Para nuestros ancestros, sangrar era habitual. Peleas, cortes y caídas estaban a la orden del día. Nuestra capacidad de regenerar la sangre es sorprendente, una prueba más de que la perdíamos con frecuencia. Por lo mismo, no tenemos mecanismos efectivos para evitar acumulaciones de hierro. Evolutivamente no era necesario. A medida que la civilización ofrecía mayor protección, las pérdidas de sangre se reducían. Curiosamente, una práctica central de muchas medicinas antiguas era la sangría, usando desde sanguijuelas hasta cuchillas. Sin conocimientos de esterilización, estas prácticas eran peligrosas, pero por algo se mantuvieron durante siglos. Este procedimiento se denomina hoy flebotomía, y aunque rara vez se utiliza, tiene un importante papel protector frente a la mayoría de enfermedades de la civilización. ¿Su principal beneficio? Evitar un exceso de hierro. Hierro en sangre: ni poco ni mucho El hierro es un mineral esencial. Lo necesitamos para sintetizar hemoglobina y producir energía. Nuestra dieta original como cazadores-recolectores aportaba suficiente hierro. Cuando la reemplazamos por una dieta de granjero (alta en cereales), la anemia pasó a ser un problema serio en algunas zonas. Para combatir la desnutrición, el genoma de algunos grupos cambió. Surgieron por ejemplo mutaciones en el gen HFE, regulador de la absorción de hierro (detalle). Estas mutaciones afectan actualmente a un […]