LA MUJER MUERTA, SEGOVIA: LA TRAGEDIA DE AVIACO; LA AZAFATA DE MONTJUIC.
Hoy, en Radio Trail, quiero detenerme en las historias que guarda nuestra Sierra de Guadarrama. La tradición explica la silueta de la Mujer Muerta con una madre que entrega su vida para reconciliar a sus hijos, una princesa asesinada cuyo recuerdo Hércules esculpe en la montaña, una dama que muere al interponerse en un duelo y una joven víctima de los celos de un pastor. Al recorrer mi ruta de la Mujer Muerta Segovia trail 20K, desde Cercedilla hacia La Pinareja y Peña del Oso, me gusta recordar que estos paisajes también se leen a través de sus leyendas.
Una tragedia real, con 21 muertos en 1958.
Pero el 4 de diciembre de 1958 llegó una tragedia con fecha y nombres propios. Un Languedoc de Aviaco que volaba de Vigo a Madrid se estrelló en el sector del Pasapán: murieron sus dieciséis pasajeros y cinco tripulantes. Entre ellos estaba María Isabel Sastre Bernal, Maribel, azafata barcelonesa de dieciocho años.
Décadas después, su tumba en Montjuïc llevó a Edwin Winkels a investigar aquellas vidas y escribir "El último vuelo". Me conmueve pensar en esa muchacha que había conseguido cumplir su deseo de volar. La busqueda del avión desaparecida entre la ventisca se demoró casi dos días, por lo que cabe la posibilidad de que la joven azafata, cuyo cadáver fue el único encontrado fuera del fuselake y recostado sobre una piedra sobreviviera al impacto y muriera después de frío esperando un rescate que no logró llegar a tiempo.
El pastor Luciano Otero, de Ortigosa del Monte fue quien al fin encontró el avión entre la nieve. Su testimonio de 1958 hiela la sangre todavía: «Hacía un viento enorme. Los ojos se cegaban continuamente por las ventiscas». El temporal obligó a aplazar la evacuación. El domingo 7, vecinos, montañeros, Cruz Roja, guardias civiles y militares bajaron los cuerpos con unos veinte mulos y, donde hacía falta, a hombros. Los primeros cuerpos llegaron a La Paridera hacia las doce y media; el último, alrededor de las cinco.
Como montañero, quiero recordar también a quienes hicieron posible aquel arriesgado y trágico descenso. Cuando volvamos a correr por estas laderas, concedamos un instante de recuerdo a Maribel y a las otras veinte personas que nunca llegaron a Madrid. Y todos, recordemos que un día radiante de sol y cielo azul en estas montañas puede alternar con una ventisca gélida capaz de derribar un avión.
Sergio Garasa Mayayo