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Javier Moldón, radioastrónomo del Instituto de Astrofísica de Andalucía, nos invita hoy a viajar más de 400 millones de años luz hasta pequeña galaxia que, hasta el 7 de marzo de 2020, no había mostrado ninguna característica especial. Pero todo cambió aquel día cuando los astrónomos se vieron sorprendidos por un fogonazo de energía procedente de la galaxia. Pronto se confirmó que se trataba de una supernova, un fenómeno catastrófico que desprendió en unos momentos tanta energía como la galaxia entera. Pero no era una supernova corriente, sino un sistema doble, cuyas características han sido analizadas estudiando la señal de radio procedente de la explosión. Los resultados han sido publicados en la revista Nature por un grupo de investigadores entre los que figura Javier Moldón.
Aquellos que, como yo, aprendimos cuáles eran componentes del Sistema Solar en la escuela, por entonces se llamaba “escuela”, recordamos de memoria los 9 planetas, que 9 eran en aquellos tiempos, y poca cosa más. A lo sumo nos enseñaban que entre Marte y Júpiter había pedruscos sueltos que llamaban asteroides y que, de vez en cuando, nos visitaba un cometa. Ahora todo ha cambiado. Los planetas son 8, Plutón ha descendido a una nueva categoría, y el Sistema Solar se ha visto incrementado con una enorme cantidad de cuerpos que tienen nombres extraños, como Eris, Sedna, Haumea, Quaoar, Makemake,… y estos son solamente algunos de los más grandes, los más pequeños se cuentan por miles y siguen aumentando en número cada día gracias a las nuevas observaciones con poderosos telescopios. Ahora, con la llegada del Telescopio Espacial James Webb (JWST), los descubrimientos se acumulan y su estudio es un reto al que se enfrentan investigadores como Noemí Pinilla Alonso, Científica asociada en Ciencia Planetaria en el Florida Space Institute de la Universidad Florida Central en Orlando, Estados Unidos. Noemí Pinilla es responsable del proyecto DiSCo que estudia la composición de la superficie de 59 objetos transneptunianos con el JWST. Os invitamos a escucharla.
En el Estrecho de Gibraltar, las aguas del Océano Atlántico penetran en las del mar Mediterráneo y comienzan un camino que recorre los más de 3.800 kilómetros que lo separan de las costas asiáticas de Oriente Medio. En el camino se sitúa el estrecho de Sicilia, una barrera de poca profundidad entre dos cuencas muy profundas, la occidental, situada en el Golfo de Leon, y la oriental formada por el mar Egeo y Levantino. En su camino de vuelta, superado el estrecho de Sicilia, las aguas vuelven al Atlántico y se cierra el ciclo. Ese intercambio de agua entre el océano y el mar viene sucediendo desde los tiempos más remotos, aunque, como hoy nos cuenta nuestro invitado, Sergi Trías Navarro, sufre variaciones que quedan reflejadas en los sedimentos acumulados en el fondo de las aguas mediterráneas. Los investigadores han recogido muestras de los sedimentos del fondo marino y las han analizado, capa a capa, como si de las páginas de un libro de historia se tratara, la historia que conecta el Mar Mediterráneo con el clima de la Tierra.
Hace 66 millones de años, una catástrofe de dimensiones planetarias acabó con la mayoría de los seres vivos de la Tierra. Los dinosaurios se extinguieron y, cuando las condiciones mejoraron, las criaturas supervivientes comenzaron a proliferar y ocupar los ecosistemas. Así comenzó así una nueva era, el Cenozoico, conocida también como la “era de los mamíferos”. En pocos millones de años, los enormes espacios, vacíos de grandes dinosaurios herbívoros, pasaron estar ocupados por mamíferos, algunos de los cuales evolucionaron hacia especies muy grandes, los megaherbívoros. Veinte millones de años después de la catástrofe, por las praderas de Asia y América pastaban los brontoterios, unos animales enormes, semejantes a los rinocerontes, equipados con cuernos en forma de Y, cuyos fósiles han sido estudiados ahora para buscar el camino evolutivo que los llevó a convertirse en verdaderos gigantes. El resultado del estudio ha sido publicado en la revista Science y su principal autor es nuestro invitado en Hablando con Científicos, Oscar Sanisidro.
Nuestros más grandes telescopios tienen un alcance limitado cuando observan el Universo más alejado de nosotros y, a su vez, más cercano al Big Bang. No obstante, en ciertas ocasiones, la suerte hace que una galaxia lejana curve la radiación de un objeto mucho más alejado que ella y la concentre hacia nosotros como se fuera la lente de un inmenso telescopio. Estas fortuitas alineaciones, conocidas como lentes gravitatorias o gravitacionales, suelen proporcionar imágenes distorsionadas de objetos que, de otra manera, sería imposible observar. Cuando la distorsión del objeto lejano toma forma de anillo se conoce como “Anillo de Einstein”. Esas imágenes proporcionan información de la materia visible, pero, según las teorías más aceptadas, la mayor parte de la materia nadie sabe de qué está compuesta ni se ha podido detectar, a pesar de ser siete veces más abundante que la materia ordinaria. Es lo que se conoce como materia oscura. Un artículo, publicado en Nature Astronomy, estudia anillos de Einstein modulados por materia oscura a partir del estudio de tres imágenes de un mismo objeto producidas por una lente gravitatoria. El trabajo ha sido realizado por un extenso grupo de investigadores entre los que figura José María Diego, investigador del CSIC en el instituto de física de Cantabria.
La décima parte de la superficie de la Tierra está cubierta de nieve y hielo. La mayor cantidad de toda esa agua helada está acumulada en la Antártida y en Groenlandia, el resto se encuentra en más de 200.000 glaciares repartidos por muy distintos lugares del planeta. Últimamente se habla mucho de las masas heladas y de su comportamiento ante el aumento de temperaturas que está provocando el cambio climático, pero la respuesta de los glaciares no es fácil de conocer porque depende de muchos factores, unos factores que científicos, como nuestro invitado, Francisco Navarro, glaciólogo, catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, llevan muchos años estudiando. Hoy os invitamos a conocer qué son los glaciares, cómo son de diversos y cómo esa diversidad responde de muy distinta manera ante las variaciones externas.
Las criaturas evolucionan de una manera sorprendente cuando viven durante mucho tiempo en islas remotas y sin contacto posible con otras criaturas de su misma especie existentes en los continentes. En la Isla indonesia de Komodo, por ejemplo, vive el lagarto más grande el mundo, tan grande que es conocido como el “dragón de Komodo”. Pero hay otros casos de gigantismo insular, se sabe que existieron aves enormes, como la moa de Hawaii, ratas gigantes en la isla de Tenerife, etc. En contraste, conocemos otras criaturas que evolucionaron en sentido opuesto, aunque la mayoría se han extinguido, como el elefante enano de la isla de Sicilia, que en estado adulto apenas alcanzaba los 90 centímetros, y también se han encontrado restos de hipopótamos enanos e, incluso, el género homo tiene su representante en esta familia de pequeño tamaño: el Homo floresiensis, antiguo habitante de la isla indonesia de Flores. Ana Benítez López, investigadora del Museo Nacional de Ciencias Naturales, habla de la “Regla de la Isla”, una hipótesis que da una explicación general de las trayectorias evolutivas caracterizadas por el gigantismo en los animales pequeños y el enanismo en los animales grandes en las islas.
Predecir el clima futuro es un reto impresionante que los científicos afrontan utilizando modelos teóricos elaborados y ajustados con datos reales presentes y pasados. Durante las décadas recientes, gracias a los grandes avances de la instrumentación terrestre y espacial, se tiene datos en abundancia, pero no así del clima de tiempos más remotos. Una forma de conocer cómo se comportó el clima en el pasado consiste en analizar los restos acumulados en los sedimentos de los lagos. En un reciente trabajo, publicado en Nature Geoscience, la investigadora y profesora de la Universidad Royal Holloway de Londres, Celia Martín Puertas y sus colegas muestran los resultados del estudio de los registros del clima almacenados durante 10.500 años en el fondo de un pequeño lago en el centro este de Inglaterra, de nombre Diss Mere.
Desde que el Telescopio Espacial Hubble se puso en órbita en 1990, no ha dejado de sorprendernos con impactantes imágenes del Universo. No obstante, como sucede con cada instrumento de observación astronómica creado desde que Galileo apuntó por primera vez su telescopio al firmamento, las observaciones del Hubble también dejan entrever objetos astronómicos demasiado lejanos y difusos que invitan a pensar en la existencia de otros muchos que escapan a sus posibilidades de observación. Algunos de esos objetos dejan una débil señal que los científicos interpretan como galaxias y que reciben el nombre de “Galaxias oscuras para el Hubble”. El 25 de diciembre de 2021 se lanzó al espacio el Telescopio Espacial James Webb (JWST), el más poderoso observatorio astronómico espacial hasta la fecha. Como sucedió tantas veces anteriormente, las imágenes obtenidas con el nuevo instrumento están impactando a la comunidad científica, y no científica. Ahora, Pablo G. Pérez González (CAB) y un extenso grupo de científicos acaban de publicar en revista científica The Astrophysical Journal Letters un artículo que muestra cómo es el universo de galaxias visto por el JWST.
La investigadora Saioa Arquero Campuzano explicaba en un programa anterior que la Tierra se comporta como un inmenso imán cuyos polos se mueven con el tiempo. Así aprendimos que el campo magnético terrestre no solamente varía en dirección sino en intensidad y sus variaciones han quedado reflejadas en diminutas partículas imantadas que, a modo de pequeñísimas brújulas, han ido quedando atrapadas en los sedimentos a lo largo de la historia de nuestro planeta. Hoy volvemos a contar con Saioa a raíz de la publicación de dos nuevas investigaciones que aportan información sobre el comportamiento del campo magnético terrestre. La primera estudia ciertas variaciones del campo magnético que han tenido lugar durante los últimos 3.500 años de historia. Esas variaciones, lejos de ser suaves, presentan impulsos tanto en dirección como intensidad, conocidos como arqueojerks. El segundo trabajo analiza los efectos de una tormenta geomagnética de intensidad moderada que alcanzó a la Península Ibérica y el norte de Africa el 26 y 27 de febrero de 2014.
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