Conferencias Magistrales Fundación Rafael del Pino

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  • El sueño americano. ¿Cómo la inteligencia artificial ayuda a la pequeña empresa? Versión en español
    El 26 de septiembre de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Karen G. Mills, Senior Fellow en la Harvard Business School, ex miembro del Gabinete del presidente Barack Obama, titulada “El sueño americano: ¿cómo la inteligencia artificial ayuda a la pequeña y mediana empresa?”.
    En su intervención, Mills quiso abordar dos asuntos, que están relacionados. El primero de ellos es la inteligencia artificial. Mucha gente piensa que la primera forma en que nos afectará la inteligencia artificial son los coches autónomos. Esto, sin embargo, todavía pertenece a un futuro lejano. En cambio, el impacto de la inteligencia artificial sobre la banca y, en particular, en la actividad bancaria relacionada con las pequeñas empresas se va a producir mucho más pronto. De aquí a dieciocho meses o, como mucho, dos años podrá apreciarse su efecto en la banca para pequeñas empresas y consumidores.
    La otra cosa de la que quiero hablar es de la importancia de las pequeñas empresas y del impacto que tendrá la inteligencia artificial en ellas. Por ambos motivos escribió su libro Fintech, Small Business & the American Dream: How Technology Is Transforming Lending and Shaping a New Era of Small Business Opportunity.
    La razón de hacerlo se produjo hace diez años, cuando trabajaba en la administración de Barack Obama como responsable de las pequeñas empresas. Una de las cosas que hacía difícil este trabajo era el momento en que había que llevarlo a cabo. Acepté el puesto en el primer trimestre de 2009, cuando se inició la recesión provocada por la crisis financiera. La crisis afectó mucho más a las pymes que a las grandes empresas, por lo que la destrucción de empleo fue mucho más intensa en ellas. La causa de este comportamiento diferente estriba en que, en las crisis financieras, las empresas que más sufren son aquellas más dependientes del crédito. Este es el caso de las pequeñas empresas. Por eso, desde la Casa Blanca había que hacer algo para conseguir que las pequeñas empresas volvieran a tener acceso al crédito. Para ello, se creó un sistema de garantía crediticia para este tipo de compañías, que cubría el 90% del préstamo.
    El impacto de esta medida fue inmediato. Más de mil bancos en menos de seis meses volvieron a prestar a las pequeñas empresas. Esto le enseño el grado tan enorme de dependencia del crédito que tenían estas compañías, así como el impacto que se puede generar si se consigue que haya disponibilidad de crédito para ellas. Hoy en día, la importancia de esta cuestión se aprecia perfectamente si se tiene en cuenta que la mitad de la gente en Estados Unidos, y el 70% en España, trabaja para una pequeña empresa.
    A pesar de ello, los gobiernos y los economistas no han prestado suficiente atención a las pequeñas empresas. Esto se debe a que los gobiernos y los economistas piensan primero en los consumidores. Después lo hacen en la inversión en equipos, que la realiza mayoritariamente la gran empresa. Luego piensan en el gasto público. Por ello, la mayoría de los grandes modelos macroeconómicos tienden a ignorar a las pequeñas empresas. Por eso hay que recordar que las pequeñas empresas en España aportan el 70% del empleo y el 90% del PIB.
    Otra cuestión que hay que tener en cuenta respecto a las pequeñas empresas es que, cuando nos referimos a ellas, no estamos hablando de Silicon Valley. De lo que estamos hablando es de esos pequeños negocios que forman parte de la vida diaria de la gente. En Estados Unidos hay treinta millones de pequeñas empresas, de las cuales veinticuatro millones no tienen empleados. Ese último segmento, además, está creciendo debido a la ‘gig economy’, o economía de los pequeños encargos. La mayoría del resto de negocios son, por ejemplo, cafés, tintorerías, etc. Hay un segmento en particular que es importante, que es el de las pequeñas empresas que actúan como proveedores de otras compañías. Este es un segmento al que es preciso prestar una atención particular porque es un segmento que necesita capital para poder gestionar su negocio.
    ¿Cuál es el problema? Que la banca no ha cambiado en los últimos cincuenta o cien años. Una pequeña empresa que demande un crédito necesita aportar una pila de papeles, que el banco revisa exhaustivamente. Pero, como no pueden ver dentro de las empresas, suele pedir garantías personales para poder conceder el préstamo, ya que, si no pueden ver dentro de las empresas, no pueden saber cómo hacen dinero las pequeñas empresas. A este problema se le conoce como opacidad informativa. La tecnología, sin embargo, ayuda a resolverlo porque, a través del big data, etc., permite a los bancos ver dentro de las pequeñas empresas.
    La segunda causa de fricción que dificulta la financiación de las pequeñas empresas es el retraso en el proceso de concesión de créditos, debido al tiempo que se necesita para analizar multitud de negocios todos ellos pertenecientes a sectores diferentes. La utilización del big data puede ser de gran ayuda, ya que aportaría al banco información sobre cientos de negocios del mismo sector que el demandante del crédito y le permitiría saber si lo hace igual, mejor o peor que los demás. Por tanto, el big data, el machine learning y la inteligencia artificial pueden eliminar las barreras que dificultan el proceso de concesión de préstamos y, en consecuencia, acortarlo.
    La innovación, en el campo de la tecnología, empieza muy despacio. Luego se acelera y se alcanza la madurez, pero viene alguien que introduce una nueva disrupción y la aceleración continúa. En el caso de la banca, las primeras empresas de Fintech aparecieron en 2010. En 2014 parecía que se iban a comer el mundo y que los bancos estaban condenados a la desaparición porque parecían incapaces de cambiar.
    Los bancos, sin embargo, tienen grandes activos que pueden movilizar contra estos nuevos disruptores. En particular, cuentan con dos grandes activos que han demostrado ser muy importantes. El primero es su clientela. El ‘fintech’ ha pasado mucho tiempo tratando de captar clientes que confíen en esas empresas a la hora de pedir un crédito. El segundo activo es el dinero. Los bancos tienen depósitos a bajo coste que utilizan para prestar dinero. El Fintech, en cambio, obtiene el dinero de los ‘hedge funds’, pero ese dinero es mucho más caro. Así es que las primeras empresas de Fintech tuvieron problemas de financiación y se vieron obligadas a retroceder.
    De repente, sin embargo, el mundo se transformó con la entrada en el sector de las grandes tecnológicas, como Amazon, que se convirtieron en prestamistas de las pequeñas empresas. Entonces, la banca despertó y empezó a invertir en tecnología.
    ¿Quién va a ganar? ¿Quién va a resultar perdedor? Los grandes bancos, las grandes empresas de tarjetas de crédito, las grandes empresas tecnológicas, las compañías de Fintech y las empresas de infraestructuras tecnológicas de medios de pago son los cuatro grupos de actores en este mercado. Este es el entorno, pero todavía no sabemos quiénes serán los ganadores.
    Esta transformación está teniendo lugar en estos mismos momentos. Sucede a través de las APIs (interfaz de programación de aplicaciones, por sus siglas en inglés), que extraen los datos de las cuentas bancarias, así como la información de las tarjetas de crédito. Esta información la reúnen en una caja negra en la cual los algoritmos pueden crear inteligencia que permiten la transformación de la visión que ofrece una empresa. A partir de ella, quienes prestan pueden ver inmediatamente en sus pantallas el gráfico que refleja cuál es la solvencia de un demandante de crédito.
    Esta representación gráfica también puede emplearse en las pequeñas empresas, por ejemplo, para predecir el flujo de caja. Esto es lo que denomina la utopía de las pequeñas empresas. En este caso, el sistema utiliza la misma información que los bancos, pero para ver cómo va a ser el flujo de caja. Esto permite a las empresas conocer con antelación si van a necesitar un crédito y conseguir la aprobación anticipada del mismo por parte del banco. Al compartir la información, el banco, a su vez, sabe si la empresa va a necesitar ese crédito en dos semanas porque puede ver la proyección del flujo de caja. Esto va a suponer un gran cambio para las pequeñas empresas, porque podrán evitar crisis derivadas de falta de liquidez en un momento determinado.
    Ahora bien, esto también tiene un lado oscuro. Se trata de que sucedería si en el historial crediticio de una empresa o una persona, que está guardado en la caja negra, hay un error. En ese caso, habría que corregirlo, como se hace ahora si uno detecta un error en su cuenta o en los cargos de su tarjeta de crédito. Pero ¿qué pasa si ese error está en el algoritmo? Además, si el algoritmo está bloqueado para que no puedan acceder terceros a él, ¿dónde van a conseguir los reguladores la experiencia necesaria para hacer su trabajo? Por ejemplo, ¿cómo van a conocer la forma en que la máquina toma sus decisiones? ¿Cómo van a saber si no hay sesgos en los datos? Por último, ¿quién es el propietario de los datos? En Europa, el dueño de los datos es el cliente. Esta es una de las cuestiones fundamentales para determinar la evolución futura del Fintech y la banca, porque será necesario que los clientes den permiso a los bancos para utilizar esos datos con el fin de éstos puedan ofrecerles mejores servicios.
    En Estados Unidos, en cambio, las cosas no son tan claras. Hay siete reguladores federales, más otros dos en cada uno de los cincuenta estados, que pueden actuar en esta cuestión. Y no son capaces de ponerse de acuerdo, con lo cual, no se está avanzando en la regulación.
    Para tratar de averiguar por dónde van a ir las cosas en el futuro hay que hacerse tres preguntas. La primera de ellas es quién tiene los clientes. Quien los tiene son los grandes bancos, los pequeños, las empresas de tarjetas de crédito y las grandes tecnológicas. La segunda pregunta es quién aporta el capital. Ahí los bancos tienen una ventaja, que es que consiguen el capital de forma más barata a través de los depósitos de los clientes. Y la tercera pregunta es quién tiene la mejor tecnología. Hay muchas tecnologías, pero las claves residen en quién tiene la mejor estructura; quién entiende mejor los algoritmos, la inteligencia artificial, y quien consigue los mejores clientes. Y aquí los mejores son las grandes tecnológicas.
    Por tanto, ¿qué va a ocurrir? Primero, que la tecnología va a transformar el crédito a las pequeñas empresas de aquí a dos o cuatro años. Segundo, que los ganadores serán los bancos y las grandes tecnológicas porque operan con costes más bajos, porque se van a centrar en productos específicos para las pequeñas empresas y porque van a crear una relación crediticia. Esto se producirá porque habrá más prestatarios solventes que consigan un crédito, porque mejorará la experiencia del cliente, y porque se evitarán situaciones de falta de liquidez. Tercero y último, la regulación financiera respecto a la propiedad de los datos determinará el éxito del Fintech como industria. Pero hoy los reguladores no están preparados para lidiar con los monopolios de empresa como Amazon, Paypal o Square.
    29 min
  • El sueño americano. ¿Cómo la inteligencia artificial ayuda a la pequeña empresa? english version
    El 26 de septiembre de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Karen G. Mills, Senior Fellow en la Harvard Business School, ex miembro del Gabinete del presidente Barack Obama, titulada “El sueño americano: ¿cómo la inteligencia artificial ayuda a la pequeña y mediana empresa?”.
    En su intervención, Mills quiso abordar dos asuntos, que están relacionados. El primero de ellos es la inteligencia artificial. Mucha gente piensa que la primera forma en que nos afectará la inteligencia artificial son los coches autónomos. Esto, sin embargo, todavía pertenece a un futuro lejano. En cambio, el impacto de la inteligencia artificial sobre la banca y, en particular, en la actividad bancaria relacionada con las pequeñas empresas se va a producir mucho más pronto. De aquí a dieciocho meses o, como mucho, dos años podrá apreciarse su efecto en la banca para pequeñas empresas y consumidores.
    La otra cosa de la que quiero hablar es de la importancia de las pequeñas empresas y del impacto que tendrá la inteligencia artificial en ellas. Por ambos motivos escribió su libro Fintech, Small Business & the American Dream: How Technology Is Transforming Lending and Shaping a New Era of Small Business Opportunity.
    La razón de hacerlo se produjo hace diez años, cuando trabajaba en la administración de Barack Obama como responsable de las pequeñas empresas. Una de las cosas que hacía difícil este trabajo era el momento en que había que llevarlo a cabo. Acepté el puesto en el primer trimestre de 2009, cuando se inició la recesión provocada por la crisis financiera. La crisis afectó mucho más a las pymes que a las grandes empresas, por lo que la destrucción de empleo fue mucho más intensa en ellas. La causa de este comportamiento diferente estriba en que, en las crisis financieras, las empresas que más sufren son aquellas más dependientes del crédito. Este es el caso de las pequeñas empresas. Por eso, desde la Casa Blanca había que hacer algo para conseguir que las pequeñas empresas volvieran a tener acceso al crédito. Para ello, se creó un sistema de garantía crediticia para este tipo de compañías, que cubría el 90% del préstamo.
    El impacto de esta medida fue inmediato. Más de mil bancos en menos de seis meses volvieron a prestar a las pequeñas empresas. Esto le enseño el grado tan enorme de dependencia del crédito que tenían estas compañías, así como el impacto que se puede generar si se consigue que haya disponibilidad de crédito para ellas. Hoy en día, la importancia de esta cuestión se aprecia perfectamente si se tiene en cuenta que la mitad de la gente en Estados Unidos, y el 70% en España, trabaja para una pequeña empresa.
    A pesar de ello, los gobiernos y los economistas no han prestado suficiente atención a las pequeñas empresas. Esto se debe a que los gobiernos y los economistas piensan primero en los consumidores. Después lo hacen en la inversión en equipos, que la realiza mayoritariamente la gran empresa. Luego piensan en el gasto público. Por ello, la mayoría de los grandes modelos macroeconómicos tienden a ignorar a las pequeñas empresas. Por eso hay que recordar que las pequeñas empresas en España aportan el 70% del empleo y el 90% del PIB.
    Otra cuestión que hay que tener en cuenta respecto a las pequeñas empresas es que, cuando nos referimos a ellas, no estamos hablando de Silicon Valley. De lo que estamos hablando es de esos pequeños negocios que forman parte de la vida diaria de la gente. En Estados Unidos hay treinta millones de pequeñas empresas, de las cuales veinticuatro millones no tienen empleados. Ese último segmento, además, está creciendo debido a la ‘gig economy’, o economía de los pequeños encargos. La mayoría del resto de negocios son, por ejemplo, cafés, tintorerías, etc. Hay un segmento en particular que es importante, que es el de las pequeñas empresas que actúan como proveedores de otras compañías. Este es un segmento al que es preciso prestar una atención particular porque es un segmento que necesita capital para poder gestionar su negocio.
    ¿Cuál es el problema? Que la banca no ha cambiado en los últimos cincuenta o cien años. Una pequeña empresa que demande un crédito necesita aportar una pila de papeles, que el banco revisa exhaustivamente. Pero, como no pueden ver dentro de las empresas, suele pedir garantías personales para poder conceder el préstamo, ya que, si no pueden ver dentro de las empresas, no pueden saber cómo hacen dinero las pequeñas empresas. A este problema se le conoce como opacidad informativa. La tecnología, sin embargo, ayuda a resolverlo porque, a través del big data, etc., permite a los bancos ver dentro de las pequeñas empresas.
    La segunda causa de fricción que dificulta la financiación de las pequeñas empresas es el retraso en el proceso de concesión de créditos, debido al tiempo que se necesita para analizar multitud de negocios todos ellos pertenecientes a sectores diferentes. La utilización del big data puede ser de gran ayuda, ya que aportaría al banco información sobre cientos de negocios del mismo sector que el demandante del crédito y le permitiría saber si lo hace igual, mejor o peor que los demás. Por tanto, el big data, el machine learning y la inteligencia artificial pueden eliminar las barreras que dificultan el proceso de concesión de préstamos y, en consecuencia, acortarlo.
    La innovación, en el campo de la tecnología, empieza muy despacio. Luego se acelera y se alcanza la madurez, pero viene alguien que introduce una nueva disrupción y la aceleración continúa. En el caso de la banca, las primeras empresas de Fintech aparecieron en 2010. En 2014 parecía que se iban a comer el mundo y que los bancos estaban condenados a la desaparición porque parecían incapaces de cambiar.
    Los bancos, sin embargo, tienen grandes activos que pueden movilizar contra estos nuevos disruptores. En particular, cuentan con dos grandes activos que han demostrado ser muy importantes. El primero es su clientela. El ‘fintech’ ha pasado mucho tiempo tratando de captar clientes que confíen en esas empresas a la hora de pedir un crédito. El segundo activo es el dinero. Los bancos tienen depósitos a bajo coste que utilizan para prestar dinero. El Fintech, en cambio, obtiene el dinero de los ‘hedge funds’, pero ese dinero es mucho más caro. Así es que las primeras empresas de Fintech tuvieron problemas de financiación y se vieron obligadas a retroceder.
    De repente, sin embargo, el mundo se transformó con la entrada en el sector de las grandes tecnológicas, como Amazon, que se convirtieron en prestamistas de las pequeñas empresas. Entonces, la banca despertó y empezó a invertir en tecnología.
    ¿Quién va a ganar? ¿Quién va a resultar perdedor? Los grandes bancos, las grandes empresas de tarjetas de crédito, las grandes empresas tecnológicas, las compañías de Fintech y las empresas de infraestructuras tecnológicas de medios de pago son los cuatro grupos de actores en este mercado. Este es el entorno, pero todavía no sabemos quiénes serán los ganadores.
    Esta transformación está teniendo lugar en estos mismos momentos. Sucede a través de las APIs (interfaz de programación de aplicaciones, por sus siglas en inglés), que extraen los datos de las cuentas bancarias, así como la información de las tarjetas de crédito. Esta información la reúnen en una caja negra en la cual los algoritmos pueden crear inteligencia que permiten la transformación de la visión que ofrece una empresa. A partir de ella, quienes prestan pueden ver inmediatamente en sus pantallas el gráfico que refleja cuál es la solvencia de un demandante de crédito.
    Esta representación gráfica también puede emplearse en las pequeñas empresas, por ejemplo, para predecir el flujo de caja. Esto es lo que denomina la utopía de las pequeñas empresas. En este caso, el sistema utiliza la misma información que los bancos, pero para ver cómo va a ser el flujo de caja. Esto permite a las empresas conocer con antelación si van a necesitar un crédito y conseguir la aprobación anticipada del mismo por parte del banco. Al compartir la información, el banco, a su vez, sabe si la empresa va a necesitar ese crédito en dos semanas porque puede ver la proyección del flujo de caja. Esto va a suponer un gran cambio para las pequeñas empresas, porque podrán evitar crisis derivadas de falta de liquidez en un momento determinado.
    Ahora bien, esto también tiene un lado oscuro. Se trata de que sucedería si en el historial crediticio de una empresa o una persona, que está guardado en la caja negra, hay un error. En ese caso, habría que corregirlo, como se hace ahora si uno detecta un error en su cuenta o en los cargos de su tarjeta de crédito. Pero ¿qué pasa si ese error está en el algoritmo? Además, si el algoritmo está bloqueado para que no puedan acceder terceros a él, ¿dónde van a conseguir los reguladores la experiencia necesaria para hacer su trabajo? Por ejemplo, ¿cómo van a conocer la forma en que la máquina toma sus decisiones? ¿Cómo van a saber si no hay sesgos en los datos? Por último, ¿quién es el propietario de los datos? En Europa, el dueño de los datos es el cliente. Esta es una de las cuestiones fundamentales para determinar la evolución futura del Fintech y la banca, porque será necesario que los clientes den permiso a los bancos para utilizar esos datos con el fin de éstos puedan ofrecerles mejores servicios.
    En Estados Unidos, en cambio, las cosas no son tan claras. Hay siete reguladores federales, más otros dos en cada uno de los cincuenta estados, que pueden actuar en esta cuestión. Y no son capaces de ponerse de acuerdo, con lo cual, no se está avanzando en la regulación.
    Para tratar de averiguar por dónde van a ir las cosas en el futuro hay que hacerse tres preguntas. La primera de ellas es quién tiene los clientes. Quien los tiene son los grandes bancos, los pequeños, las empresas de tarjetas de crédito y las grandes tecnológicas. La segunda pregunta es quién aporta el capital. Ahí los bancos tienen una ventaja, que es que consiguen el capital de forma más barata a través de los depósitos de los clientes. Y la tercera pregunta es quién tiene la mejor tecnología. Hay muchas tecnologías, pero las claves residen en quién tiene la mejor estructura; quién entiende mejor los algoritmos, la inteligencia artificial, y quien consigue los mejores clientes. Y aquí los mejores son las grandes tecnológicas.
    Por tanto, ¿qué va a ocurrir? Primero, que la tecnología va a transformar el crédito a las pequeñas empresas de aquí a dos o cuatro años. Segundo, que los ganadores serán los bancos y las grandes tecnológicas porque operan con costes más bajos, porque se van a centrar en productos específicos para las pequeñas empresas y porque van a crear una relación crediticia. Esto se producirá porque habrá más prestatarios solventes que consigan un crédito, porque mejorará la experiencia del cliente, y porque se evitarán situaciones de falta de liquidez. Tercero y último, la regulación financiera respecto a la propiedad de los datos determinará el éxito del Fintech como industria. Pero hoy los reguladores no están preparados para lidiar con los monopolios de empresa como Amazon, Paypal o Square.
    29 min
  • Fronteras abiertas. Bryan Caplan - English version
    El 25 de junio de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Bryan Caplan, catedrático de Economía en la Universidad George Mason y columnista de EconLog, titulada “Fronteras abiertas. Por qué el sistema educativo puede ser una pérdida de tiempo y de dinero”, en la que habló de educación y de inmigración.
    Caplan inició su intervención diciendo que todo el mundo siempre tiene la idea de que nos hace falta una educación mejor. Ahora bien, ningún político dice que estamos dilapidando el dinero que gastamos en ella, y esto es algo muy extraño. De hecho, por lo que se refiere a la educación, los economistas y los políticos siempre están de acuerdo, porque los economistas miden los beneficios financieros que obtiene el individuo y se dan cuenta de que la educación aporta un rendimiento económico en forma de mayores sueldos. Pero cuando se analiza la educación, no solemos darnos cuenta de que, la mayoría de las veces, no se nos enseña una habilidad que sirva más allá de para aprobar un examen.
    Los empresarios todavía valoran a la gente por el rendimiento que demuestran en la escuela a través de las notas, con independencia de que se trate de matemáticas, literatura o historia. Sin esas notas, no puedes ir a la universidad ni conseguir un buen trabajo. Además, si estudias latín, tienes el futuro despejado porque las grandes universidades te abren las puertas.
    El modelo de señalización de la educación dice que algunas asignaturas son útiles, como matemáticas, pero hay otras asignaturas, como música, que son irrelevantes. Sin embargo, merece la pena estudiarlas porque convencen al empresario de que eres listo, trabajas duro y eres una persona concienzuda. El colegio, en definitiva, te pone un sello en la frente y cuantos más sellos tengas, más te valorará el empresario.
    El mercado recompensa a los alumnos por hacer las cosas bien, aunque las asignaturas sean completamente irrelevantes. En Estados Unidos, los estudiantes dedican el 70% de su tiempo a asignaturas que no servirán para nada en el futuro. Además, el nivel de conocimiento de los alumnos es muy bajo. Muchos de ellos, por ejemplo, no saben quién fue Roosvelt.
    En educación, las cosas inútiles merecen la pena, mientras que las que son útiles no lo merecen. Esto puede apreciarse con el siguiente ejemplo. Si quieres ir a Harvard y tener un título tienes que pagar 70.000 dólares al año. Pero también puedes irte a vivir a Cambridge e ir a las clases de Harvard sin matricularte porque allí nadie te va a pedir un DNI, pasaporte o cualquier otro documento identificativo. Incluso, puedes acercarte a un profesor, decirle que te gusta mucho su asignatura y que quisieras poder asistir a sus clases a lo cual, con toda seguridad, te responderá que encantado y te permitirá acudir. Después de cuatro años habrías adquirido los conocimientos y te habrías ahorrado 280.000 dólares, pero no tendrías un título ni podrías utilizarlo para conseguir un empleo.
    Si alguien quiere adquirir cualificaciones que le vayan a resultar útiles tendría que encontrar profesores que fuesen estrictos. Pero lo que quieren los alumnos en Estados Unidos son profesores con asignaturas ‘marías’. Eso, sin embargo, es hacerse trampas a uno mismo y degradar el título. Pero estamos en un mundo de titulitis universitaria para poder conseguir un puesto de trabajo. A eso se le llama inflación de titulaciones. El resultado de ello es que ahora, en muchos sitios, necesitas un título universitario para ser camarero.
    ¿Qué se puede hacer ante esta situación? Ser austeros, gastar menos dinero, y así habrá menos gente con título y, así, a los empleadores no les quedará más remedio que tener en cuenta también a las personas sin título en los procesos de selección de personal. También hay que poner más peso en la formación profesional, como en Alemania o Suiza.
    Otro tema es la emigración. ¿Por qué a la gente que le gusta la libertad de mercado no le gusta la emigración? Las restricciones al libre movimiento de personas son una restricción gubernamental masiva a la libertad humana. Si un gobierno no te lo permite, no puedes vivir en un sitio. Hay mucha gente que quiere trabajar en el primer mundo que no lo consigue, porque las leyes no se lo permiten. Pero es que cuanto mayores son las diferencias de salarios entre Miami y Puerto Rico, más portorriqueños querrán ir a trabajar a Miami, generando de esta forma más riqueza para el país que los recibe.
    Muchos liberales defienden la política antiinmigración alegando que esa gente está entrando en el país de forma ilegal. También dicen que los inmigrantes musulmanes van a hacer cosas y quieren que se queden fuera. Un atentado terrorista, sin embargo, depende más de quien se queda fuera que de quien entra.
    También se dice que, si hay un estado del bienestar, tiene que haber restricciones para que sea viable, que los inmigrantes van a votar por la sharía, etc. Miltron Friedman, sin embargo, defendió la inmigración porque el saldo fiscal que implica es positivo, ya que los ingresos que aportan los inmigrantes al presupuesto público, directa e indirectamente a través de sus actividades, son mayores que los gastos que generan.
    38 min
  • Fronteras abiertas. Bryan Caplan
    El 25 de junio de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Bryan Caplan, catedrático de Economía en la Universidad George Mason y columnista de EconLog, titulada “Fronteras abiertas. Por qué el sistema educativo puede ser una pérdida de tiempo y de dinero”, en la que habló de educación y de inmigración.
    Caplan inició su intervención diciendo que todo el mundo siempre tiene la idea de que nos hace falta una educación mejor. Ahora bien, ningún político dice que estamos dilapidando el dinero que gastamos en ella, y esto es algo muy extraño. De hecho, por lo que se refiere a la educación, los economistas y los políticos siempre están de acuerdo, porque los economistas miden los beneficios financieros que obtiene el individuo y se dan cuenta de que la educación aporta un rendimiento económico en forma de mayores sueldos. Pero cuando se analiza la educación, no solemos darnos cuenta de que, la mayoría de las veces, no se nos enseña una habilidad que sirva más allá de para aprobar un examen.
    Los empresarios todavía valoran a la gente por el rendimiento que demuestran en la escuela a través de las notas, con independencia de que se trate de matemáticas, literatura o historia. Sin esas notas, no puedes ir a la universidad ni conseguir un buen trabajo. Además, si estudias latín, tienes el futuro despejado porque las grandes universidades te abren las puertas.
    El modelo de señalización de la educación dice que algunas asignaturas son útiles, como matemáticas, pero hay otras asignaturas, como música, que son irrelevantes. Sin embargo, merece la pena estudiarlas porque convencen al empresario de que eres listo, trabajas duro y eres una persona concienzuda. El colegio, en definitiva, te pone un sello en la frente y cuantos más sellos tengas, más te valorará el empresario.
    El mercado recompensa a los alumnos por hacer las cosas bien, aunque las asignaturas sean completamente irrelevantes. En Estados Unidos, los estudiantes dedican el 70% de su tiempo a asignaturas que no servirán para nada en el futuro. Además, el nivel de conocimiento de los alumnos es muy bajo. Muchos de ellos, por ejemplo, no saben quién fue Roosvelt.
    En educación, las cosas inútiles merecen la pena, mientras que las que son útiles no lo merecen. Esto puede apreciarse con el siguiente ejemplo. Si quieres ir a Harvard y tener un título tienes que pagar 70.000 dólares al año. Pero también puedes irte a vivir a Cambridge e ir a las clases de Harvard sin matricularte porque allí nadie te va a pedir un DNI, pasaporte o cualquier otro documento identificativo. Incluso, puedes acercarte a un profesor, decirle que te gusta mucho su asignatura y que quisieras poder asistir a sus clases a lo cual, con toda seguridad, te responderá que encantado y te permitirá acudir. Después de cuatro años habrías adquirido los conocimientos y te habrías ahorrado 280.000 dólares, pero no tendrías un título ni podrías utilizarlo para conseguir un empleo.
    Si alguien quiere adquirir cualificaciones que le vayan a resultar útiles tendría que encontrar profesores que fuesen estrictos. Pero lo que quieren los alumnos en Estados Unidos son profesores con asignaturas ‘marías’. Eso, sin embargo, es hacerse trampas a uno mismo y degradar el título. Pero estamos en un mundo de titulitis universitaria para poder conseguir un puesto de trabajo. A eso se le llama inflación de titulaciones. El resultado de ello es que ahora, en muchos sitios, necesitas un título universitario para ser camarero.
    ¿Qué se puede hacer ante esta situación? Ser austeros, gastar menos dinero, y así habrá menos gente con título y, así, a los empleadores no les quedará más remedio que tener en cuenta también a las personas sin título en los procesos de selección de personal. También hay que poner más peso en la formación profesional, como en Alemania o Suiza.
    Otro tema es la emigración. ¿Por qué a la gente que le gusta la libertad de mercado no le gusta la emigración? Las restricciones al libre movimiento de personas son una restricción gubernamental masiva a la libertad humana. Si un gobierno no te lo permite, no puedes vivir en un sitio. Hay mucha gente que quiere trabajar en el primer mundo que no lo consigue, porque las leyes no se lo permiten. Pero es que cuanto mayores son las diferencias de salarios entre Miami y Puerto Rico, más portorriqueños querrán ir a trabajar a Miami, generando de esta forma más riqueza para el país que los recibe.
    Muchos liberales defienden la política antiinmigración alegando que esa gente está entrando en el país de forma ilegal. También dicen que los inmigrantes musulmanes van a hacer cosas y quieren que se queden fuera. Un atentado terrorista, sin embargo, depende más de quien se queda fuera que de quien entra.
    También se dice que, si hay un estado del bienestar, tiene que haber restricciones para que sea viable, que los inmigrantes van a votar por la sharía, etc. Miltron Friedman, sin embargo, defendió la inmigración porque el saldo fiscal que implica es positivo, ya que los ingresos que aportan los inmigrantes al presupuesto público, directa e indirectamente a través de sus actividades, son mayores que los gastos que generan.
    37 min
  • Desaceleración entre profundos cambios estructurales: ¿Cómo responder desde la política?
    El 9 de mayo de 2019 tuvo lugar, en la Fundación Rafael del Pino, la conferencia de Juergen B. Donges, catedrático emérito de la Universidad de Colonia, titulada “Desaceleración entre profundos cambios estructurales: ¿cómo responder desde la política?”
    Según expuso Donges, hemos llegado al final del ciclo expansivo y hemos entrado en una senda de desaceleración económica. Esto está ocurriendo en un entorno en el que nuestras estructuras de producción se están transformando de forma vertiginosa, sobre todo de la mano de la digitalización. Esto tiene unas implicaciones muy importantes para la política económica, pero el Gobierno de España de esto todavía no se ha enterado.
    Las previsiones de los organismos internacionales y las diferentes instituciones nacionales, que se hicieron en otoño, se han revisado a la baja de forma significativa. Tenemos dos escenarios más adversos de lo inicialmente percibido. Por un lado, tenemos la moderación de la actividad global, sobre todo en China y las grandes economías emergentes. Todo esto va acompañado de una subida de los precios del petróleo, que es algo que no es normal. Esto se debe a las sanciones de Trump contra Irán, que provoca un recorte de la oferta de petróleo que no quieren compensar los demás países de la OPEP.
    Por otro lado, tenemos una enorme incertidumbre con el confuso proceso del Brexit. El parlamento británico no es capaz de definir lo que quiere. Tenemos también el futuro incierto de Italia y las tensiones comerciales de la UE con Estados Unidos. Además, tenemos una bomba de relojería, que es el enorme nivel de endeudamiento público en la economía global. Estamos en el 235% del PIB. Esto no es sostenible en el tiempo, porque hay que pagar intereses, amortizar la deuda, refinanciarla. Los gobiernos, sin embargo, todavía no han tomado nota de este problema.
    El crecimiento del PIB en la Eurozona podría moderarse este año hasta el 1% o, incluso, menos. Estamos en una desaceleración acentuada. Lo que tranquiliza es que la actividad que tenemos viene de la mano de la demanda interna, gracias al buen tono del mercado laboral y de las subidas salariales que se observan en los países del euro. También la apoyan los bajos tipos de interés y la reducción de la tasa de paro.
    La desaceleración afecta a los cuatro grandes países de la Eurozona. España todavía registra una tasa de crecimiento notable, del entorno del 2,4%, pero es más por inercia que por la actuación de factores positivos porque todos ellos están empeorando: el ahorro, el consumo, las inversiones, la cuenta corriente, el empleo en el sector privado, la productividad laboral, … Todo va en una dirección negativa, a lo que hay que añadir una política económica y fiscal que va en mala dirección. No son tiempos para aumentar el empleo público. Es un disparate revalorizar las pensiones con el IPC. Y es un mayor disparate aún anunciar subidas de impuestos. Esto va a pasar factura.
    Francia, con un 1,3%, se mantiene como estaba. Italia va camino al estancamiento y está inmersa en una trampa de excesivo endeudamiento. Lo más preocupante es el enfriamiento de la actividad económica alemana, que es más acentuado del que se esperaba. Hay tres causas de la desaceleración alemana: la disminución de las exportaciones; el sector del automóvil alemán, que no se adaptó a la normativa comunitaria de emisiones de dióxido de carbono, y la carencia de mano de obra cualificada, consecuencia del problema demográfico y de permitir la jubilación anticipada a los 63 años. Sin embargo, no vamos a una recesión en Alemania ni en la zona euro, porque tenemos una demanda interna robusta.
    El problema fundamental es a qué velocidad puede crecer una economía. Esta depende del potencial de crecimiento de una economía. Este potencial en la Eurozona se ha convertido en un problema porque está creciendo de forma muy moderada, del orden del 1,2% o 1,3% al año y con tendencia a la baja. En Estados Unidos, en cambio, el potencial de crecimiento está aumentando del orden del 2% anual y con tendencia al alza. En otras palabras, no estamos en un escenario keynesiano, en el sentido de que falta demanda, sino en un problema de oferta en nuestra economía. Los políticos, sin embargo, actúan como si estuviéramos en un escenario keynesiano. Todos ellos hablan de que necesitamos estímulos fiscales, pero si no hay capacidad productiva en las empresas, esos estímulos no aumentan la actividad económica. Además, estas políticas fiscales necesitan tiempo para que se pongan en marcha y, normalmente, llegan justo cuando ya no hacen falta. El otro problema es que estamos en una economía abierta, globalizada. La política fiscal expansiva, en este contexto, no funciona porque genera demanda en el resto del mundo y crea más déficit en el país.
    Por lo que se refiere a la política monetaria, esta no tiene margen de acción porque el BCE no puede bajar unos tipos de interés que ya están al 0%. Estamos atrapados en una trampa de liquidez a la japonesa. El BCE quiere mantener los tipos de interés bajos, dar sustanciosas inyecciones de liquidez, etc., pero hay un problema fundamental. Esa mayor oferta de crédito no se traduce automáticamente en una mayor demanda de crédito por parte de los hogares y las empresas. La opción de tipos de interés negativos tampoco es viable a no ser que se elimine el dinero en efectivo, porque entonces los depositantes no se pueden escapar. Es decir, no hay margen de actuación en política monetaria.
    El asunto más fundamental es el de los problemas de fondo que lastran la economía por el lado de la oferta. Por un lado, en todos los países de la zona euro tenemos cuellos de botella en infraestructuras económicas vitales, especialmente en las relacionadas con la digitalización, pero también en otras infraestructuras, debido a la reducción del gasto público en infraestructuras para hacer los ajustes presupuestarios. Esto ha reducido el potencial de crecimiento. La productividad laboral es demasiado baja a pesar del avance tecnológico, porque carecemos de sistemas educativos y de formación profesional adecuados, sobre todo en competencias digitales. Por último, tenemos el problema de la contracción demográfica. Para solucionar esto tendríamos que hacer tres cosas. Una es aumentar la tasa de participación de las mujeres en la actividad. También retrasar la edad de jubilación efectiva. Y, por último, gestionar la inmigración con criterios de eficiencia en términos de cualificaciones profesionales.
    Sin cambios en la estructura productiva, no puede haber crecimiento económico sostenido porque, por un lado, tenemos cambios que vienen por los avances tecnológicos, pero también por cambios en la demanda a medida que aumenta nuestro bienestar. A esto se añaden los cambios porque, en los tiempos de la globalización, aparecen nuevos oferentes. El proceso de digitalización va a acentuar esto.
    Siempre que ha habido cambios en el sistema productivo, han aparecido previsiones apocalípticas sobre el crecimiento, el empleo, etc. pero nunca ha sido así. Si las sociedades se han adaptado a estos cambios estructurales, todo ha ido mejor. El factor fundamental es la investigación y desarrollo, el I+D. Hoy la tecnología se crea en el seno de las sociedades, por investigación básica en las universidades, por investigación aplicada en las empresas y por formación del capital humano. Esto es lo que produce tecnología nueva. Para que esto funcione, debemos tener mercados abiertos, no proteccionismo. Si queremos aprovechar el dividendo tecnológico, tendremos que tener libertad económica. Son los emprendedores los que aportan valor añadido a la sociedad y lo harán cuantas menos restricciones tengan.
    ¿Cuáles son las restricciones que tenemos en la Unión Europea? La primera, que no tenemos un mercado de capital riesgo, nada comparable con Estados Unidos. Tampoco tenemos una Unión Europea de capitales. La segunda es la administración pública, una entidad que nos complica las cosas. Todavía no aprovecha el potencial de la digitalización para agilizar procesos.
    En estos procesos de cambio, unos salen beneficiados y otros perjudicados, pero hay que explicar qué es lo que está pasando y por qué. Se benefician las personas con cualificación profesional que se corresponda con las necesidades cambiantes del mercado laboral. Aquí necesitamos mercados laborales flexibles, porque no sabemos cuáles son las nuevas profesiones. Por eso, hay que saber adaptarse. Los perjudicados son las personas de poca cualificación, o de cualificación obsoleta, o los jóvenes que ni estudian, ni trabajan, ni reciben una formación profesional. Pero si los jóvenes no quieren formarse, no hay población activa cualificada. Por eso es tan importante que el estado aplique políticas activas de empleo, tener un sistema educativo de calidad y una política activa de mercado de trabajo. Lo que no funciona son soluciones populistas, como el salario mínimo o las regulaciones que dificultan el despido.
    El problema del salario mínimo es que no se puede decretar a cuántas personas emplean las empresas con ese salario mínimo. Las empresas comparan el salario con la productividad, y si no cuadra, se despide al trabajador y se le sustituye por una máquina. Es una de las consecuencias de subir demasiado el salario de las personas con productividad baja. Y si se intenta regular demasiado el mercado de trabajo, las empresas pueden reaccionar con la deslocalización de la producción. Si no queremos esos procesos, entonces habrá que tener mucho cuidado en no encarecer artificialmente la mano de obra.
    Frente a esos cambios estructurales profundos, la posición en Europa es la de crear grandes campeones nacionales desde las esferas estatales. Esta es la política oficial del gobierno federal alemán y del señor Macron con su gobierno francés, sabiendo que esto nunca ha funcionado. No funciona porque el estado, o los funcionarios, no saben qué es lo que se necesita en el futuro. Lo único que se produce es un derroche de recursos públicos. Es mucho más inteligente utilizar el mecanismo descentralizado de generación y diseminación de conocimientos, esto es, el mercado. Así es como funciona Silicon Valley. Sus grandes empresas no son fruto del estado, sino de la creatividad privada de los individuos.
    Lo que necesitamos son políticas de largo alcance. Implica reformas estructurales de calado, dentro de un marco de cultura de investigación, innovación, educación. También, una política monetaria que restaure la función de los tipos de interés. Asimismo, la sostenibilidad de las finanzas públicas a través de la racionalización del gasto, la supresión de los gastos superfluos, un sistema tributario eficiente con prioridad en los impuestos indirectos y nada de nuevas figuras impositivas tecnológicas. Entonces, la actual desaceleración podría ser transitoria.
    Sea como fuere, si se quieren generar dinámicas de crecimiento sostenible, es inexorable que las empresas y la población activa se adaptan con rapidez al nuevo entorno tecnológico. Eso para por la educación y porque las políticas económicas apoyen estos procesos de adaptación.
    1 hr 6 min
  • El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden global Ngaire Woods, versión en español
    Hace unos años, nadie se preocupaba por el futuro de la democracia, o por el del orden económico internacional. Desde que cayó la Unión Soviética a principios de la década de 1990, todo el mundo pensaba que la victoria de la democracia liberal y la economía de mercado eran absolutas, que ya no habría marcha atrás en ese sentido, y los políticos se instalaron en la autocomplacencia. Hoy, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha suscitado el temor de que su política acelere la fractura del orden internacional y, además, ponga en peligro la propia democracia estadounidense.
    Esta situación no es específica de Estados Unidos. La ola populista que ha llevado a Trump a la presidencia de la primera potencia mundial se repite, con mayor o menor intensidad, en otros países occidentales. En el Reino Unido, por ejemplo, se ha dejado sentir especialmente con el Brexit, mientras que en Francia la amenaza es que el Frente Nacional llegara a ganar las elecciones presidenciales. Estamos, por tanto, ante una situación difícil y complicada. Sin embargo, también nos hallamos ante una oportunidad extraordinaria para que las democracias empiecen a pensar en su reforma, lo mismo que el orden económico internacional, el cual debe apoyarlas. Eso es lo que piensa Ngaire Woods, década de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Oxford.
    Woods estuvo en la Fundación Rafael del Pino el 19 de febrero de 2018, para pronunciar una conferencia sobre “El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden mundial” en la que analizó este problema. Para ella, la raíz de este se encuentra en la complacencia tremenda en la que se instaló la clase política tras la caída de la Unión Soviética. Los políticos, entonces, dejaron de escuchar a los ciudadanos y se olvidaron de que la democracia es un proyecto que debe implicar a todos.
    La crisis financiera internacional cambió todo y supuso un antes y un después. Que una crisis financiera local, como la de las hipotecas ‘subprime’, se convirtiera en una global; que, además, surgiera en el epicentro del sistema, dejó patente que el sistema no funcionaba, de que el modelo se había roto. Como consecuencia, los países en desarrollo, que antes miraban a Occidente para ver qué pasaba en Estados Unidos o Europa Occidental, ahora ya no se preguntan qué sucede en esas áreas del mundo. Ahora lo que les preocupa es lo que ocurre en y con países como China o Singapur, algo impensable hace una década.
    Hoy, el modelo global se cuestiona debido a la ausencia de una regulación financiera mundial, algo necesario cuando las relaciones e interdependencias que han surgido como consecuencia de la globalización convierten en crisis internacionales lo que antes eran problemas locales. Y eso supone un objeto de preocupación porque la historia de los últimos cien años nos ha enseñado que después de una crisis global aumenta el apoyo hacia los partidos de corte populista, como sucede ahora.
    También es preciso añadir el deterioro de las expectativas de la gente. En el pasado, todo el mundo esperaba que su nivel de vida mejorase con el paso del tiempo e, incluso, que, gracias a ello, los hijos pudieran llegar a vivir mejor que los padres. Hoy, en cambio, esas expectativas no solo no se ven satisfechas, sino que la gente está asistiendo al declive de su nivel de vida. El cambio tecnológico y la globalización se han traducido, para muchas personas, en el estancamiento de su poder adquisitivo o, peor aún, en su disminución, con lo que su nivel de vida ha empeorado. Y esas personas votan.
    Como consecuencia de ello, cuando se estudia cómo vota la gente, se aprecia un mensaje claro de desconfianza hacia el establishment, pero también el deseo de vivir mejor frente al empeoramiento de las condiciones de vida. Un ejemplo claro es lo que sucede en Estados Unidos, donde está aumentando la mortalidad infantil a causa de la reducción del gasto público en sanidad, mientras la esperanza de vida se reduce, en especial para los blancos.
    Quienes apoyan a los populistas, quienes le dan su voto, no son los más pobres, sino unas clases medias a las que se les ha arrebatado el sueño americano, y que ven cómo el poder político solo se preocupa de las minorías, no de la clase media. En esta situación, el ambiente político y social se enrarece, se revoluciona. La cuestión es si esa revolución fortalecerá a la democracia o la debilitará.
    Si queremos fortalecer la democracia, el establishment político deberá aprender tres lecciones de los populistas, tres cosas que hacen bien estas organizaciones. En primer lugar, los populistas hablan el lenguaje de la gente, se refieren a sus problemas, apelan a sus sentimientos. El establishment no actúa así, lo que demuestra lo lejos que se encuentra de la gente, de sus problemas, lo poco que se preocupa por ello.
    En segundo término, los populistas usan mensajes simples y directos, aunque a menudo son simplistas y falsos. Pero se dirigen directamente a la gente, lo que lleva a la tercera lección. A través de ese lenguaje, los populistas envían un mensaje de transformación, de salvación, para movilizar una energía poderosa. Los políticos deben aprender rápidamente de los populistas acerca de cómo comunicar con la gente.
    Ahora bien, cuando los políticos se decantan por el populismo y, además, dañan las instituciones fundamentales, como la independencia de los jueces o el imperio de la ley, eso resulta muy peligroso para el futuro de la democracia, porque se supone que en una democracia todos somos iguales ante la ley.
    Otro peligro relacionado con el populismo es la defensa que este movimiento hace de la democracia directa, que suele adoptar la forma de convocatoria de referéndums. Frente a ello, hay que tener en cuenta que muchas decisiones políticas son difíciles, e implican elecciones que resultan en la aparición de ganadores y perdedores. Pero los gobiernos toman esas decisiones porque es su obligación y deben asumir su responsabilidad, sin olvidar que la democracia implicar estar en un proceso constante de consulta con los ciudadanos, y después tomar decisiones. Esto es todo lo contrario de lo que supone y representa un referéndum, en el cual el convocante elude la responsabilidad de gobernar.
    El desafío populista es un desafío al imperio de la ley, que costó cientos de años desarrollar. Pero también es una oportunidad para renovar las democracias porque los partidos políticos tradicionales están colapsando. Esto abre espacio para el surgimiento de una nueva clase de políticos que sepa escuchar a la gente.
    La cuestión es cómo pueden sobrevivir las democracias en un periodo de fractura global. La globalización, el cambio tecnológico y el empobrecimiento que suponen para una serie de personas, así como la inmigración, están dando lugar al auge del nacionalismo.
    37 min
  • El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden global Ngaire Woods, english version
    Hace unos años, nadie se preocupaba por el futuro de la democracia, o por el del orden económico internacional. Desde que cayó la Unión Soviética a principios de la década de 1990, todo el mundo pensaba que la victoria de la democracia liberal y la economía de mercado eran absolutas, que ya no habría marcha atrás en ese sentido, y los políticos se instalaron en la autocomplacencia. Hoy, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha suscitado el temor de que su política acelere la fractura del orden internacional y, además, ponga en peligro la propia democracia estadounidense.
    Esta situación no es específica de Estados Unidos. La ola populista que ha llevado a Trump a la presidencia de la primera potencia mundial se repite, con mayor o menor intensidad, en otros países occidentales. En el Reino Unido, por ejemplo, se ha dejado sentir especialmente con el Brexit, mientras que en Francia la amenaza es que el Frente Nacional llegara a ganar las elecciones presidenciales. Estamos, por tanto, ante una situación difícil y complicada. Sin embargo, también nos hallamos ante una oportunidad extraordinaria para que las democracias empiecen a pensar en su reforma, lo mismo que el orden económico internacional, el cual debe apoyarlas. Eso es lo que piensa Ngaire Woods, década de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Oxford.
    Woods estuvo en la Fundación Rafael del Pino el 19 de febrero de 2018, para pronunciar una conferencia sobre “El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden mundial” en la que analizó este problema. Para ella, la raíz de este se encuentra en la complacencia tremenda en la que se instaló la clase política tras la caída de la Unión Soviética. Los políticos, entonces, dejaron de escuchar a los ciudadanos y se olvidaron de que la democracia es un proyecto que debe implicar a todos.
    La crisis financiera internacional cambió todo y supuso un antes y un después. Que una crisis financiera local, como la de las hipotecas ‘subprime’, se convirtiera en una global; que, además, surgiera en el epicentro del sistema, dejó patente que el sistema no funcionaba, de que el modelo se había roto. Como consecuencia, los países en desarrollo, que antes miraban a Occidente para ver qué pasaba en Estados Unidos o Europa Occidental, ahora ya no se preguntan qué sucede en esas áreas del mundo. Ahora lo que les preocupa es lo que ocurre en y con países como China o Singapur, algo impensable hace una década.
    Hoy, el modelo global se cuestiona debido a la ausencia de una regulación financiera mundial, algo necesario cuando las relaciones e interdependencias que han surgido como consecuencia de la globalización convierten en crisis internacionales lo que antes eran problemas locales. Y eso supone un objeto de preocupación porque la historia de los últimos cien años nos ha enseñado que después de una crisis global aumenta el apoyo hacia los partidos de corte populista, como sucede ahora.
    También es preciso añadir el deterioro de las expectativas de la gente. En el pasado, todo el mundo esperaba que su nivel de vida mejorase con el paso del tiempo e, incluso, que, gracias a ello, los hijos pudieran llegar a vivir mejor que los padres. Hoy, en cambio, esas expectativas no solo no se ven satisfechas, sino que la gente está asistiendo al declive de su nivel de vida. El cambio tecnológico y la globalización se han traducido, para muchas personas, en el estancamiento de su poder adquisitivo o, peor aún, en su disminución, con lo que su nivel de vida ha empeorado. Y esas personas votan.
    Como consecuencia de ello, cuando se estudia cómo vota la gente, se aprecia un mensaje claro de desconfianza hacia el establishment, pero también el deseo de vivir mejor frente al empeoramiento de las condiciones de vida. Un ejemplo claro es lo que sucede en Estados Unidos, donde está aumentando la mortalidad infantil a causa de la reducción del gasto público en sanidad, mientras la esperanza de vida se reduce, en especial para los blancos.
    Quienes apoyan a los populistas, quienes le dan su voto, no son los más pobres, sino unas clases medias a las que se les ha arrebatado el sueño americano, y que ven cómo el poder político solo se preocupa de las minorías, no de la clase media. En esta situación, el ambiente político y social se enrarece, se revoluciona. La cuestión es si esa revolución fortalecerá a la democracia o la debilitará.
    Si queremos fortalecer la democracia, el establishment político deberá aprender tres lecciones de los populistas, tres cosas que hacen bien estas organizaciones. En primer lugar, los populistas hablan el lenguaje de la gente, se refieren a sus problemas, apelan a sus sentimientos. El establishment no actúa así, lo que demuestra lo lejos que se encuentra de la gente, de sus problemas, lo poco que se preocupa por ello.
    En segundo término, los populistas usan mensajes simples y directos, aunque a menudo son simplistas y falsos. Pero se dirigen directamente a la gente, lo que lleva a la tercera lección. A través de ese lenguaje, los populistas envían un mensaje de transformación, de salvación, para movilizar una energía poderosa. Los políticos deben aprender rápidamente de los populistas acerca de cómo comunicar con la gente.
    Ahora bien, cuando los políticos se decantan por el populismo y, además, dañan las instituciones fundamentales, como la independencia de los jueces o el imperio de la ley, eso resulta muy peligroso para el futuro de la democracia, porque se supone que en una democracia todos somos iguales ante la ley.
    Otro peligro relacionado con el populismo es la defensa que este movimiento hace de la democracia directa, que suele adoptar la forma de convocatoria de referéndums. Frente a ello, hay que tener en cuenta que muchas decisiones políticas son difíciles, e implican elecciones que resultan en la aparición de ganadores y perdedores. Pero los gobiernos toman esas decisiones porque es su obligación y deben asumir su responsabilidad, sin olvidar que la democracia implicar estar en un proceso constante de consulta con los ciudadanos, y después tomar decisiones. Esto es todo lo contrario de lo que supone y representa un referéndum, en el cual el convocante elude la responsabilidad de gobernar.
    El desafío populista es un desafío al imperio de la ley, que costó cientos de años desarrollar. Pero también es una oportunidad para renovar las democracias porque los partidos políticos tradicionales están colapsando. Esto abre espacio para el surgimiento de una nueva clase de políticos que sepa escuchar a la gente.
    La cuestión es cómo pueden sobrevivir las democracias en un periodo de fractura global. La globalización, el cambio tecnológico y el empobrecimiento que suponen para una serie de personas, así como la inmigración, están dando lugar al auge del nacionalismo.
    El mundo, además, necesita que haya un país central, como lo ha sido Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Por desgracia, está abandonando ese papel, sin tener en cuenta, incluso, las consecuencias que le puede acarrear al país. Lo vemos porque antes Latinoamérica siempre miraba a EEUU, pero ahora lo hace hacia China. También, porque Estados Unidos ha demostrado que ya no se puede confiar en la lógica que respalda sus intereses. No obstante, EEUU pronto se dará cuenta de que necesita cooperar porque ningún país sale adelante por sí solo. La globalización ha mundializado las oportunidades, pero también las responsabilidades y eso hace que sea precisa la cooperación internacional y el apoyo a las democracias.
    37 min
  • Tus tres superpoderes para lograr una vida más sana próspera y feliz. Mario Alonso Puig
    El lunes 8 de abril tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Mario Alonso Puig titulada “Tus tres superpoderes para lograr una vida próspera y feliz”, con motivo de la presentación de su nuevo libro, que lleva el mismo título.
    Mario Alonso Puig, fellow en cirugía por la Harvard University Medical School y presidente del IE University Center for Health, inició su intervención preguntándose cuál es el mejor tipo de vida que podemos llegar a experimentar. De esa pregunta nació su nuevo libro, que busca ayudar a que una persona experimente en esta vida una mejora en su nivel de salud física y mental, de prosperidad, de bienestar y de felicidad.
    1 hr 7 min
  • Conferencia Magistral Jeremy Adelman, versión en español
    La Fundación Rafael del Pino, organizó, el 30 de enero de 2019, la Conferencia Magistral”Interdependencia global y libertad de movimiento transfronterizo de las personas. Un análisis en perspectiva histórica” que impartió Jeremy Adelman.
    El profesor Jeremy Adelman se incorporó a la Universidad de Princeton al concluir sus estudios de posgrado en la London School of Economics and Political Science y la Universidad de Oxford. En Princeton es catedrático de historia Henry Charles Lea, director del Global History Lab y presidente del Consejo editorial de Princeton University Press; con anterioridad fue presidente del Departamento de Historia -durante cuatro años- y fundador del Council for International Teaching and Research. Sus últimos libros son Sovereignty and Revolution in the Iberian Atlantic (Princeton, Princeton University Press, 2009), Worldly Philosopher. The Odyssey of Albert O. Hirschman (Chapel Hill, The University of North Carolina Press, 2012) y, como coautor, Worlds Together, Worlds Apart (Nueva York, Norton, 2013).
    52 min

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La Fundación Rafael del Pino, con el objetivo de contribuir a la mejora de los conocimientos de los dirigentes españoles, organiza Conferencias Magistrales en las que participan destacadas…

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