En el Radar Empresarial de esta edición estudiamos el efecto que han tenido los grandes lanzamientos cinematográficos programados para el día de Navidad. Desde hace décadas, los principales estudios compiten intensamente por asegurarse el 25 de diciembre, una fecha clave para estrenar producciones pensadas para dominar la taquilla. La Navidad está ligada a títulos inolvidables que permanecen en la memoria colectiva, y uno de los primeros referentes indiscutibles fue ¡Qué bello es vivir!. Su legado demuestra cómo estas fechas potencian la experiencia colectiva del cine.
Este clásico de 1946 relataba la vida de George Bailey, un hombre desesperado tras perder una importante suma de dinero en Nochebuena, lo que lo lleva a contemplar el suicidio. Antes de consumar su decisión, un ángel le enseña cómo sería el mundo si él nunca hubiera existido. Pese a estar dirigida por Frank Capra y protagonizada por James Stewart, la película no triunfó inicialmente en cines. Con el tiempo, la audiencia la transformó en una tradición imprescindible.
Su verdadero éxito llegó años más tarde gracias a la televisión, cuando Republic Pictures olvidó renovar los derechos en 1974 y permitió su emisión gratuita. De forma similar, Warner cometió un error con Solo en casa, una de las cintas navideñas más rentables. Tras disputas internas, Fox adquirió el proyecto, reutilizó decorados y logró un fenómeno comercial cercano a los quinientos millones recaudados. Su impacto redefinió la estrategia de estrenos durante las fiestas.
Fox repetiría la jugada con La jungla de cristal, estrenada dos años después y convertida inesperadamente en un icono navideño, pese a la opinión de Bruce Willis. A estos títulos se suman otros como El Grinch, Cuento de Navidad o Polar Express, que también brillaron en taquilla. Todas ellas forman parte del imaginario popular y solo el tiempo decidirá cuál será el próximo clásico festivo. Cada Navidad, nuevas generaciones las descubren y las hacen suyas, con emoción genuina compartida.