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Cuando miramos hacia atrás en el tiempo, he intentamos imaginar a los habitantes de la Tierra hace 100 millones de años, inevitablemente pensamos en los dinosaurios. Sin embargo, aquellos enormes y magníficos animales no eran los únicos, como sucede ahora, nuestro planeta estaba habitado por una enorme diversidad de especies de todos los tipos y tamaños. Hoy vamos a romper con esa tradición, con la guía de nuestros invitados Juan D. Daza y Arnau Bolet presentamos a una criatura pequeña, de apenas unos cinco centímetros de longitud en estado adulto, que, a pesar de tener una lengua balística que proyectaba a gran velocidad y distancia para captura a sus presas, como hacen los camaleones, no era un reptil ni estaba emparentado con ellos, era un anfibio albanerpetóntido más parecido a las salamandras. El fósil fue encontrado en ámbar de 99 millones de años de antigüedad.
Viajamos en el espacio y en el tiempo hasta los confines del Universo para observar un objeto que figura entre los más energéticos y violentos del Cosmos. El objeto, identificado como 4FGL J1219.0+3653 está situado a más de 12.000 millones de años-luz de nosotros. Se trata de un blázar, es decir, una galaxia activa con un agujero negro supermasivo rodeado de un enorme disco de materia que va cayendo hacia él. El agujero negro engulle la materia de su alrededor y emite un haz de partículas y radiación que apunta hacia la Tierra. Esa particular orientación ha permitido que el blázar sea detectado y estudiado con el Gran Telescopio de Canarias (GTC), un estudio que aporta datos que desafían los conocimientos sobre la evolución cósmica de los blázares y de las galaxias activas en general. Hablamos con Alberto Domínguez, investigador del Instituto de Física del Cosmos y Partículas (IPARCOS) de la UCM.
Un concierto de rock multitudinario donde la muchedumbre salta y baila al ritmo de la música, un partido de fútbol en el que la afición se levanta al unísono para celebrar el gol de su equipo o las explosiones de los cohetes durante una sesión de fuegos artificiales son eventos que producen algo más que alegría, hacen que la tierra tiemble bajo nuestros pies. Cuando oímos hablar de movimientos sísmicos, pensamos en terremotos y vibraciones del terreno debidas a la liberación de fuertes tensiones en ciertos lugares de la corteza terrestre. Sin embargo, no se nos ocurre pensar en otros fenómenos que también producen temblores, aunque sean de menor intensidad, como el oleaje del mar, las tormentas o aquellos relacionados con actividades humanas. Todos ellos aportan también su granito de arena a las señales detectadas por los sismómetros, pero su mezcla forma un ruido de fondo, un “ruido sísmico”, que durante mucho tiempo fue desechado por los sismólogos porque interferían con las señales generadas por los terremotos. Ahora, el ruido sísmico se han convertido en una fuente importante de información, tanto sobre nuestro planeta como sobre nosotros mismos. Nos habla del ruido sísmico Beatriz Gaite Castrillo, sismóloga del Instituto Geográfico Nacional.
Tempe Mensa es una meseta marciana en forma de cuña, de más de 50 km de largo y 30 km en su parte más ancha, que se eleva más de mil metros sobre el terreno circundante. Los bordes de Tempe Mensa son laderas escarpadas, más pronunciadas en el suroeste, donde un meteorito de grandes dimensiones impactó en tiempo inmemorial con tal violencia que dejó una cicatriz en forma de cráter de 22 kilómetros de diámetro. Las imágenes aéreas del lugar son impresionantes, pero lo es más aún imaginar allí a NUWA, una gran ciudad capaz de albergar a un millón de habitantes propuesta por investigadores españoles atendiendo al desafío de la Mars Society en 2019. Guillem Anglada-Escudé investigador del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC) y del Instituto de Estudios Espaciales de Cataluña y a Gisela Detrell, investigadora en el Instituto de Sistemas Espaciales de la Universidad de Stuttgart en Alemania, describen NUWA para todos nosotros.
Marco de la Rasilla, profesor e investigador de la Universidad de Oviedo nos dice que hace 50.000 años Europa era esencialmente neandertal, es decir, sus habitantes eran recios, con un cráneo alargado y amplio, baja estatura y complexión robusta. No eran los únicos homínidos que habitaban el planeta por aquella época, desde África comenzaban a expandirse por Oriente Medio los humanos modernos, el homo sapiens, con un cráneo más redondeado y un cuerpo más estilizado que el neandertal. Y más al norte habitaban los denisovanos, llamados así porque sus restos se encontraron en una cueva de Denísova, en Siberia, aunque sus escasos restos no permiten hacer una descripción clara de su fisionomía. Así pues, tres homínidos distintos, compartieron un periodo su existencia a lo largo de una extensa región y, según los últimos datos genéticos, los encuentros no siempre fueron beligerantes, también se mezclaron y tuvieron descendencia entre ellos.
El 26 de diciembre de 2004, en el fondo del océano Índico, cerca de la Isla de Sumatra, la tierra tembló con una violencia inusitada. El movimiento sísmico submarino provocó un tsunami que arrasó las costas del océano produciendo más de 280.000 víctimas. Aquel acontecimiento hizo comprender la necesidad de crear sistemas de detección temprana de tsunamis que permitan avisar a la población con tiempo suficiente para que se ponga a salvo. Hoy, Juan Vicente Cantavella, sismólogo, investigador del Instituto Geográfico Nacional, cuenta qué son los tsunamis, cómo se producen y propagan por el océano, por qué son tan peligrosos al alcanzar las costas y, lo más importante, cómo pueden ser detectados con tiempo suficiente para enviar un aviso a las poblaciones costeras y conseguir que se pongan a salvo antes de que la gran ola llegue arrasándolo todo.
Observar lo que sucede en el interior del cuerpo de un ser vivo sin necesidad de utilizar métodos invasivos es el objetivo de técnicas de imagen que ahora se emplean en hospitales y centros de investigación. Algunas de esas técnicas de imagen se basan en la radioquímica, una rama del conocimiento que utiliza la química tradicional unida al uso de átomos radiactivos. Ese es el campo de estudio de nuestro invitado, Jordi Llop, investigador principal del Grupo de Radioquímica e Imagen Nuclear en el Centro de investigación cooperativa en biomateriales CICbiomaGUNE. Jordi Llop y su equipo desarrollan estrategias que permitan convertir moléculas pequeñas y macromoléculas (péptidos, proteínas) en emisores de radiación que revelan cómo se comportan en el interior de los cuerpos de animales de laboratorio o de pacientes. Los procesos de imagen desarrollados a partir de la radioquímica permiten investigar tanto el comportamiento de un fármaco como la evolución de enfermedades degenerativas como el Alzheimer.
Estudiar el presente y futuro de los bosques requiere una observación continuada y la elaboración de modelos que permitan conocer su evolución. Un lugar de condiciones excepcionales para este tipo de investigaciones es Noruega, un país que tiene casi el 40% de sus superficie cubierta de bosques en los que abundan los abetos, pinos y abedules. Allí se encuentra nuestra invitada de hoy en Hablando con Científicos, la burgalesa Clara Antón Fernández, investigadora del Instituto Noruego de Bioeconomía (NIBIO). Los investigadores de NIBIO llevan décadas haciendo un seguimiento de 12.000 parcelas arboladas de unos 250 m2 repartidas por todo el territorio noruego, en las que recoge información sobre el tipo de suelo, densidad del arbolado, salud de los árboles, tipo de vegetación, daños producidos por el viento, nieve y plagas, biodiversidad, gestión, etc. Con esos datos elaboran modelos que permiten hacer una proyección de futuro sostenible de los bosques y proponen las políticas de gestión que permitan afrontar los retos provocados por el cambio climático.
Sabemos que el mundo que nos rodea está compuesto por átomos, una partículas diminutas de dimensiones nanométricas. Esa escala de medida es difícil de imaginar, dice Daniel Ramos, nuestro invitado en Hablando con Científicos. Para hacernos una idea, un nanómetro es, comparado con nuestra estatura, como somos nosotros comparados con el tamaño de la Vía Láctea. El movimiento a esa escala diminuta es el objeto de estudio de la “Nanomecánica”, una rama del conocimiento que da nombre al libro escrito por Daniel Ramos y que hoy comentamos en este programa. El libro, editado por la editorial CSIC, nos invita a conocer qué herramientas y dispositivos ha desarrollado la ciencia para estudiar el movimiento a escala nanométrica, instrumentos como el microscopio de efecto túnel o de fuerzas atómicas, sensores, balanzas atómicas y todo un conjunto de tecnologías con las que se puede pesar un átomo o medir las interacciones entre las moléculas. Tecnologías que tienen aplicaciones en multitud de campos, desde la biomedicina o la fabricación de componentes para teléfonos móviles hasta los detectores de ondas gravitacionales.
Los hombres y las mujeres somos diferentes, genéticamente hablando, las diferencias más obvias están en los cromosomas sexuales, la mujer tiene XX y el hombre XY. Esas diferencias tienen consecuencias evidentes en la fisionomía de cada persona pero los efectos del sexo van mucho más allá. Un estudio publicado en Science y firmado por nuestra invitada, Meritxell Oliva, investigadora de la Universidad de Chicago, revela que el sexo tiene una notable influencia en la actividad o expresión de genes en las distintas células que componen los tejidos humanos. Los resultados muestran que más de un tercio de los genes tienen una expresión sesgada por el sexo en, al menos, un tejido. El estudio forma parte del proyecto Genotype-Tissue Expression (GTEx), cuyo objetivo consiste en estudiar, analizando la genética, lo diversos que somos los seres humanos.
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