Al hablar de microbiota intestinal solemos referirnos a la que habita el intestino grueso, donde fermentamos fibra y otros compuestos. Hoy profundizaremos sin embargo en problemas asociados al intestino delgado, muchas veces olvidado.
Nos centraremos en el sobrecrecimiento bacteriano (SIBO), pero veremos su relación con otros problemas intestinales, como síndrome del intestino irritable (SII), malabsorción, colitis ulcerosa o Crohn.
El sistema sanitario no está bien preparado para tratar estos casos, y las personas que los sufren se sienten muchas veces confundidas, sin opciones más allá de las pastillas. Muchos ni siquiera están bien diagnosticados.
A continuación haremos un repaso rápido de las causas principales de estos trastornos, las relaciones entre ellos y, sobre todo, algunas ideas para combatirlos.
La evolución de nuestro intestino
Antes de bajar de los árboles, nuestros ancestros requerían un largo intestino grueso para fermentar gran cantidad de materia vegetal.
A medida que las especies posteriores se adaptaban a la vida en el suelo y aprendían a controlar el fuego, su dieta se hacía mucho más variada, y su intestino se adaptaba. Comían alimentos cada vez más densos, incluyendo carne y tubérculos, que además cocinaban, facilitando su digestión sin necesidad de fermentación en el intestino grueso.
Con el tiempo, el intestino delgado se hizo cada vez más largo, mientras que el colon redujo su tamaño. Comparando por ejemplo con el chimpancé, nuestro pariente evolutivamente más cercano, tenemos más del doble de intestino delgado y menos de la mitad de intestino grueso.
Fuente: “Nutritional Characteristics of Wild Primate Foods” by Katharine Milton, Journal of Nutrition, 1999
En humanos, el intestino delgado representa más de la mitad del sistema digestivo total, y absorbe más del 90% de nuestras calorías y nutrientes (detalle). Al no requerir fermentación, la densidad bacteriana en este tramo es miles de veces inferior a la del colon.
Sin embargo, por distintos motivos que exploraremos, el intestino delgado es a veces colonizado por un exceso de bacterias, derivando en el llamado sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO o Small Intestinal Bacterial Overgrowth en inglés).
SIBO y trastornos relacionados
Aunque nos centraremos en SIBO, debemos entender su estrecha relación con otros trastornos del sistema digestivo, que presentan muchas veces síntomas similares: distensión abdominal o hinchazón, gases, diarrea (aunque en algunos casos hay estreñimiento)...
Estas enfermedades son complejas, y muchas veces se retroalimentan. Por ejemplo, el ataque constante del exceso bacteriano a la pared intestinal puede comprometer su integridad, derivando en permeabilidad intestinal.
Un intestino permeable permite el paso de compuestos identificados como ajenos por el sistema inmune, abriendo la puerta a trastornos autoinmunes como Crohn o colitis ulcerosa (detalle), consideradas ambas enfermedades inflamatorias intestinales. Y el daño que estos trastornos causan al intestino empeora a su vez el SIBO (estudio, estudio, estudio).
Veremos también que fármacos usados para reducir el reflujo gastroesofágico elevan el riesgo de SIBO, y varios expertos opinan que el SIBO contribuye además al síndrome del intestino irritable (estudio, estudio).
Por si esto fuera poco, el exceso bacteriano del intestino delgado eleva la producción de compuestos problemáticos (como gases y endotoxinas), elevando la inflamación y dañando con el tiempo los enterocitos del intestino, causando problemas de intolerancia y malabsorción (detalle, detalle).
Intolerancia a la fructosa, malabsorción y más
Los enterocitos son las células epiteliales del intestino. Actúan como barrera de protección, pero participan también en la digestión.
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