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📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/272-las-1000-caras-de-dios/
Hoy vamos a intentar caminar por una línea delgada y bastante peligrosa: la de reflexionar sobre Dios tratando de no ofender a nadie.
Y vamos a arrancar con la historia de alguien que no consiguió hacerlo. Nos vamos al 27 de julio de 1656 a Amsterdam.
Más concretamente, vamos a la sinagoga Talmud Torah, en el barrio judío de la ciudad, donde se ha reunido un buen grupo de personas.
El ambiente es incómodo. A un lado hay un joven de 23 años. Al otro, todos los líderes de la comunidad, con un documento que han redactado con mucho cuidado y bastante rabia
Ese documento es el cherem, la excomunión judía, más dura que habían dictado jamás en aquella comunidad. Era una excomunión total. Absoluta. Nadie podía hablarle. Nadie podía hacer negocios con él. Nadie podía acercarse a menos de dos metros de su cuerpo. Nadie podía leer nada que él hubiera escrito. Y todo eso incluía a su familia.
Condenaban a ese joven por haber cometido «horribles herejías» y «actos monstruosos». Pero no especifican cuáles. No hay cargos concretos. De hecho, los historiadores llevan siglos buscándolos y siguen sin encontrarlos. Hoy, casi 400 años después, nadie sabe con exactitud qué dijo o hizo aquel joven para merecer aquello.
Lo que sí sabemos es cómo respondió.
No se desdijo. No pidió perdón. No se arrodilló. Salió de aquella sala y se fue a vivir a una habitación pequeña en las afueras. Y empezó a escribir.
Pero no escribió contra Dios. Eso hubiera sido demasiado predecible. Lo que hizo fue algo mucho más raro: reimaginar a Dios desde cero. Construir uno propio, con herramientas de filósofo y de matemático. Un Dios que no elegía a ningún pueblo, que no partía mares, que no escuchaba rezos ni castigaba pecados. Un Dios que era exactamente lo mismo que el universo entero. Las leyes de la física. El océano. El árbol que crece en el jardín. Tú, en este momento, escuchando esto.
En una ocasión, un rabino le preguntó al físico más famoso del mundo si creía en Dios. El físico se llamaba Albert Einstein. Y respondió: «Creo en el Dios de Spinoza».
Porque así se llamaba aquel joven de veintitrés años. Baruch Spinoza.
Y ahora, una pregunta: ¿era Spinoza creyente o ateo?
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📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/271-sangre-en-el-canalon-comunicacion-y-arte-secuencial/
Weimar, 1831.
Johann Wolfgang von Goethe tiene 81 años. Le queda poco más de un año de vida, aunque él no lo sabe todavía. Es uno de los escritores más respetados de Europa. Una figura tan colosal que cuando muera, según cuenta la leyenda, sus últimas palabras serán "mehr Licht", más luz. La gente de su talla tiene hasta despedidas épicas.
En esos últimos años de vida, cada semana, asistentes y secretarios filtran la enorme pila de cartas y manuscritos que recibe. La mayoría nunca llegan a sus manos.
Pero un día llega algo diferente. No viene de ningún académico de renombre. El remitente es un maestro de escuela suizo completamente desconocido llamado Rodolphe Töpffer. El paquete contiene unas cuantas hojas dibujadas a mano: personajes caricaturizados, escenas distribuidas en viñetas de distintos tamaños, texto garabateado bajo cada imagen. No es una novela. No es un cuadro. No es un poema. Ni siquiera está claro que sea algo que tenga nombre, por aquel entonces.
Goethe lo hojea.
Y después lo vuelve a hojear.
Y repite. No puede parar.
El cuatro de enero de ese mismo año le escribe una carta de respuesta. Dice que Töpffer "brilla de talento y espíritu." Que "algunas de sus páginas no pueden superarse." Y que es el único talento que conoce que sea tan verdaderamente original.
Goethe, que a sus 81 años podría estar perfectamente pensando en su legado, en el Fausto, en los libros que aún quiere escribir, dedica tiempo y energía a insistirle a ese maestro desconocido que publique sus historietas con urgencia.
¿Qué había visto Goethe en aquellas hojas que no veía nadie más?
Töpffer tampoco lo entendía del todo. Aquellos dibujitos eran algo que hacía desde hacía unos años para entretener a sus alumnos en Ginebra. Los trazaba con pluma y tinta, los cosía como libretitas y los pasaba de mano en mano entre conocidos. Tenía problemas de visión que le habían impedido dedicarse a la pintura de verdad, así que aquel estilo caricaturesco era más una limitación que una elección artística. A él le parecía una tontería sin demasiada trascendencia.
Lo cierto es que Goethe murió en 1832 sin ver publicada ninguna de aquellas historietas. Töpffer murió en 1846, sin ser consciente del impacto de lo que había creado.
Hoy, casi dos siglos después, la industria que aquellos garabatos ayudaron a fundar mueve cientos de miles de millones al año. Genera películas, series, coleccionables, ropa, videojuegos. Ha producido algunas de las historias más influyentes de la cultura popular del siglo XX. Y sin embargo, muy poca gente se ha preguntado por qué funciona. Por qué el cómic, un lenguaje hecho de imágenes estáticas y espacios en blanco, puede atraparnos, emocionarnos y hacernos creer en mundos que no existen.
Goethe lo intuyó. El resto, tardamos casi dos siglos en entenderlo del todo
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📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/270-saltos-al-vacio-el-arrepentimiento-y-las-decisiones-que-nos-cuesta-tomar/
Un teniente joven, recién salido de la academia, sube a lomos de su caballo hacia el lugar al que nadie quiere ir: la Fortaleza Bastiani, un puesto militar al borde de un desierto. Más allá no hay nada. O más bien: nada conocido.
Su nombre es Giovanni Drogo. Tiene veintidós años y se ha dicho a sí mismo que su paso por la fortaleza va a ser algo temporal. Que pedirá el traslado en cuanto llegue. Hará méritos, demostrará lo que vale y en unos meses estará de vuelta en la ciudad, cerca de los suyos, con una brillante carrera por delante.
Cuando atraviesa las puertas de la fortaleza, lo que ve le desconcierta. Los hombres llevan allí años. Hay una rutina extraña, casi hipnótica. Se levantan, hacen guardia, comen, duermen, miran el desierto. Nada pasa. Nada ha pasado en mucho tiempo. Pero todos esperan algo. La fortaleza existe para defenderse de los Tártaros, unos enemigos que, según dicen, podrían llegar en cualquier momento. Nadie los ha visto. Pero podrían venir.
Ante la vergüenza de pedir un traslado demasiado pronto, Drogo decide aguantar unos meses. Y después un poco más. Y otro poco. Porque los Tártaros tal vez estén a punto de llegar. Y ese será su momento.
Y pasa un año. Y otro. Y muchos más. Y Drogo asciende y hace amigos y los pierde y acaba conociendo la fortaleza como la palma de su mano, mientras espera.
Y así se van cuatro décadas y la vejez le vence. Cuando tiene ya el cuerpo roto y la vista cansada, entonces, llega la noticia: un ejército avanza por el norte. Ha llegado su momento, lo que tanto ha esperado. Lo que da sentido a todos esos años.
Pero a estas alturas, Drogo ya no puede luchar. Ya no puede ni estar de pie. Lo trasladan a una posada de pueblo para que muera tranquilo, lejos de la fortaleza.
Giovanni Drogo nunca existió. Lo inventó el escritor italiano Dino Buzzati en 1940, en una novela llamada El desierto de los Tártaros. La leímos hace unos meses en la Comunidad kaizen. Y es un libro agobiante, porque te hace sentir cómo a alguien se le pasa la vida mientras espera algo que nunca llega. Y cómo es incapaz de reaccionar.
Seguro que conoces a gente así. De hecho, todos somos así a veces. Nos aferramos a una historia, a un objetivo o a una identidad y nos sentimos incapaces de cambiar el rumbo.
Por eso hoy vamos a hablar de saltos al vacío.
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📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/268-todo-es-television/
¿Te has fijado que las redes sociales son, cada vez, menos sociales?
Hoy en día, más del 90% del tiempo que pasamos en Instagram y más del 80% del que pasamos en facebook lo dedicamos a ver contenidos de gente que no es parte de nuestros contactos.
En concreto, la inmensa mayoría de ese tiempo lo pasamos engullendo vídeos cortos de personas que no conocemos de absolutamente nada, elegidos por un algoritmo diseñado para que no apartemos la mirada.
Las redes sociales han dejado de ser un lugar de conexión para convertirse, simple y llanamente, en un nuevo tipo de televisión.
Esta idea no es mía, es de un artículo brillante de Derek Thompson al que llevo un tiempo dando vueltas. Y es que, según él, estamos asistiendo a una convergencia inesperada: absolutamente todo lo que no era televisión, se está convirtiendo en televisión.
Porque esto no está pasando solo con las redes sociales. Yo tengo un ejemplo muy cercano: los podcasts. Empezaron como una especie de radio en Internet. Que es un formato que a muchos nos gusta porque puedes escuchar mientras haces otras cosas. Por ejemplo, mientras vas de aeropuerto en aeropuerto y de avión en avión, que es exactamente lo que me sucedía a mí cuando decidí empezar con este podcast, porque quise hacer algo parecido a aquello que tanto me gustaba. Con una ventaja adicional: cuando sólo haces audio, te puedes enfocar en la sustancia de lo que comunicas, en las palabras que eliges, en los mensajes… en contar una historia de forma profunda, sin preocuparte demasiado por cosas como la iluminación, la calidad de la cámara que tienes o incluso si estás o no peinado
Pero desde que yo empecé, hace más de siete años ya, las cosas han cambiado mucho. Los podcasts más exitosos hoy en día se están convirtiendo en programas de YouTube. Los podcasts con vídeo están creciendo veinte veces más rápido que los de audio. Más de la mitad de los más populares del mundo tienen su versión en vídeo. Yo me resistí cuanto pude, pero desde hace dos o tres años también tengo canal de YouTube, donde hago lo que puedo. Creo que no es mi medio más natural. Pero es que la realidad es tozuda. Los podcasts se están convirtiendo en televisión.
Y, por si fuera poco, vivimos en plena explosión de la inteligencia artificial. Las herramientas para crear vídeos sobre cualquier temática que te imagines con un aspecto absolutamente profesional avanzan a una velocidad vertiginosa.
Pero de una forma u otra, parece que nos estamos adentrando en tiempos de inteligencias artificiales convertidas en creadores incansables de vídeos. Porque la inteligencia artificial también se puede convertir en televisión.
En matemáticas, hay una palabra para describir todo esto de lo que hemos hablado. Se llama "atractor". Un atractor es el estado hacia el que un sistema dinámico tiende a evolucionar con el tiempo. Imagina que lanzas una canica dentro de un bol. La canica dará vueltas y vueltas, subirá y bajará... pero, si le das el tiempo suficiente, siempre acaba en el mismo sitio: el fondo del bol.
Bueno, pues parece que el fondo del bol de nuestra cultura digital, el atractor absoluto de todo el entretenimiento y la información humana, es el vídeo continuo.
Y de eso precisamente vamos a hablar hoy: de qué pasa cuando todo se convierte en una televisión constante. Y lo más importante: qué efecto tiene este atractor en nuestra forma de pensar, en nuestra capacidad de prestar atención y en una soledad que cada vez está más presente en la sociedad. Ay, madre.
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📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/266-introversion-energia-y-el-puo-networking/
Hace unas semanas viaje a París para la despedida de mi jefe, que dejaba la compañía tras más de 10 años en Airbnb.
Es un tipo muy carismático con una enorme energía. A veces podía parecer que incluso demasiada. Y es que daba igual el momento del año, o del día, las horas de viaje o de trabajo que llevara a cuestas, siempre estaba dispuesto a otra reunión, a discutir ideas o a lo que hiciera falta. También a llamarte a cualquier hora del día o de la noche, eso sí.
Muchos nos preguntábamos cómo aguantaba el ritmo. Y ese día, en su discurso de despedida, nos dio la clave: sacaba su energía de los demás.
No en plan vampiro, no me malinterpretes. Ha sido un muy buen jefe, esto no es en absoluto una crítica.
Él dijo, literalmente, que siempre se había sentido rodeado de gente mejor que él, gente que sabía mucho más que él, y que su forma de aportar había sido dar el 200%. Y que esa energía la sacaba de interactuar con otros, de ir a la oficina o de llamarnos por teléfono y hablar y trabajar juntos.
Y mientras él decía todo esto, yo lo miraba y pensaba: «¿y a mí, por qué me agotan las interacciones sociales?».
Y de las vueltas que le di a esa pregunta paseando por París rumbo a mi cama, tras haber hecho lo que en España llamamos una bomba de humo en toda regla, nació este capítulo.
Que tiene un punto inevitablemente personal, pero en el que vamos a hablar de introversión y extroversión, de gestión de la energía, de relaciones sociales y hasta del pu*o networking.
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📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/265-joan-tubau-la-libertad-detras-de-una-moneda-de-oro/
Hoy repite Joan Tubau en el podcast, que fue uno de los primeros invitados que pasaron por aquí. Pero la de hoy es una entrevista un poco diferente a las habituales. Porque lo que vas a escuchar es la grabación que hicimos durante la presentación en Madrid de su libro Fuck You Money.
Joan seguramente no necesita muchas presentaciones a estas alturas, me consta que muchos de quienes escucháis kaizen también le seguís. Pero para quienes acabéis de llegar, él es economista, profesor universitario y lleva mucho tiempo creando contenido en diferentes formatos. Primero en un blog llamado Guts & Glory, después con Cardinal —una comunidad sobre orientación profesional y toma de decisiones— y más recientemente con Kapital, una newsletter y podcast en los que habla de nuestra relación con el dinero, entre otras muchas cosas. De hecho, ha popularizado en España la expresión que da nombre a su libro, F*ck You Money; es decir, cómo alcanzar una posición que te permita mandar al carajo a quien quieras. Pero esa posición no es sólo económica, sino también vital. Porque Joan habla de finanzas, pero sobre todo habla de cómo maximizar nuestra libertad personal.
Así que de esto y de muchísimas otras cosas, charlamos él y yo hace unos días. Pero no me enrollo más: espero que disfrutes tanto como yo de esta conversación con Joan Tubau.
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