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Desde pequeños hemos aprendido, al menos así me lo ensañaban a mí, que los ríos son corrientes de agua que van a desembocar al mar. Esa simple definición da cuenta de la importancia que tiene la desembocadura de un río, porque allí, en el encuentro entre dos aguas de distinta naturaleza, es donde el río muere. Lo que no llegamos a estudiar, o si lo hicimos pasamos de puntillas, fue la variedad de estuarios que existen y los fenómenos físicos que tienen lugar cuando el agua dulce de un río se encuentra con el agua salada del mar. Entender cómo se combinan todas las variables que intervienen en la desembocadura es fundamental para calibrar los cambios que tienen lugar en el entorno de un estuario, ya sean motivados por causas naturales o artificiales. Nuestro invitado de hoy, Manuel Díez Minguito, habla los fundamentos de los estuarios.
Habréis notado que basta con consultar algún producto por internet, para que muchas de las páginas web que veáis a continuación os ofrezcan ese mismo producto en los anuncios ¿Cómo es posible que sepan tanto sobre mí? – os habréis preguntado, y con razón. En la actualidad (2017) existen más de 3.700 millones de usuarios de Internet, repartidos por todo el orbe, conectados a través de sus ordenadores, tabletas, móviles, etc; cada cual con las más variopintas aficiones y necesidades… ¿Os imagináis la cantidad de datos que estamos generando, en conjunto, a cada momento? ¿Cómo es posible que yo, una persona perdida entre esa enorme multitud, en mi pueblo de Villanueva del Pardillo, reciba precisamente el anuncio que me interesa? La respuesta está en dos palabras: Supercomputación y Big Data. Nos lo explican los profesores de la UCLM, Francisco J. Alfaro y Jesús Escudero.
Pocas veces nos preguntamos por la cantidad de procesos que entraña la elaboración de las cosas más comunes que manejamos en nuestras vidas. Un medicamento, una pintura, un libro o un teléfono móvil son productos cuya fabricación requiere mucha química. Una química que, cuando el producto llega a nuestras manos, ha dejado en el camino un buen número de problemas añadidos: consumo de materias primas que tal vez se están agotando; energía, probablemente obtenida de combustibles fósiles que, a su vez, liberan gases de efecto invernadero; sustancias químicas que se desechan y contaminan, etc. Una propuesta muy interesante para luchar contra la contaminación lleva un nombre esperanzador: Química sostenible o química verde. Habla de ella Antonio de la Hoz, profesor de Química Orgánica de la UCLM y director del Grupo de investigación Microondas en Síntesis Orgánica y Química Verde (MSOC).
Un artículo, publicado en Nature, nos habla de un planeta extrasolar denominado WASp-19b, que gira alrededor de una estrella situada en la constelación Vela, a una distancia tal, que su luz tarda casi mil años en llegar hasta nosotros. Es un planeta tan lejano que no existe ninguna imagen directa de él, pero su presencia se infiere de la luz que nos llega de la estrella. A pesar de ello, los científicos han logrado obtener no solamente datos de su masa y su órbita, sino que también han logrado averiguar la existencia de ciertas moléculas existentes en su atmósfera. El título del artículo así lo asegura: Detección de óxido de titanio en la atmósfera de un Júpiter caliente
Recordar es mucho más que revivir el pasado porque, al fin y al cabo, casi cualquier acto de nuestras vidas, sea pasado o futuro, está ligado a lo recuerdos que hemos logrado conservar en la memoria. Hoy, Mónica Muñoz López, profesora de anatomía el College of Medical, Veterinary & Life Sciences de la Universidad de Glasgow, en el Reino Unido, habla del tipo de memoria ligada a los sonidos: la memoria auditiva. Es una memoria efímera que apenas dura unos milisegundos, al menos una parte de ella, la que se identifica como memoria sensorial. Recordar un sonido no es fácil porque nuestro cerebro suele mezclarlo con otras sensaciones. El sonido, la imagen y otros recuerdos se mezclan en nuestra mente sin poder separarlos. El trabajo de Mónica en este campo la llevó a estudiar las proyecciones, es decir, las conexiones y las áreas del cerebro que se activan durante la memoria auditiva.
Desde la más pequeña y solitaria ameba, hasta la neurona más evolucionada de nuestro cerebro, todas las células dependen de su capacidad para comunicarse con el entorno. Como sucede en nuestra vida diaria, para que la comunicación celular tenga éxito, hace falta un emisor, un receptor y un medio a través del cual fluya la información. Así, las células emiten sus mensajes en forma de moléculas químicas que viajan por el medio buscando un receptor. Esos receptores se encuentran en las paredes de las células y, cuando llega hasta ellos la molécula adecuada, se activa una señal que se transmite al interior de la célula, provocando una respuesta. Nuestra invitada, María Teresa Miras Portugal, catedrática del departamento de Bioquímica y Biología Molecular IV en la Facultada de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, se dedica a investigar las cascadas de señalización y los receptores purinérgicos en las células del sistema nervioso.
Un día, hace mucho tiempo, un estegosaurio caminaba por la orilla de un lago mientras arrancaba a bocados las plantas que crecían cerca del agua. El suelo cedía a su paso y sus patas se hundían en el barro. El animal avanzaba dejando una serie de huellas profundamente marcadas en el terreno. El barro se secó y, tiempo después, las huellas se rellenaron con otro material, formando en su interior una copia de la pata del animal que las creó. Aquel acontecimiento no parecía nada especial si no fuera porque, 120 millones de años más tarde, unos seres humanos encontrarían esas huellas y estudiarían el molde que las rellenó en un intento por comprender cómo eran aquellas criaturas que llamamos dinosaurios. Hoy hablamos con Jesús Herrero Gascón, autor de un artículo científico que estudia las huellas y contrahuellas de los dinosaurios.
Hoy continuamos el viaje iniciado en un programa anterior hacia la búsqueda de la última estructura conocida de la materia. Nuestro guía, Pedro González Marhuenda, catedrático de Física Teórica en la Universidad de Valencia e investigador del Instituto de Física Corpuscular, nos cuenta paso a paso y de una manera muy didáctica, cómo la investigación científica ha ido desentrañando a lo largo de los últimos dos siglos los componentes íntimos de la materia, desde la idea más elemental y primitiva del átomo que nos proporcionó Thomson, hasta las complejas descripciones de del Modelo Estándar que conecta a los quarks, los leptones, los cuantos de las interacciones fundamentales y el bosón de Higgs.
Intentar comprender la estructura última de la materia es quizás un objetivo demasiado ambicioso, simplemente porque no la conocemos. Lo que sí podemos intentar, dice Pedro González Marhuenda, catedrático de Física Teórica en la Universidad de Valencia e investigador del Instituto de Física Corpuscular, es dar una idea de lo último que conocemos de esa estructura. Pedro González nos propone hacer un viaje a través de la historia del conocimiento, desde las primeras ideas sobre la materia, defendida por sabios griegos como Tales, Aristóteles o Demócrito, hasta los últimos descubrimientos realizados con las máquinas más extraordinarias jamás construidas, como el LHC, donde los científicos emplean enormes energías para dar fundamento a las teorías más avanzadas y buscar los componentes diminutos y escurridizos, como el bosón de Higgs. Hoy ofrecemos la primera parte de este viaje alucinante.
Una célula es un ser vivo que debe obtener energía de los nutrientes para llevar a cabo las reacciones químicas y fabricar las moléculas que necesita para sobrevivir y multiplicarse. El metabolismo más primitivo es el que utiliza la glucosa, una molécula de azúcar que proporciona energía a las células. Pero no todas las células la consumen por igual, en las células cancerosas su consumo está potenciado. El equipo del profesor Bartrons, director del Grupo de Regulación del Metabolismo de la Universidad de Barcelona, lleva trabajando desde 1995 en genes sensibles a las necesidades de energía de las células, especialmente cuando éstas se encuentran en una situación con falta de oxígeno. Muchos tumores, debido al excesivo crecimiento, sufren de falta de aporte de oxígeno y estos genes se vuelven muy activos, un exceso cuya comprensión abre las puertas a futuras terapias.
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