolerados por el sistema inmune. Recientes conocimientos sobre los mecanismos puestos en marcha por las células tumorales para evadir al sistema inmune están siendo utilizados para desarrollar inmunoterapias anticancerosas que persiguen bloquearlos. En experimentos realizados con ratones de laboratorio en los que se induce el crecimiento de melanoma y otros tumores, la administración de aspirina a los animales, combinada con la utilización de otra estrategia que impide la inhibición de la actividad inmune contra las células tumorales, ha conseguido que los tumores sean erradicados. Aunque no es frecuente que la misma estrategia utilizada con animales funcione igual de bien en pacientes humanos, los resultados son muy prometedores.
Numerosos estudios realizados tanto con animales de laboratorio como con seres humanos han confirmado el hecho de que la estructura química de las grasas, es decir, que posean más o menos átomos de hidrógeno (saturación) en las cadenas de átomos de carbono que las forman, puede ser cuestión de vida o muerte. Así, se ha demostrado que comer grasas saturadas, presentes sobre todo en productos derivados de animales de granja, como la carne o la leche, en exceso resulta perjudicial para la salud, mientras que las grasas poliinsaturadas, presentes sobre todo en alimentos animales de origen marino o vegetal, ejercen efectos beneficiosos. Sin embargo, nada se conoce verdaderamente hasta que no se comprende no solo por qué, sino también cómo funcionan y se producen las cosas.
La tecnología de la resonancia magnética utiliza fuertes campos magnéticos y ondas de radio para conseguir imágenes del interior del cuerpo humano, o también de los cuerpos de animales de investigación, mientras continúan vivos y coleando. Resultaría, sin duda, interesante poder utilizar las máquinas de resonancia magnética no solo como herramientas diagnósticas, sino también terapéuticas. Investigadores de la universidad de Sheffield, en el Reino Unido, deciden investigar si sería posible dirigir hacia los tumores a macrófagos cargados con virus llamados oncolíticos, que resultan eficaces para matar a células tumorales, mediante campos magnéticos generados por una máquina de MRI.
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